Todo pasó en una pequeña morada caraqueña hace 181 años. Un día de septiembre de 1839, un emisario, entre los nervios y la curiosidad, tocó la puerta de la casa del doctor José María Vargas. Al abrir, el joven dijo: ¡buenos días doctor, acá le mandaron! Y con las manos temblorosas, le hizo entrega de un recipiente con un líquido negro y de una carta con una petición muy importante.
José María leyó lentamente el contenido de aquella carta y sin perder tiempo, tomó la botella y se internó en su pequeña oficina. Para él, no era del todo desconocido el líquido oscuro que a lo interno del recipiente se encontraba, pero sí despertó la ansiedad investigativa para descubrir qué había más allá de tan preciada solicitud.
Respiró profundo y al echar una mirada en toda la habitación, se paró frente a su gran biblioteca y luego de varios minutos que parecieron horas, tomó el libro grande y rojo que estaba en el anaquel inferior de la estantería y con la escalera, desempolvó el quinto libro que se encontraba en la última repisa casi al ras del techo.
También recogió el pequeño libro verde escrito en un idioma antiguo que de Europa le había llegado hace unos años atrás. ¡Listo! Con una torre de libros colocados en la mesa, su libreta de anotaciones, la botella misteriosa y sus instrumentos de trabajo, José María procedió a realizar sus primeras revisiones.

Tras una semana de encierro, los libros corrían de un lado al otro, chocando en cada espacio de la pequeña habitación. José María muy emocionado por estudiar e investigar, tomaba el más grande y anotaba una línea, el más pequeño se asomaba entre las hojas que lo tapaban para ser también revisado. Y así seguían pasando los días.
Era el último día de septiembre y mientras desayunaba, José María decía hacia sus adentros: ¡Que bueno es investigar! Una sensación de tranquilidad que todos los días lo animaba a seguir adelante, tras dejar de lado la presión que años atrás tuvo cuando fue presidente de la República.
Llegó la mañana del 3 de octubre de 1839. José María decidió escribir la respuesta a la petición realizada. Tomando la botella entre sus manos y mirándola hacia el cielo, dijo algunas ideas sueltas en voz alta: “Su bello color negro de terciopelo, su brillo, su fragilidad (…), su olor y demás productos muestran su buena calidad…”
Luego, puso el recipiente en la mesa y para no olvidar sus ideas, tomó una pluma y escribió: “…el hallazgo de las minas de carbón mineral y de asfalto en Venezuela es, según sus circunstancias actuales, más precioso y digno de felicitación para los venezolanos y su liberal Gobierno que el de las de plata u oro…”
Así se refería José María Vargas sobre lo que hoy conocemos como petróleo. Si queridos amigos, así como se lee, ese líquido negro que durante mucho tiempo tuvo nombres distintos es el petróleo. La pasión de Vargas por la investigación, sus lecturas y estudios, permitieron que fuese una de las primeras figuras en determinar la importancia del petróleo para Venezuela.
Este cuento, es una ficción que toma como base el informe escrito por José María Varga el 3 de octubre de 1839, donde señala la importancia, rasgos y características de un líquido negro que había sido hallado en la zona de Pedernales, en el Bajo Orinoco y que le fue entregado por el Despacho de Hacienda y Relaciones Exteriores de Caracas para su estudio. Este documento es reconocido como el primer informe técnico que existe sobre las cualidades y uso del petróleo como recurso natural de gran importancia para los destinos Venezuela.
Simón Sánchez /VTactual.com

