Venezuela vuela como águila sobre los gusanos que se arrastran

Venezuela vuela como águila sobre los gusanos que se arrastran

Venezuela enfrenta uno de los retos más grandes de su historia, tal vez el más grande desde la Guerra de la Independencia, en virtud de la cantidad de amenazas que se ciernen contra el modelo político, económico y social que el país ha elegido y que contraviene los intereses del imperialismo norteamericano.

Por ello, no es poca cosa lo que Venezuela enfrenta: primero el país más poderoso del mundo (desde el punto de vista político, económico y militar), que viene trabajando y conspirando incesantemente desde que Hugo Chávez llegara a la presidencia por la vía electoral.

Segundo, un sinfín de corporaciones que financian y se pliegan de alguna manera al plan de derrocamiento de la Revolución Bolivariana, especialmente las del sector comunicacional, que tergiversan y manipulan lo que ocurre en el país caribeño para justificar cualquier agresión.

Tercero, una clase política oposicionista, sumisa y vendida a los intereses del gobierno gringo, la cual llama abiertamente a la intervención de su propio país y ejecuta el programa ideado por quienes la financian.

Uno de los principales escenarios de confrontación ha sido la Organización de Estados Americanos (OEA), organismo regional controlado por el gobierno de Estados Unidos. En este sentido, es preciso destacar que el país norteño, por sí solo, es el responsable de financiar el 60 % del presupuesto total de la OEA, por lo cual el organismo “le pertenece”, y como es sabido, EE. UU. ejerce buena parte de su influencia a través de la presión económica.

El senador Marco Rubio ejerce presión a favor de la oposición venezolana. En la foto aparece con las esposas de los terroristas Leopoldo López y Antonio Ledezma.

Un ejemplo perfecto de ello fueron las recientes amenazas del senador republicano Marco Rubio contra República Dominicana, Haití y El Salvador, exigiéndoles sus votos en apoyo a la aplicación de la Carta Democrática contra Venezuela para evitar perder los programas de asistencia económica que presta Estados Unidos a estos países. Afortunadamente, la dignidad de estos países prevaleció ante tal chantaje.

 

La continua agresión

Gobernar para Nicolás Maduro no ha sido tarea fácil, empezando por el hecho de tratar de llenar el espacio político que abarcara Chávez, gigante de la historia venezolana, reconocido en el mundo entero. Las amenazas, conspiraciones y sabotajes de la derecha han sido una constante contra el actual gobierno, que con sus errores y aciertos ha logrado mantener a flote la paz del país y a la Revolución.

Desde la “descarga de la arrechera” de Capriles en 2013, pasando por las guarimbas de “La Salida” de Leopoldo López en 2014, la guerra económica iniciada en 2015 y agudizada en 2016, cuya punta de lanza fue el desinflamiento de los precios del petróleo, aunado a un bloqueo y presión financiera ejecutado por el brazo económico gringo y sus aliados, hasta la desestabilización política que pretendía generar la oposición desde la Asamblea Nacional a lo largo de 2016, es realmente toda una victoria que el gobierno de Maduro todavía esté, no solo gobernando, sino trabajando por el pueblo venezolano y por el desarrollo de la Patria que Chávez soñó.

La violencia terrorista de la oposición pretendía generar un golpe de Estado contra el presidente Nicolás Maduro en 2014, a través de la operación La Salida, liderada por Leopoldo López.

Pero como el imperialismo nunca descansa, el gobierno gringo pasó a una fase mucho más comprometida con el derrocamiento de la Revolución, y ello se nota en el movimiento de sus fichas en la política continental. Esto probablemente se deba también a la ineficiencia y torpeza de la derecha venezolana que, habiendo logrado una contundente victoria en la Asamblea Nacional, no ha sabido capitalizar ni aprovechar las ventajas de controlar dicho espacio de poder.

 

Viene la ofensiva OEA-Comando Sur

La táctica ha sido generar presión política internacional, dirigida por EE. UU. y ejecutada fundamentalmente a través de la OEA, y que tiene a la autodenominada Mesa de la Unidad Democrática (MUD), su principal cómplice en Venezuela, para ejecutar sus planes internos; se trata de una dirigencia opositora que no tiene principios para hacer política, ni siquiera respeto o dignidad por su país.

A esto se suman las recientes amenazas del Comando Sur de EE. UU., que viene trabajando en contra de Venezuela desde 2016. Su máximo Comandante calificó a Venezuela como un “factor de desestabilización” en la región, así como una amenaza para los intereses de EE. UU. debido a las alianzas con Rusia, China e Irán.

Aquí es cuando se le cae la careta al gobierno gringo; a éste no le importa lo que le ocurra al pueblo venezolano, sólo le importa tener el control de la vasta cantidad de recursos, así como evitar que sus principales adversarios le puedan echar mano a través de las asociaciones estratégicas que ha hecho el gobierno revolucionario.

La “ayuda humanitaria” del Comando Sur en el continente siempre viene acompañada de disparos, bombardeos, agresiones y violaciones a los DD.HH.

Tenemos entonces un escenario que aterraría a cualquier político o militante poco comprometido con la causa que defiende. No obstante, la Revolución Bolivariana se las ha ingeniado para seguir viva, así que hablar de “épicas victorias” por parte del gobierno chavista no es exageración alguna, sino la más precisa caracterización de las situaciones acontecidas, entre ellas las desarrolladas en el seno de OEA.

El ascenso de gobiernos de derecha en la región, más la traición del secretario general de la OEA, Luis Almagro, hacia la política integradora latinoamericana, ha generado un asedio constante en el organismo regional. Usando como excusa el sabotaje a la economía nacional, así como la supuesta degradación de los derechos políticos de la oposición, la derecha, tanto interna como externa, habla de una supuesta crisis humanitaria en Venezuela, por lo que están en una imperiosa necesidad de activar la Carta Democrática Interamericana (CDI) para proteger al pueblo venezolano.

Nada más alejado de la realidad. Como bien se explicó anteriormente, EE. UU. controla el organismo y dirige la operación contra Venezuela, pero para lograr sus objetivos de forma “legítima” debe aparentar preocupación por la situación de Venezuela, por lo cual alienta la creación de un “grupo de amigos” en el seno de la OEA que “tutelen” a la democracia venezolana, y que, en caso de no dejarse guiar por los sabios consejos, se aplique la CDI para aislar al país caribeño por sus pecados. Existen varios problemas con este planteamiento y han sido argumentados por la diplomacia venezolana:

En primer lugar, ya existe una mesa de diálogo entre el Gobierno de Maduro y la oposición, mediada por la Unasur y El Vaticano, a la cual la oposición no quiere asistir debido a que sus caprichos no han sido cumplidos. Esta mesa supone un problema para EE.UU. en virtud de que no controla ninguna de las dos instancias mediadoras, por lo que las desconoce y trata tajantemente de imponer el susodicho grupo integrado por países “amigos”, los mismos que agreden al gobierno venezolano en la OEA.

En segundo lugar, el solo hecho de pretender “tutelar” un gobierno, implica entrometerse en los asuntos internos del país, y peor aún, implica decir que Venezuela es un Estado fallido, por lo cual necesita la guía de los sabios que la adversan.

En tercer lugar, con tan solo echar mano a las cifras de los indicadores sociales de los países que acusan al gobierno venezolano de generar una “crisis humanitaria”, tendrían que meterse la lengua en el bolsillo. Esto fue precisamente lo que hizo el embajador alterno de Venezuela ante la OEA, Samuel Moncada, quien al decir las incómodas verdades sobre países como Colombia, México y Brasil, desenmascaró a los supuestos amigos preocupados, que de forma infantil, al no soportar tanta verdad, amenazaron con no darle la palabra para expresarse. Vaya manera de defender la democracia.

En cuarto lugar, para la aplicación de la Carta Democrática, el gobierno del país en cuestión debe invocar esta instancia, a menos que existan pruebas irrefutables de un golpe de Estado contra dicho gobierno. Y como ya lo han explicado expertos en el tema, como los abogados Hermann Escarrá y Enrique Tineo Suquet, los golpes de Estado se dan contra los gobiernos, en otras palabras, quienes llevan las riendas del Estado, y en el caso de Venezuela, estaríamos hablando del Ejecutivo Nacional, es decir, del presidente Nicolás Maduro Moros.

Por último, pese a todos los intentos del gobierno gringo, de la derecha hispanoamericana (recordemos que hasta los políticos españoles están cabildeando en contra de Venezuela), y de los medios internacionales, en la OEA no consiguen aún alcanzar la aplicación de la Carta Democrática, en vista de que la mitad de los países que integran el bloque no dan su brazo a torcer. Evidencia de esto es que en la última reunión de la OEA, el pasado 3 de abril, propuesta con insistencia por el obsesivo Almagro para tratar el caso venezolano, no lograron poner en marcha la agenda de la Carta, pese a contar con la presencia de 21 delegaciones; solo 17 apoyaron la iniciativa, puesto que 4 se abstuvieron (Barbados, Belice, República Dominicana y El Salvador), y otros 13 decidieron no participar en la ilegal sesión que violó la propia normativa de la OEA, al desconocer la presidencia pro témpore del Consejo Permanente por parte de Bolivia y la vicepresidencia de Haití.

Luis Almagro tiene una profunda obsesión con Venezuela y evidentes vínculos con la derecha venezolana.

La delegación venezolana se incorporó ya empezada la reunión por no ser convocada (lo cual también es ilegal), y antes de que Moncada saliera de la sesión de la OEA como forma de protesta por el quiebre institucional declaró: “El que quiera ser águila que vuele. El que quiera ser gusano que se arrastre”, refiriéndose a la triste posición de los gobiernos de la derecha latinoamericana, que son sumisos a las agresiones que les propina su amo yanqui, como el caso de México, al cual se le impone un criminal muro, o el caso de Colombia, en donde soldados gringos pueden violar niñas y mujeres impunemente.

Pero así actúa la derecha: se arrogan el derecho de proteger a la democracia invocando el carácter sagrado de las leyes, pero desconociéndolas cuando les conviene, tal como hizo la oposición cuando dio un golpe de Estado contra Chávez en 2001, derogando las garantías constitucionales (que ahora sí defienden) y los Poderes Públicos (que ahora también defienden). O como pretendió hacer desde la AN, de mayoría opositora, al realizar un juicio (impeachment) contra el presidente Maduro al mejor estilo brasileño, instancia inexistente en la Constitución venezolana, o declarando su abandono del cargo, acusación a todas luces falsa.

 

¿Conviene a Venezuela la carta democrática?

La oposición venezolana, agrupada en la Asamblea Nacional (AN), ha solicitado, casi de forma histérica, la activación de la Carta Democrática Interamericana, por una supuesta ruptura del orden constitucional.

Con total amnesia, la AN no recuerda que los primeros en caer en una ruptura constitucional fueron ellos mismos en el 2002 al dar un golpe de Estado contra el presidente Hugo Chávez. Asimismo, tampoco recuerdan que la razón por la cual la AN está en situación de desacato se debe a la incorporación de tres diputados acusados de supuestas irregularidades como la compra venta de votos. No obstante, suponiendo que todo lo que la derecha alega fuese verdad (que no lo es), la activación de la Carta no traería beneficios a la ciudadanía venezolana.

Este instrumento jurídico, de activarse, llevaría a Venezuela a un proceso de exclusión del sistema interamericano, lo que implicaría su aislamiento político y económico. Ciertamente, en la Carta Democrática no se vislumbra ningún tipo de acciones como sanciones o bloqueos, pero eso no evitaría que el gobierno de EE. UU. las aplique en contra del país. Eso se traduciría en una crisis económica de calamidades insospechadas, porque el bloqueo y sanciones por parte de Estados Unidos (la principal economía del mundo) evitaría la entrada de capitales y bienes a Venezuela, lo que llevaría al país a sufrir un bloqueo similar al que se le ha impuesto a Cuba, nación que lleva décadas de bloqueo comercial y que le impide desarrollar su economía.

Asimismo, otro peligro de la Carta es de naturaleza moral, debido a que al aplicarla se estaría sugiriendo que el Estado venezolano es incapaz de gobernar la nación, por lo cual se necesita de “asistencia” de otros Estados para “normalizar” la situación.

Esto puede conllevar a la instauración de un nuevo gobierno que revierta los logros políticos, económicos y sociales logrados en Revolución, e impongan una agenda neoliberal, en donde se reduciría al Estado a su mínima expresión, dejando desamparada a la población ante la avaricia de las grandes empresas, tal como pasó en Venezuela en los años 90.

Esta imagen devela parte del resultado de la “preocupación” de EE.UU. que llevó a invadir Panamá en 1989.

Por último, el más grave de todos los peligros es que EE. UU. podría usar la activación de la Carta para catalogar a Venezuela como un Estado paria, fallido, violador de derechos, para justificar una agresión militar, siguiendo el guion que han aplicado antes de invadir otros países como Irak, Libia, la ex Yugoslavia, Granada, República Dominicana, Cuba, Panama, etc.

Artículos relacionados