Protestas en Venezuela: Esquizofrenia 2.0

Protestas en Venezuela: Esquizofrenia 2.0

En la relativización de las distancias –temporales y espaciales- que produce la comunicación digital, impera la inmediatez: lo que veo en la pantalla está ocurriendo en este instante y gracias a la transmisión en vivo, el tuiter, el chat o la cadena de telegram/guasá, la realidad tangible de alguien se traduce en la realidad aprehensible de otrx.

Sea en un celular, una Tablet o una computadora, el discurso mediado por la pantalla se sostiene entre las manos y está solo a un click de distancia de estar sucediendo en el espacio “privado” de una persona o grupo a volverse información que circula en la macro esfera de lo público. En términos de circulación de contenidos, este salto inmediato se ha vuelto una poderosísima herramienta para esquivar cercos comunicacionales, contrarrestar matrices de opinión mal posicionadas etc. Aunque esto represente –sin duda- una buena herramienta para movimientos sociales y gobiernos revolucionarios o progresistas, la posibilidad de cuestionar y replantear “la verdad” es un ejercicio de poder con consecuencias que dependen del interés de quien o quienes lo ejerzan.

Durante las protestas promovidas por los oposicionistas durante las últimas semanas en Caracas, la proyección mediática ha jugado un papel fundamental y, por ahora, parece ir logrado por lo menos dos de sus objetivos.  Es importante decirlo con todas sus letras: van logrando por lo menos dos de sus objetivos.  No minimizar la efectividad de algunas de las estrategias comunicacionales de la derecha podría ser un primer paso para desmontarlas.

Venezuela es Caracas: proyección internacional de “la situación país”

Con los grandes conglomerados comunicacionales de su lado, la derecha –como siempre- transmite a las grandes mayorías información prediseñada con un importante nivel de dramatismo y victimización que se traducen que la percepción de que estar en Venezuela en este momento es prácticamente, lo mismo que estar en Siria. Las noticias leídas desde afuera son francamente alarmantes y lo sabemos todas las que tenemos familiares o gente querida viviendo en otros países: en mi caso, cuando recibí la primera llamada de muchas la semana pasada, no lograba entender a qué se refería mi madre cuando me preguntaba si estábamos todas bien.

Yo no me había enterado, pero el país ardía en llamas. ¿Cómo llegamos a eso? He ahí uno de los puntos victoriosos de la estrategia comunicacional de la derecha:  partiendo del desconocimiento sobre el territorio, han construido, mediáticamente, un país a partir de su capital y, a su vez, una ciudad a partir de cinco urbanizaciones. Han vuelto la cotidianidad de más de treinta de millones de personas el relato fragmentado de la vida de los tres millones de habitantes que se concentran en la Gran Caracas. Fragmentado, porque tampoco es el relato de la cotidianidad del total de habitantes.

Los destrozos de los oposicionistas se limitan a territorios muy concretos: si consideramos los dos municipios (Baruta y Chacao) más “activos” en las protestas, la suma de habitantes no llega a las 900.000 personas. Vale preguntarse qué pasa en la vida de los veintinueve millones de personas que no se incluyen en esa cifra.

 

En este punto, el paso de lo privado a lo público que permiten las redes sociales y los medios de comunicación aliados es fundamental: demostrar que la cotidianidad se sostiene y que las protestas no son a nivel nacional, es básico.  Por absurdo que parezca, los compañeros y compañeras en el extranjero se sorprenden de que una pueda ir de compras, salir al cine, pasear con lxs niñxs.

Aunque sea desmontable, uno de los objetivos de la proyección mediática del conflicto se ha cumplido parcialmente: generar y sostener, en la esfera de lo internacional, la matriz de que Venezuela se ha vuelto un país intransitable en el que sobrevivimos a duras penas, además en una escalada: primero sin comida, sin medicinas, sin productos de primera necesidad y ahora, además, en guerra.  No se trata de transmitir un falso bienestar, sino acotar los espacios a su justo lugar. Ni un municipio hace la ciudad, ni una ciudad hace el país. Ni la realidad es solo y exclusivamente el momento que nos muestran.

La disociación a lo interno: realidad transitada Vs. realidad mediada por la pantalla

Entre la diversidad de objetivos de la guerra no convencional, es clave mellar la estabilidad emocional de quienes pueden protagonizar el conflicto a lo interno del país. En este ejercicio, se desata un fenómeno de retroalimentación del malestar impresionante. Los oposicionistas cercan las zonas en las que la mayor parte de habitantes son opositores. Despliegan el conflicto en sus propios territorios y generan, para su propia gente, condiciones en las que la cotidianidad se puede volver absolutamente agobiante.

Así, el ciclo de producción, circulación, consumo y reproducción del malestar se ejecuta sobre ellos mismos, en un anillo que aprieta y estrangula a la base social de la oposición, contribuyendo a aumentar las posibilidades de un accionar violento que se extienda a otros territorios buscando un enfrentamiento con la base social del chavismo, que transita una realidad en la que los niveles de malestar son mucho menores: si bien es cierto que a todos y a todas se nos dificulta el acceso a ciertos productos y que la inflación aprieta, es muy  diferente transitar este momento luchando por transformarlo que sumidos en un ambiente donde el interés de fondo es el recrudecimiento de las dificultades, como única vía para un cambio de gobierno.

En ese ambiente la transmisión (y construcción) de “verdades” – principalmente- vía redes sociales ha generado una percepción tan disociada de la realidad, que es constante la sensación de que se habitan diferentes países. Si ya la gran mayoría de los y las oposicionistas manejaban su cotidianidad en una suerte de aislamiento dado por la condición de clase, la capacidad ilimitada para creerle a sus propios medios y “dirigentes”  ha generado la sensación de vivir, realmente, en un estado de excepción. Convencidos como están de que se enfrentan a una dictadura, la percepción de agobio caldea los ánimos y se traduce en desesperación. Desde ahí, justifican lo injustificable, bajo la lógica de que “en guerra” todo se vale.

Mientras tanto, otros sectores de la población insisten en mantener la cotidianidad. Saltando los parciales cortes en las vías, todo sigue funcionando. Los niños y niñas van a clases –como en todo el mundo- , los cines transmiten los mismos estrenos que en otros países, el comercio se mantiene abierto y activo…una aplastante realidad tangible que no circula por las redes sociales y que en el hecho de requerir levantar la vista de la pantalla, se hace inaprensible para quienes prefieren mantener el conflicto y el malestar.

 

Una vez más, el accionar de las derechas parte del principio de invisibilización de los otros. El conflicto, como mencionaba en un artículo anterior a este, sigue siendo de clases. La vista y las pantallas de estos grupúsculos violentos se concentran sobre sí mismos, porque todavía no considera válida la existencia de otros. Ante oídos sordos y ojos ciegos, la “situación país” adquiere un perfil tragiridiculo: millones de personas continuamos construyendo en normalidad mientras las pantallas insisten en convencernos que de que eso, lo que vivimos, no es lo que está sucediendo. Esquizofrenia 2.0

 

@TaroaZuniga

 

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