En 1969 el escritor estadounidense Henry Miller escribió un libro titulado Los libros en mi vida, en el que más allá de describir su experiencia con algunas de las lecturas que le emocionaron, lo atraparon o que en cierta medida moldearon buena parte de su obra, realiza algunas afirmaciones que giran en torno a desmitificar el “sacrosanto” acto de leer, a ese fanatismo arraigado en muchos intelectuales que suelen creerse superiores al resto de la humanidad por el solo hecho de pasar largas horas con las narices metidas entre un libro y repitiendo ideas que no experimentan en la realidad.
Para Miller lo más importante es vivir: “Considero en gran medida mis encuentros con los libros, algo así como mis encuentros con otros fenómenos de la vida o el pensamiento. Todos mis encuentros están configurados y no aislados. En este sentido, y en este sentido solamente, los libros son parte tan integrante de mi vida como los árboles, las estrellas o el estiércol. No reverencio los libros por los libros mismos. No coloco a los escritores en ninguna categoría especial ni privilegiada. Son como los demás hombres, ni mejores ni peores. Explotan los dones que se les han dado, así como lo hacen todos los demás tipos de seres humanos. Si los defiendo de vez en cuando —como clase— es porque creo que, por lo menos en nuestra sociedad, nunca han alcanzado la jerarquía y la consideración que merecen”.

Y afirma más adelante: “…decididamente los analfabetos no son los menos inteligentes entre nosotros. Sea conocimiento o sabiduría lo que se busca, conviene dirigirse directamente a la fuente de origen. Y esa fuente no es el catedrático, ni el filósofo, ni el preceptor, el santo o el maestro, sino la vida misma: la experiencia directa de la vida. Lo mismo reza para el arte. También aquí podemos prescindir de los maestros. Al decir vida, pienso en un tipo de vida que no es la que conocemos hoy”.
Esta idea es desarrollada ampliamente por Juan Domingo Argüelles a través de sus estudios sobre la lectura cuando dedica largas páginas a desmontar el dogmatismo de la lectura y de su ritualización: “Decimos que la gente necesita leer libros, pero no pasa por nuestra cabeza que los lectores también necesitamos otras cosas que los demás tienen y practican y en las que somos absolutamente analfabetos”. Desmitifica la idea de que nos hace mejores o peores personas: “Hay devoradores de libros a los que no deseamos ni como amigos ni como acompañantes. Desagradables, pedantes, presuntuosos, incluso agresivos. Hay otros que son absolutamente amables. Asimismo, hay analfabetos peligrosos y dañinos, de los que hay que alejarse y cuidarse; mientras que otros, también analfabetos, son seres del todo confiables, nobles y probablemente hasta más solidarios que nosotros los lectores”.
La lectura no nos conduce a ser mejores personas pero nos puede dejar herramientas para lograrlo, tal como lo pueden hacer otras actividades esenciales para la vida como la música, la danza, la pintura, la ciencia, labrar la tierra, moldear vasijas, practicar algún deporte o cualquier otra que se realice desde la pasión y no desde la pretensión.

Cada año, como hoy, se celebra el Día Mundial del Libro, así como se celebra un día de la Tierra, de la Mujer, de la Música, del Deporte, etc.; porque desde la Unesco las naciones del mundo han considerado que es necesario: “Sensibilizar, concienciar, llamar la atención, señalar que existe un problema sin resolver, un asunto importante y pendiente en las sociedades para que, a través de esa sensibilización, los gobiernos y los Estados actúen y tomen medidas o para que los ciudadanos así lo exijan a sus representantes”. ¿Pero basta nombrar un día para que el libro se considere un elemento importante para la humanidad?
Generalmente es un día para el eslogan vacío del tipo “Leer es crecer”, “Leer es vivir” “Leer es conocer”, etc.; un día para ensalzar el ego de algunos intelectuales que acumulan horas de lecturas así como hacen los viajeros con las millas de vuelo; un día en que las grandes transnacionales del libro celebran las grandes sumas de dinero vendiendo las palabras que otros escribieron; un día en que parece cada vez más lejana aquella idea primordial de sentarse ante un buen libro con la única pretensión de saborear la vida a través de esas páginas.
El acto de leer debe celebrarse todos los días del año sin perder de vista la sencillez con que siempre estuvo acompañado, sin olvidar que es un acto que viene de los juglares y chamanes ancestrales que por miles de años fueron libros vivos que estuvieron más ligada a lo lúdico que a la obligatoriedad de algunas ambiciones humanas.

