Zamora: una gesta cantada por los oprimidos

Zamora: una gesta cantada por los oprimidos

Tal como reza en el Manifiesto del Partido Comunista dado a la luz de los hombres por Marx y Engels: “Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes”. La historia, aún en curso, de nuestra independencia ha estado signada por estas fuerzas enfrentadas de los intereses de una clase dominante en contra de los explotados.

En la eterna lucha de los poderosos en contra los oprimidos se despliega un aparataje ideológico que busca legitimar la explotación del hombre por el hombre y se pretende instaurar en la conciencia de las masas que el orden instaurado obedece a designios de la providencia. Esto se traduce en que los explotados deben sentir el peso de su yugo como algo natural e incluso como algo que deben reverenciar.

Cualquier elemento que transgreda este orden es atacado con fiereza, vilipendiado y satanizado a los ojos del rebaño. Esto lo podemos palpar en la historia reciente con la aparición en el plano político de Hugo Chávez; desde su llegada al escenario de la historia observamos cómo se activaron los mecanismos de defensa de los intereses de los poderosos nacionales e internacionales. La campaña brutal encabezada por los medios de comunicación con figuras pública, artistas, instituciones religiosas, entre muchas otras, enfilaron todos sus cañones para convertir a este defensor de los intereses de los pobres en una figura odiada.

Ese mismo ataque lo vivieron personajes de nuestra historia como Miranda a quien tildaban de aventurero, blanco de orilla, mujeriego y otros epítetos peyorativos; Simón Rodríguez fue dibujado por algunos historiadores como un loco pervertido por la audacia de sus métodos de enseñanza de la época; Bolívar fue tildado de asesino, sanguinario, ambicioso del poder, e incluso se manejó la opinión de su supuesto afán por coronarse emperador, a pesar de que él mismo expresara su aversión a concentrar el poder en torno a su persona.

Quizá una de las más vilipendiadas sea la imagen de Ezequiel Zamora, el general del pueblo soberano, que llevó adelante una revolución verdaderamente campesina que vino a restaurar con la Guerra Federal las bases y principios que sentaron Bolívar y Miranda. La leyenda de Zamora comenzó a cabalgar en el corazón de aquellos venezolanos que vieron mermadas sus esperanzas libertarias luego de la muerte de Bolívar, cuando los mismos que lucharon por la independencia de América Latina se encontraron nuevamente en el torbellino de la esclavitud por una oligarquía criolla que sustituyó a la española y pretendió ensañarse con más fuerza en contra de los pobres.

José Antonio Paez que había liderado las más cruentas batallas y se había destacado como uno de los más férreos luchadores de la gesta independentista con sus lanceros bajo su mando, volteaba su lanza contra los que un día había defendido. En medio de esta turbulencia histórica surge Zamora, con un mito que se fue agigantando en el sentir de los venezolanos con su grito “Tierras y hombres libres”.

El presidente Nicolás Maduro muestra un retrato realizado por el comandante Hugo Chávez del General del Pueblo Ezequiel Zamora
El presidente Nicolás Maduro muestra un retrato realizado por el comandante Hugo Chávez del General del Pueblo Ezequiel Zamora

Como afirma Federico Brito Figueroa, se comenzó a tejer un ideario zamorano con “coplas y décimas, en corríos y aguinaldos, en los joropos bailados en las haciendas, caseríos y barrios humildes de las ciudades, el pueblo expresó con claridad este sentimiento:

Zamora no quiso

Burro ni sillón.

Sino un buen caballo

Brioso y trotón.

 

Por haber luchado

En pro de la ley.

Quería fusilarlo

la malvada grey.

(…)

Tiembla el oligarca,

se espanta y se azora.

Al oír el nombre

de Ezequiel Zamora.

Al calor de los triunfos obtenidos por las tropas federales –nos describe Brito Figueroa–, surgieron infinidad de canciones e himnos revolucionarios, elaborados colectivamente por el pueblo. Se combatía con alegría, con entusiasmo, con absoluta seguridad en el triunfo final de la revolución democrática. La estrategia militar y la política de masas desarrolladas por Ezequiel Zamora, el conductor de esa revolución, habían demostrado que sí se podía triunfar sobre la oligarquía y que se triunfaría de modo inexorable. En esos días del último sitio de Barinas era común escuchar en cualquier momento el himno Oligarcas Temblad, pero enriquecido con nuevas estrofas:

El cielo encapotado

anuncia libertad,

¡Oligarcas Temblad

Viva la libertad!

 

Marchemos federales

en recia multitud

a romper las cadenas

de vil esclavitud.

 

¡Oligarcas Temblad

Viva la libertad!

 

La espada redentora

del General Zamora

confunde al enemigo

de la revolución.

 

¡Oligarcas Temblad

Viva la libertad!

 

Las tropas de Zamora

al toque de clarín

derrotan las brigadas

del godo malandrín.

 

¡Oligarcas Temblad

Viva la libertad!

 

Aviva las candelas

del viento barinés

y el sol de la victoria

alumbra en Santa Inés.

 

¡Oligarcas Temblad

Viva la libertad!”

Esta versión escrita fue recopilada por el organista Domingo Castro, general y maestro de capilla, abuelo materno de Vicente Emilio Sojo, es la versión que conocemos hoy, y que Castro rescató de oralidad de su época. Allí no se menciona La espada redentora/ del general Falcón/ confunde al enemigo/ de la Revolución, la figura de Juan Crisóstomo Falcón, quien lucho junto a Zamora y luego le traicionó y participó de su asesinato, al parecer fue incorporada durante su mandato presidencial, cuando algunos aduladores lo incorporaron al himno, sin ser esa la versión que corría en la voz del pueblo.

“Los escribas de Antonio Guzmán Blanco, –refiere Brito Figueroa– en 1870, para complacer al vanidoso déspota (empeñado entonces en una campaña anticlerical, con el fin de apoderarse de una gran parte de los bienes de la Iglesia, como en efecto se apoderó de ellos) modificaron esta estrofa en la forma siguiente:

Quisiera ver un cura

colgado de un farol

y miles de monjas

con las tripas al sol”.

Los cantores populares agregaban otras estrofas para atemorizar al enemigo:

Yo quiero ver un godo

colgado de un farol

y miles de oligarcas

con las tripas al sol.

Esta canción de gesta que inmortaliza la lucha de los pueblos oprimidos es un canto vigente, hoy cuando se cumplen 200 años de su nacimiento, Ezequiel Zamora permanece vivo en los hombres y mujeres que luchan por un mejor porvenir. Aunque el aparato ideológico de la oligarquía trate de opacar la imagen de uno de los más grandes estrategas de la guerra, su espada redentora camina junto a la de Bolívar por el continente. Para decir con Domingo Alberto Rangel: “La fuerza de Zamora no radicará, solamente, en su fiereza de soldado. Es el amor de los humildes, la adhesión de las masas, el factor que bailará siempre en las velas de sus empresas hasta empujarlas a la meta. A Ezequiel Zamora le sobran soldados, porque tiene pueblo. De cada caserío desemboca en su Ejército el contingente de la fe campesina. Si lo derrotan, al día siguiente dispondrá de otro Ejército. Hay alimentos para su hambre, vendas para sus heridas y caminos para su marcha. Para que Ezequiel Zamora fuera grande -y lo fue con proporción de guerrero y de apóstol- la tierra venezolana le parió soldados. Ese hombre no tenía un Ejército sino un pueblo atormentado tras su huella”.

CMD

Artículos relacionados