Iniciando el nuevo milenio en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, tuvimos la oportunidad de asistir a un curso con el profesor Rafael Castillo Zapata, en el que el programa académico planteaba, solapadamente, el reto de leer y analizar cada semana la novela de alguno de los escritores vivos más destacados, los que para ese momento llenaban las páginas de la literatura latinoamericana. A pesar de lo ambicioso del programa, gracias a la buena guiatura y a la apuesta tomada por los estudiantes, se obró el milagro.
Logramos leer doce novelas centrales y casi veinte reseñas aparte, de obras que le tocaba exponer en cada sesión a cada estudiante, de las mejores del continente: Amphitryom de Ignacio Padilla; Sanar tu piel amarga y En busca de Klingsor de Jorge Volpi ; Estrella distante y Los detectives salvajes de Roberto Bolaño; solo por mencionar algunas de las que más nos marcaron. Pero hubo dos en particular que quedaron grabadas en muchos de nosotros Respiración artificial y Plata quemada de Ricardo Piglia.
En Respiración artificial asistimos a la vida de Emilio Renzi, descrito por el propio Piglia como un personaje al que: “sólo le interesa la literatura, vive y mira todo desde la literatura”. Quien al inicio de sus cartas se lanza una de las mejores frases que definen al género epistolar: “…la correspondencia es un género perverso: necesita de la distancia y de la ausencia para prosperar”. Personaje que era un alter ego, tal como lo confesó en una entrevista: “Renzi está construido con algo que yo veo en mí con cierta ironía y con cierta distancia. En el sentido de que a Renzi sólo le interesa la literatura, habla siempre con citas, vive “literariamente” y es lo que yo espontáneamente hago o quiero hacer pero que controlo a través de mi conciencia política, digamos, una relación diferente con la realidad. Entonces es como si de entrada el personaje se hubiera constituido como el lugar desde el cual el mundo puede ser visto desde el estilo, desde las tramas. En este sentido Renzi es una autobiografía”.

En Plata quemada, nos sumerge en la historia de una banda de criminales –basada en la vida real y rescatada por Piglia de las páginas rojas de la prensa–, que tras robar un camión blindado con más de siete millones de pesos se encuentran encerrados, drogados, temerarios ante lo que les aguarda y se baten hasta el final contra cientos de policías, sin miedo a la muerte ni al amor que se tienen entre sí. La imagen del Nene Brignone, cuando:
“Cayó tendido, boca arriba, en el pasillo, con los ojos abiertos, respirando agitado, sin quejarse… Por fin Dorda llegó junto al Nene y lo arrastró hacia la pared, a cubierto, y lo levantó contra su cuerpo, lo tendió sobre él, abrazado. Semidesnudo. Se miraron; el Nene se moría. El Gaucho Rubio le limpió la cara y trató de no llorar.
–¿Maté al policía que me la dio? –dijo el Nene, al rato.
–Claro, querido –la voz del Gaucho sonó ahora calma, cariñosa.
El Nene le sonrió y el Gaucho Rubio lo mantuvo en sus brazos como quien sostiene un Cristo. El Nene se metió con dificultad la mano en el bolsillo de la camisa y le alcanzó la medalla de la Virgen de Luján.
–No aflojés, Marquitos –dijo el Nene. Lo había llamado por el nombre, por primera vez en mucho tiempo, en diminutivo, como si fuera el Gaucho quien precisara consuelo.
Y después se alzó un poco el Nene, se apoyó en un codo y le dijo algo al oído que nadie pudo oír, una frase de amor, seguramente, dicha a medias o no dicha, tal vez pero sentida por el Gaucho que lo besó mientras el Nene se iba”.
Después de leer esta escena, los estudiantes del curso, habríamos de aniquilar los vestigios de homofobia que cualquiera pudiera haber arrastrado.
Ricardo Piglia fue profesor de literatura latinoamericana en Princenton University, un gran lector, crítico, guionista, pero sobre todo, narrador. En 1968, dirige la “Serie Negra” de novelas policiales norteamericanas de la editorial Tiempo Contemporáneo de Argentina, de allí quizás su constante cercanía con este género. Su primera obra narrativa fue La invasión, publicada en 1967 y reeditada 40 años después. En su prólogo afirma: “No me parece que un escritor escriba mejor a medida que avanza o que mejore con los años (a menudo es al revés)”. Sin duda no es este su caso, puesto que la maestría se su narración se fue haciendo cada vez más aguda, tal como lo demuestra en Nombre falso, Formas breves o El último lector, un libro íntimo donde aflora su cercanía con seres y personajes como Kafka, Ernesto Guevara, Anna Karenina o Leopold Bloom. En 2011 gana el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, uno de los más importantes de Latinoamérica, que otorga nuestro país, con su novela Blanco nocturno.
De modo que este 2017, arranca con tristeza, en un día de reyes en el que parte este escritor argentino dejando plasmada su huella en la literatura mundial. El mejor homenaje que podemos hacerle es sin duda leer, leer a Piglia.
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