Ellas escribieron para sanar (parte I)

Por Indira Carpio Olivo

Una busca un sitio donde parar. Un estacionamiento es solo eso. Lugar en el que aparcar el vehículo. Un vacío. Una necesidad. Un vacío es también una necesidad. Vaciarse.
Escribir puede ser el lugar donde desalojar. O, no. Hay quien intenta convertir la palabra en salvavidas. Y hay destinos que no se pueden disfrazar. “Todos los poetas mienten. (…) un escritor es alguien que con unos muebles hace un árbol”, escribiera la poeta Anne Sexton.
Las mujeres a continuación rebuscan en el cemento un espacio para bajarse de la máquina. Algunas se bajarán del auto, en pleno movimiento. Otras, esperarán a que se apague el motor. Sus obras viven para contarlo.
Estacionar en el papel, un Diario intensivo, es el método que implementara un discípulo junguiano en la década de los 60 del siglo pasado, el psicólogo estadounidense Ira Progoff. El método consiste en escribir como terapia para solventar ciertas psicopatologías, después de todo el papel es impasible.

ANNE SEXTONN, poeta estadounidense

Anne Grey fue una niña violentada por su padre y desprotegida por su madre. A los 20 años se fugó con el primer novio que se lo propuso, hombre del que tomara su apellido. Se casó y brotó tres veces: dos hijas y la depresión.
Diferentes episodios depresivos la mantuvieron interna en sanatorios, circunstancialmente. Con el primero, tenía 27 años y un intento de suicidio: “Los sentimientos que me inspiran mis hijas no están por encima de mi deseo de ser libre ni de las emociones que me exigen”.
Tres semanas después de intentar suicidarse, Anne vio un programa con Ivor Armstrong Richards, sobre el soneto y se dispuso a hacer los propios. El primer mes del año siguiente, los llevó con su psiquiatra Martin Orne, quien la animó a seguir, “prescribiéndole” la escritura. La poesía comenzó como terapia.
En mayo volvió a intentar acabar con su vida. En el fracaso, continuó escribiendo. Ese año se cuentan más de 60 poemas.
Luego, asistió a un taller en el centro de educación para adultos en el que permaneció dos años. Llevó 35 poemas. El curso era dirigido por John Holmes, a quien le escribió: “Y no te dije que la poesía me ha salvado la vida; que me ha dado una vida y que si no me hubiera topado con tu clase, si no te hubiera encontrado a ti y a tu clase, estaría, sin duda, perdida”. Con la poesía había vuelto a nacer.
En 1958 la publica por primera vez una revista. Muchos de sus poemas se referían a la sicoterapia. Poesía y tratamiento eran inseparables. En 1959 no menos de 40 revistas la difundían. Ese mismo año escribió al poeta W. D. Snodgrass: “Mis antiguos dioses han caído como un juego de bolos. Todo es un caos emocional. La poesía, solo la poesía, me ha salvado la vida”. Ocho años después era reconocida con el Premio Pullitzer.
Un poema define su final, Imitaciones del ahogamiento: “El miedo, / un motor, / me bombea y da vueltas y vueltas / hasta que me desmayo / lentamente / y la gente se ríe […] No hay noticias en el miedo / pero al final es el miedo/ el que te ahoga”.
En septiembre de 1974, después de dos vodkas, se abrigó con las pieles que le heredara su madre, caminó hasta el garage, encendió su cougar rojo y dejó que una nube de humo se la llevara, “la muerte, esa vieja carnicera, no volverá a molestar”.
Anne Sexton sintió que Sylvia Plath le había robado el suicidio, confesó Linda, la hija de Sexton. Linda a su vez sanó la relación con su madre, después de escribir y publicar Buscando Mercy Street en 1994, veinte años después del suicidio de Anne.

SYLVIA PLATH, poeta estadounidense

En Olmo, Sylvia Plath escribió: “Estoy aterrorizada por esta cosa oscura que duerme dentro de mí. Todos los días siento su suave giro como si fueran plumas, su malicia”.
¿Se refería la autora al trastorno afectivo bipolar que sufría? Escribir le permitía comunicación con su parte más saludable, diría Plath. Una cuestión que reafirma James Pennebaker, psicólogo de la Universidad de Texas, para referirse a los efectos terapéuticos de la escritura en la poeta: “Es muy posible que escribir poesía haya mantenido a Sylvia Plath con vida por más tiempo del que hubiese vivido sin la poesía”.
Son coincidenciales los momentos más álgidos de su existencia con los poemas más sublimes. Sylvia, confirma la vieja conseja de escribir para sanar o vaciar sentimientos inexplorados. Y aunque no es la literatura un objetivo de esta conseja, en el caso de Sylvia procuró una voz poética, que mantiene como benefactores a varias generaciones.
“Sus ácidos viperinos besan. Petrifica la voluntad. Estos son los errores aislados y lentos, que matan, que matan, que matan”, concluye en Olmo.
Antes de poner su cabeza en el horno de la cocina cuando tenía 30 años, Sylvia escribió sobre la maternidad, la muerte, la desilusión, la búsqueda de la identidad, publicó en diferentes revistas, una novela y un libro de poesía.
La novela autobiográfica La campana de cristal (1963) es una crónica literaria de la depresión nerviosa. Habla explícitamente del intento de suicidio y del tratamiento con electroshock en la vida de una joven de 19 años, todas experiencias de Plath.
Después del suicidio, su marido publicó Ariel, y cambió la estructura que dejara Plath. Las formas del poemario de Sylvia terminaban luminosas. Las formas del poemario de Hughes, el marido, justificaban el suicidio. La relación con su marido era tirante como un arco que apunta al propio cazador. Hughes llegó a golpearla al punto de producirle un aborto y reiteradamente le fue infiel: “Lloran oníricos adulterios / sulfúricos. Cristal frío, ¿cómo /te introduces entre yo misma/ y yo misma?”.
El psicólogo James C. Kaufman habló del Efecto Sylvia Plath, para referirse a la relación entre creatividad, depresión y suicidio. El estudioso afirmó que las mujeres poetas tienden a padecer enfermedades mentales como “bipolaridad, trastornos alimenticios, depresión, abuso de sustancias psicotrópicas, ataques de pánico, ansiedad y/o baja autoestima”.
Robert Loweel definió su poesía como la “autobiogafía de la fiebre”. En 1958, Plath escribía: “he estado y estoy luchando contra la depresión. Es como si mi vida la llevaran a cabo por arte de magia dos corrientes eléctricas: la del alegre positivo y la del negativo de la desesperación … que domina mi vida, que la inunda”.
La poesía no logró arrancarla de la muerte, pero hizo más larga su vida, o ¿acaso su agonía?
Sobre Sylvia han hecho estudios y ensayos y conversatorios y talleres y películas. Su hija Frieda, a quien dejara galletas y leche sobre la mesita de noche antes de suicidarse, escribe sobre ello:
Mi madre
La están matando otra vez.
Ella dijo que lo hacía
una vez de cada diez años,
pero ellos la matan anualmente, cada semana,
algunos incluso lo hacen a diario,
llevan su muerte en sus mentes
y la ejecutan. Les ahorra
crear sus propios problemas;
pueden morir a través de ella
sin tener que tomar
esa trágica decisión. La desentierran,
la hacen repetir sus actos.
Se les ha ocurrido hacer una película
para aquellos incapaces
de imaginar su cuerpo, cabeza en el horno,
dejando hijos en la orfandad. Luego
la rebobinarán
para poder verla morir
una y otra vez desde el inicio.
Devoradores de cacahuete,
después de haberse entretenido
a costa de la muerte de mi madre, se irán a casa,
cada uno llevará su imagen,
sin vida -un suvenir.
Quizá hasta compren el vídeo.
Cuando alguien lo vea por televisión
solo tendría que presionar “pausa”
si desea poner a hervir una tetera,
mientras mi madre contiene su aliento en la pantalla
para terminar muriendo después del té.
Los productores han reunido
trozos de su cuerpo,
quieren que los vea.
Requieren apósitos para cubrir uniones
y disimular las prótesis
de esta nueva versión de mi madre.
Quieren usar su poesía
como costuras y suturas
para darle credibilidad.
Piensan que debería fascinarme-
tenerla de regreso, piensan
que debería darles los versos de mi madre
para llenar la boca de su monstruo,
esa muñeca suicida llamada Sylvia,
que caminará y hablará
y morirá a voluntad,
y morirá, y morirá
y por siempre seguirá muriendo.

Artículos relacionados