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Otra mano sobre el tablero golpista: la respuesta del muralista Pablo Kalaka a Carlos Cruz-Diez

Hace algunas horas, mientras vemos que languidece cada vez más el apoyo a las protestas terroristas en algunos municipios del país, sale a luz una “carta dirigida a los jóvenes” que busca entre otras cosas avivar la llama fratricida que un sector de la oposición política ha convocado para poner en marcha un nuevo golpe de estado contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro.

Poco a poco han ido desfilando actores, músicos, cantantes (la figura paladina ha sido «Nacho»), entre otros llamados “artistas” para echarle más leña al fuego. Como si se tratase de un juego de beisbol en el que se va cambiando de picher, algún manager gringo les hace la seña para que entren en el juego; en este inning le ha tocado a Carlos Cruz-Diez quien dice: “Si mi esfuerzo en la vida para lograr ganar un lugar en el mundo del arte puede servirles de referencia, les digo que eso lo logré gracias a realizarlo en un contexto de plena libertad y la libertad sólo se logra en democracia”.

Allí se esgrime una defensa a la “democracia” de la Cuarta República a la que Cruz-Diez defiende con una lógica que explica de manera absoluta la crítica de arte uruguaya Marta Traba quien vivió de cerca, acá en Venezuela, el desenvolvimiento del movimiento cinético: “El auge del cinetismo en Venezuela estuvo directamente vinculado a la emergencia de una poderosa clase media que se enriqueció vertiginosamente con la economía petrolera. La demanda explícita de esa clase emergente apuntó a dar, mediante el arte, la imagen del desarrollo, la alta tecnología y las expectativas de futuro. El cinetismo fue apoyado doblemente por esa clase y por el Estado, que estuvo de acuerdo con esa imagen de país moderno y en marcha”.

El  pintor y muralista venezolano, Pablo Kalaka, esgrime una respuesta que pone al desnudo las intenciones de Carlos Cruz-Diez, en estos momentos en que la Revolución Bolivariana, y esos mismos jóvenes a los que Diez alienta, son víctimas de un experimento de guerra salvaje que emplea toda su artillería.

A continuación transcribimos la carta de Pablo Kalaka para que los lectores de VTactual saquen sus propias conclusiones.

El pintor Pablo Kalaka es uno de los máximos exponentes del muralismo en Venezuela

Hoy la Cultura tomó partido

Ayer se hizo pública una carta a los jóvenes venezolanos, de la mano del Gandalf del arte nacional, Carlos Cruz-Diez. Al mismo tiempo, rodaba por las redes una foto del poeta, crítico de arte, Luis Pérez Oramas con nada menos que Luis Almagro. Ambos, carta y foto, están diciendo casi lo mismo.

El párrafo inicial de la carta de Cruz-Diez es una comparsa de obviedades sobre los jóvenes que luchan por la libertad en las calles y un olvidable bla bla bla. Interesante se pone cuando aborda la historia política que le ha tocado vivir, a saber, los tiempos oscuros de Pérez Jiménez que lo obligaron, en la flor de su juventud, a escapar de esa «situación humillante» donde no había lugar para la cultura ni el arte (¿qué pensaría Villanueva de esto?) O sea que de joven, en vez de pelearla como según él hacen aquellos que ahora felicita, se fue muy ido del país. Pero volvió luego, cuando se abren las puertas a la “democracia” gracias al Pacto de Punto Fijo, que dice, fue «un acuerdo unánime de los partidos políticos para lograr la gobernanza, aunque algunos lo utilizaron para repartirse la riqueza en lugar de administrarla».

La corrupción estructural que significó el Pacto fue sólo la anomalía de unos cuantos malportados. Y el ostracismo que padeció la Izquierda, que también fue parte constitutiva, programática y estructural de ese Pacto, no existió; de eso Cruz-Diez no se acuerda, (no sabe, no contesta). No le gustaban las torturas de Pérez Jiménez pero ni menciona las masacres, crímenes sumarios, persecuciones y desaparecidos de la Cuarta República, ¿será porque su carrera iba en línea ascendente, decorando autopistas, hoteles, muros de puertos y casas de políticos y señoras de la Alta Sociedad de aquellos años? ¿No fue el cinetismo un arte idóneo porque evadía todo contenido político, quedaba bonito y era fácilmente «desideologizable» al pasar por una forma elevada de las artes decorativas? Coño, tá bien, pero el piso del Aeropuerto quedó de pinga, chico.

Mientras el país entero se sumía en una miseria atroz, Caracas creaba una columna vertebral de desarrollo, progreso, enarbolada a punta de concreto armado (una línea inaugurada en los tiempos del Pérez Jiménez de los que el abuelo abomina) y decorada con los juegos cromáticos que parecía ser la única apuesta visual posible en el país.

Kalaka incluye en su respuesta al «dandy de la intelligetsia caraqueña», Luis Pérez Oramas quien también entra al ruedo retratándose con Luis Almagro.

En su carta Cruz-Diez no se corta y se supera en las audacias: que si durante la Cuarta Caracas estaba a la altura de NY en apogeo cultural. Prueba de ello, dice, era que salíamos en las mismas revistas de arte de La Gran Manzana: hagámonos los paisas mirando los teatros bollantes, tremebundos, obnubilaciones de señoras y sus maridos del Este, a espaldas de una ciudad que tampoco parece recordar: la ciudad del 80 por ciento de pobreza, de los ranchos caídos, de la PM masacrando muchachos, de los allanamientos, de la perrarina en la mesa para comer, del Centro plagado como escena bíblica de niños famélicos, discapacitados, amputados, la ciudad de todas las formas de desesperación que podamos recordar.

La Caracas del consagrado artista era la de sus clientes, la de Sofia Imber, aquella Caracas que en mi adolescencia llegué a conocer y que poco ofrecía a la juventud clase media más que la certeza pequeñoburguesa de que sólo huyendo de aquí serías algo más que una desesperanza; la de un Este vibrante y lleno de magias, y un resto que por resultarnos tan incierto y amenazante invisibilizábamos como quien niega al otro por no saber si quiera que existe, aunque lo esté viendo de frente. Era la ciudad que nos tomó por sorpresa en El Caracazo.

Su país y su ciudad eran una escandalosa perversión, ciudad vibrante para los ricos y gente bien, un agujero negro para todos los demás. El cosmopolitismo de este señor es tan pequeño, sesgado, tan deliberadamente discriminatorio que llega a ser pueblerino.

Y luego el señor se sume en el delirio: Revolución es una palabra arcaica… mira tú… ¿Democracia y capitalismo son de nuevo cuño, serán el epítome de la nueva civilización que dice estarse gestando? Insta a los jóvenes a crear un nuevo mundo, un nuevo país, una nueva visión del mundo, lindas maneras de invitarlos a la desmovilización, lindo elogio del individualismo. Y vuelta a las audacias: «La Revolución acabó con TODO lo que se había construido en democracia». ¿Qué es ese TODO con lo que acabó? Cruz Diez lo deja a nuestra imaginación. En el territorio de las falacias, basta con soltar una frase altisonante, que suena a verdad, para que vengan las moscas a revolotearle.

Conforme avanza, se van superponiendo las pendejadas a una velocidad frenética, convirtiendo esta carta en un tren de disparates: «ha sido trágico para el país que los desposeídos de “entendimiento y razón”, como dice la tonada margariteña, hayan tomado el poder», o sea, los chavistas son brutos. «Digo esto como artista, ya que el arte no tiene ideología» ¿Hace falta replicar esta escandalosa y galopante estupidez? Nadie le contó a Cruz-Diez que todo acto de habla, y el arte lo es, está inexorablemente comprometido, atravesado, embebido, por la matriz ideológica que lo funda, del que se nutre y florece? Como que no se lo han dicho, porque él, como muchos como él, está convencidísimo de que eso no pasa. En un revival del «hagan como yo, no se metan en política» del Generalísimo Francisco Franco, Cruz-Diez delata su diestra en el esfuerzo tan agotador que realiza para no parecer de derechas.

Por su parte, el dandy de la intelligetsia caraqueña, Luis Pérez Oramas, aparece en una foto sentado como señor afable, satisfecho consigo mismo, calmo, junto al goilpista internacional Luis Almagro, en el mismo ejercicio de autoconvencimiento de que las gentes de bien no se despeinan ni van como histéricos vociferando consignas, ni llevan franelas del Che.

Ellos, que son artistas más allá de las peleas mundanas por el poder, están liberados de toda ideología y eso los redime, sana, purifica. Es más, les otorga «la superioridad moral» desde la que escriben sainetes como esta carta. Cruz-Diez y Pérez Oramas están poniendo la misma cara en la misma foto: la de la Derecha que no se asume.

Por lo que podemos deducir en esta carta que es más una autofelicitación que un auténtico saludo a los jóvenes, el cinetista se irá al cajón igual de imbécil que en sus días de juventud. Más pena da que le hayamos comido el cuento al cinetismo tantos decenios. Lo siento por estos señores: no son ecuánimes, no están por encima ni más allá de nada. Están en esta guerra igual que nosotros, los artistas (¿me cabe aún decirme emergente?) que aceptamos la pelea al lado de esos que él considera tan groseramente como ignorantes.

Cruz-Diez se puso del lado de sus clientes, de las señoras encorsetadas que le encargaban una alfombra y le trazaron ese lustroso e hipertrofiado corredor de una Caracas que le permitió evadir la desesperada violencia que se escondía detrás y asomaba por cada grieta. El cinetismo fue el mariachi de La Cuarta y Cruz-Diez cargaba el guitarrón.

Y hoy por hoy es un monstruito de la Derecha, por más que haga sus últimos esfuerzos por convencerse de la existencia de la torre de marfil. Cuando menos Pérez Oramas es más honesto y se deja retratar con los matones. Cuando menos en eso, fue valiente.

@carlospandanga

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