#VTanálisis Cuba: cuando ser escritor estuvo bajo sospecha

Al triunfo de la Revolución Cubana (1959), el sueño casi infantil de construir por fin la utopía embelesó a cientos de miles de idealistas dispuestos a entregarse en cuerpo y alma a erigir una sociedad justa en el corazón de la América, donde se respiraban aires renovadores para la izquierda del mundo que tambaleaba ante las contradicciones del bloque socialista.

Estudiantes, obreros, campesinos, militantes de todo el continente, acariciaban el sueño de unirse o reeditar la experiencia de los barbudos de la Sierra Maestra. Sobre todo los intelectuales, principalmente escritores, sugestionados por la producción de lo nuevo, que no es más que la materia inaugural de todo el que reelabora el sentido de la vida a través de la palabra.

Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre y Fidel Castro

Hordas de pensadores de todo el mundo se acercaron a la isla a conocer a Fidel Castro, al Che Guevara, a experimentar en sus propias carnes la esperanza de un mundo nuevo en los días en que el poder político en casi todas las latitudes se ejercía bajo el peso de la bota militar, y las ortodoxias intelectuales manipuladas por un liberalismo burgués acomodaticio, frenaban cualquier espíritu que exigiera renovación.

Algo de pronto cambió: luego del “discurso a los intelectuales” de 1961 de Fidel (“Con la revolución todo; contra la revolución, nada”) vino el primer ataque contra una facción intelectual que, liderada por el gurú de la generación Beat Allen Ginsberg, y sus colegas de la revista literaria El Puente, en 1965 quisieron expresar en exceso una libertad que, desde entonces estuvo siempre bajo sospecha en la isla, por venir empollada “por la fracción más disoluta y negativa de su generación”.

Fidel Castro, Discurso de los intelectuales
Fidel Castro, Discurso de los intelectuales

Esto no hizo sino aumentar: las críticas oficiales no tardaron en denunciar los estilos y temas de los escritores en su “negativa” a escribir para el pueblo, y su actitud ajena a los temas revolucionarios. Se les acusó de apartar al hombre de su circunstancia, de escapismo, de individualismo y liberalismo, pecados imperdonables para un verdadero revolucionario.

A ello, se debe sumar otro ingrediente de una receta que terminó creando una “pócima maldita”: ser escritor homosexual, un paria en la sociedad revolucionaria, excluido eterno, cuyo alarde creativo a través de la narrativa, la poesía, el ensayo, entre otros, terminó imputado como asunto de “maricones”.

Esa espada atravesó a varias generaciones de escritores cubanos: desde la más elevada criatura del barroco antillano como José Lezama Lima, hasta el execrado por excelencia Reinaldo Arenas. Desde auténticos renovadores de la lírica moderna como Delfín Prats y Virgilio Piñera, hasta el más tristemente escarmentado, Heberto Padilla.

Heberto Padilla

Se les tildó de “contrarrevolucionarios”, una categoría letal que a casi todos sumió en el anonimato, el olvido, defenestrados para los círculos intelectuales pero también para la sociedad, lo que obligó a muchos a optar por el exilio como Cabrera Infante o Eliseo Alberto, desde donde convirtieron su desesperanza en odio y mucha tinta venenosa.

Hay que decir que, en muchos casos, algunos círculos intelectuales de La Habana fueron penetrados por los organismos de la inteligencia gringa para generar un pensamiento anticastrista en la escritura y las artes en general. La historia y los papeles desclasificados enumeran distintos episodios. Lo terrible es que pagaron justos por pecadores, y a los traidores los juntaron con los verdaderos genios, renovadores de la palabra con acento crítico, que es otra manera de hacer revolución en la medida en que no acepta ser modelaje por un pensamiento único.

Para el poeta Heberto Padilla no hubo piedad: en 1971 fue arrestado después de ofrecer una lectura pública en la Unión de Escritores, en el que recitó fragmentos de su libro Provocaciones (tres años antes había publicado Fuera de juego, libro por el que quedó marcado para siempre). Su texto, En tiempos difíciles, resulta escalofriante:

En tiempos difíciles
A aquel hombre le pidieron su tiempo
para que lo juntara al tiempo de la Historia.
Le pidieron las manos,
porque para una época difícil
nada hay mejor que un par de buenas manos.
Le pidieron los ojos
que alguna vez tuvieron lágrimas
para que contemplara el lado claro
(especialmente el lado claro de la vida)
porque para el horror basta un ojo de asombro.
Le pidieron sus labios
resecos y cuarteados para afirmar,
para erigir, con cada afirmación, un sueño
(el-alto-sueño);
le pidieron las piernas,
duras y nudosas,
(sus viejas piernas andariegas)
porque en tiempos difíciles
¿algo hay mejor que un par de piernas
para la construcción o la trinchera?
Le pidieron el bosque que lo nutrió de niño,
con su árbol obediente.
Le pidieron el pecho, el corazón, los hombros.
Le dijeron
que era estrictamente necesario.
Le explicaron después
que toda esta donación resultaría inútil
sin entregar la lengua,
porque en tiempos difíciles
nada es tan útil para atajar el odio o la mentira.
Y finalmente le rogaron
que, por favor, echase a andar,
porque en tiempos difíciles
esta es, sin duda, la prueba decisiva.

Una deuda que el propio Fidel se encargó de saldar

Padilla fue acusado de perpetrar actividades subversivas contra el gobierno, por sus textos y sus lecturas públicas, y el arresto levantó una polvareda que atravesó el continente. Escritores como Julio Cortázar, Susan Sontag, Octavio Paz, Jean-Paul Sartre y tantos otros protestaron.Fue la grieta para los admiradores intelectuales de la revolución cubana. El fin de un romance. Vargas Llosa, Carlos Fuentes y el mismo Cortázar firmaron una carta exigiendo la liberación de Heberto que García Márquez no suscribió, lo que friccionó la amistad infranqueable de los representantes del Boom latinoamericano.
Otros acontecimientos plagaron de malestar la relación entre los escritores y Cuba. Reinaldo Arenas salió huyendo en cuerpo y alma y fue a dar con sus huesos malogrados a Nueva York, donde encontró la muerte infestado de Sida y reprochando a la Revolución en su autobiografía-testamento Antes que anochezca, que le valió desconcierto y elogios, y una gran película protagonizada por Javier Bardem.

Portada del libro de Reinaldo Arenas, Antes que anochezca

Delfín Prats, relegado a la periferia de su Holguín natal, donde mata el tiempo haciendo labores domésticas luego de haber despuntado como joven promesa de la literatura universal, maldice el día en que vino a ganar el premio David de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1968 por su poemario Lenguaje de Mudos, lo que le valió la condena de la troika intelectual cubana, la censura, la destrucción de su obra y el ostracismo.

En su descargo, Fidel encontró consuelo a su error histórico con el tiempo: admitió los errores de la revolución al satanizar al pensamiento alternativo de los escritores, en una época  en la que cabía temer de todos por las amenazas que se cernían sobre el sueño naciente de la revolución cubana.

Fidel Castro y Gabriel García Márquez

A su contrición contribuyó su eterna amistad con el Gabo, quien abogó muchas veces por intelectuales pasados a la lista negra por su actitud disidente. Su cercanía a creadores de la talla del cantautor Silvio Rodríguez, quien jamás ha negado su compromiso con la revolución, pero eso sí, poniendo el dedo en la llaga de las contradicciones.

Su padrinazgo al cineasta más crítico de la revolución, Tomás Gutiérrez Alea, célebre por su polémico film Fresa y Chocolate. Al tiempo, no solo encontró injusta su actitud contra ciertos pensadores, sino con la homosexualidad que combatió y luego se convenció de respetar.

Marlon Zambrano / VTactual.com

 

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