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Somos hombres y mujeres de maíz

En el Popol Vuh, libro sagrado de los mayas, se comienza contando cómo se crearon las cosas y los primeros pasos del hombre y la mujer sobre la tierra. En la cosmovisión de nuestros ancestros se develan costumbres que van de la mano con lo mágico y la razón de ser. Respiramos, andamos, pensamos, imaginamos y soñamos con los pies sobre la madre la tierra, la Pachamama, que significa la comunión en sí, con esos primeros seres que imprimieron en ella la marca de su huella en el barro inicial.
“Y así encontraron la comida y ésta fue la que entró en la carne del hombre creado, del hombre formado; ésta fue su sangre, de ésta se hizo la sangre del hombre. Así entró el maíz [en la formación del hombre] por obra de los Progenitores. Y de esta manera se llenaron de alegría, porque habían descubierto una hermosa tierra, llena de deleites, abundante en mazorcas amarillas y mazorcas blancas y abundante también en pataxte y cacao, y en innumerables zapotes, anonas, jocotes, nances, matasanos y miel”.
En el mito creacional judeo-cristiano, Adán fue hecho de barro y Eva, su mujer, sacada de la costilla de ese manganzón que no hacía más que contemplar el Paraíso, tal como lo cuenta de manera jocosa Aquiles Nazoa en su sainete: “Y del costado de Adán/ sale su joven esposa:/ la joven pecaminosa/ de quien los tiempos dirán/ que por estar de golosa/ perdió el perro y perdió el pan.”
Por lógica natural, en buena parte, estamos hechos del entorno, del barro, porque todo nace de la tierra, de allí nace nuestra Génesis: de lo que bebemos, del agua y las mieles de los frutos que nos consignan y riegan nuestras venas; del sol que dora nuestra piel y de la sombra que la palidece; del aire que insufla el alma e hincha nuestros pulmones y nos invade con los aromas del amanecer. Pero por sobretodo, estamos hechos de los que comemos, de lo que nutre nuestra carne, un alimento que se repite a lo largo y ancho de este paraíso que es Nuestra América.
Desde el río Bravo que baña las tierras mexicanas hasta la Patagonia argentina, nuestros abuelos cultivaron el maíz e hicieron de este fruto de los dioses un manjar, un grano, verdadero oro, que mueve nuestras venas. Tortilla, tamal, pozole, atol, pupusa, bollo, empanada, arepa, nacho, tostada, hallaca… son solo por mencionar algunos de los platos que recubren nuestra esencia, no sólo culinaria sino vital. Muchos de estos platos acompañan la dieta diaria de los latinoamericanos.
En Venezuela el maíz es fundamento. Nadie llega al trabajo sin haber saboreado una arepa, una empanada, un tazón de fororo (maíz tostado y molido), una cachapa de maíz tierno con queso e’ mano o unos bollitos. La navidad deja de ser una fiesta si falta una hallaca, magnífica mixtura nacida de la colonia, del guiso español recubierto de la masa americana envuelta en hojas de plátano.
A pesar de su esencia vital para las y los latinos, el maíz ha sido un vehículo en el ataque del capitalismo para la destrucción de su idiosincrasia. EEUU en las últimas décadas se abroga el derecho, bajo tratados de libre comercio, de ser uno de los principales productores del mundo de este cereal. La industria agrícola del norte invierte sumas incalculables para desvirtuar la esencia este alimento, canalizando su producción hacia el consumo animal. Hace apenas unos años se planteaba el maíz como fuente principal para el “combustible verde”, es decir, emplear gran parte de su producción para extraer combustible para hacer girar la economía global, para mover los vehículos y acelerar el hambre de los pueblos
Con ello que gran parte del maíz del mundo esté sometido a la transgenización, variedades o especies que una vez sembradas causan desequilibrios ecológicos de entorno.

La industria estadounidense ha tratado de hacer de esta esencia un negocio
La industria estadounidense ha tratado de hacer de esta esencia un negocio

En Venezuela uno de los padecimientos más graves en la “Guerra económica” a la que es sometida actualmente, se hizo escasear la harina de maíz precocida con la que se elaboran platos primordiales de la dieta diaria.

Las variedades se ven amenazadas por la industria global
Las variedades se ven amenazadas por la industria global

En América Latina se ha tratado de sepultar especies para uniformizar y monopolizar la agricultura en torno a ciertas variedades del maíz signadas por Monsanto, empresa transnacional que produce semillas y agrotóxicos que atentan con la existencia de vida en el planeta. Sin embargo los pueblos siguen leales a sus raíces y permiten que ese regalo de los dioses siga acompañando cada día y cada plato el paladar y los sueños de los hombres y mujeres de maíz.
Volver al maíz, a su esencia, será una marca hacia el futuro.

CD

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