El closet: silencio y represión sexual

A Roberto desde chamo le pareció natural que le gustaran los hombres. Un día, un chico con el que comenzaba a salir fue a buscarlo a casa para ir al cine. Al día siguiente un vecino abordó a la madre de Roberto para contarle que un muchacho visitó a su hijo y se quedaron solos por un rato. Roberto recuerda que se estaba poniendo el uniforme para ir al liceo cuando su madre, molesta y fuera de sí, le preguntó qué le pasaba: “¿Es que a ti no te gustan las mujeres?”. “Le respondí ‘no, no me gustan las mujeres’. Después de eso no volvimos a tocar el tema, ella actuó como que si esa situación no hubiera pasado nunca, y aún hoy se sigue haciendo la loca.” Para Roberto, la respuesta ante la confrontación de su madre fue su manera de “salir del closet”.

La única vez que Jesús fue confrontado por su mamá él tenía diecisiete años. “No me atreví a decir nada, me hice el pendejo. Era un tripón asustado. Pero con los años, con la formación y la militancia, me di cuenta de que ‘salir del closet’ me resultaba innecesario, que no tenía por qué ponerme en plan ‘mira, mamá, me gusta que me muerdan y morder, pero eso sí, solo chicos’, ¿por qué?, ni mi hermana, ni mi hermano se sentaron a decirle a mi mamá que eran heterosexuales. Creo que hay que naturalizar las relaciones”.

A Mariana su madre la escuchó hablar por teléfono con su novia. “¿Es que ahora eres marica?”. Cuando Mariana lo aceptó ante la familia su padre la echó de la casa. Pasaron dos años para que volvieran a reconciliarse y “aceptarla como es”.

Salir del closet es una expresión en inglés que hace referencia a asumir ante los demás algo que es parte de nuestra vida y que es estigmatizado, considerado “malo” o “anormal”. Aunque la expresión en principio era utilizada especialmente por quienes se referían a la atracción hacia personas del mismo sexo, con el tiempo su uso en algunos países se ha extendido a otras situaciones: aceptar la contextura física o el color de piel, ser de un partido político, de un equipo deportivo, etc.

En el libro Epistemología del closet, la feminista y especialista en estudios del género, Eve Kosofsky, señala que el closet es la estructura que define la opresión gay en este siglo. Es decir, la modernidad exige que cada quien defina cuáles son sus inclinaciones sexuales, pero asumir socialmente si se es homosexual o heterosexual no se da bajo imparcialidad, porque es evidente que la familia, la escuela, el espacio laboral, infravalora una de las dos elecciones, en este caso, es la que “sale del closet”, la homosexualidad, aquello que permaneció oculto porque no es “normal”.

Para el activista venezolano Giovanni Piermattei lo importante es que revelar la homosexualidad propia no puede darse bajo la presión homofóbica de quienes necesitan saber “qué somos”, sino por una decisión personal. “Cada quien, según su contexto, debe saber qué tan preparada está su familia, qué tan preparada está la propia persona para enfrentar las posibles consecuencias. Decirlo a nuestra familia es una actitud necesaria porque a veces creemos que para ellos es evidente, que se nos nota, pero muchas veces los padres entran en negación porque los prejuicios son muy fuertes. Así que decirlo es un elemento liberador aunque eso traiga consecuencias”.

La mayor parte de quienes deciden mantener en silencio su deseo erótico-afectivo hacia personas del mismo sexo lo hacen por temor a no conseguir alquilar una casa, obtener un trabajo, ser irrespetados en sus espacios de estudio, por no querer ser estereotipados, para evitar el prejuicio, el insulto, el rechazo. Esto significa que el closet no está solo en el hogar. El closet es también el trabajo, un salón de clase, la calle. Es el sistema que legitima solo a la heterosexualidad como única forma de establecer relaciones sexuales y afectivas.

El escritor y artista chileno Pedro Lemebel afirmó: “Los pobres no tenemos clóset, sino ropero”. En este sentido, para la organización venezolana Alianza Sexo-Género Diversa Revolucionaria, el debate va más allá de asumir o no nuestra inclinación sexual en el espacio público, se trata de un debate sobre una problemática de clases sociales: “No atraviesa lo mismo un marico pobre que uno con privilegios económicos. Es necesario que comprendamos que la propiedad privada contra la que lucha el dirigente campesino opera en el mismo sentido que el control sobre nuestros cuerpos y deseos, ambos en dimensiones diferentes pero articuladas de la misma opresión”. Su consejo es que antes de asumirnos heterosexuales, homosexuales, lesbianas, bisexuales o trans, nos reconozcamos como seres sociales críticos para dejar de ser pueblos sexualmente reprimidos.

KC

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