#VTrelatosDeCuarentena: El milagro del pan

Llega el día ineludible, cuando has transitado ya todos los caminos expuestos por las ecuaciones paralelas de la Matrix, en que te formulas la gran pregunta: ¿salgo a comprar pan?

No es una inquietud trivial ni aleatoria. Se trata, en última instancia, del susurro del hambre. El eco sordo de nuestro compromiso ancestral de proveer el alimento a las crías en el nido, que esperan con el pico alzado a que regreses y regurgites tus efluvios cargados de nutrientes.

En la edad de oro del coronavirus, en medio de la madre de todas las cuarentenas, se te ocurre el formulismo porque ya no hay harina para la arepa, se acabó la leche para la avena, no hay arroz ni maíz para el carato, mucho menos fororo o gofio. No seas sifrino, no sueñes con corn flakes.

Si, es una celada del destino que inquieta tu corazón, un miércoles a las 8:30 de la mañana, un mes después del decreto de emergencia sanitaria.

Miras para los lados y no ves a nadie. La madre y los hijos siguen rendidos en los brazos de un sueño balsámico, luego de la batalla campal de las tareas en casa, esa guerra sin cuartel que declararon las maestras confabuladas con el dios de la venganza, que los confina hasta la media noche en esa rutina neurótica de acumular tareas en un portafolio que terminan haciendo los padres al borde del suicidio.

Hay tres panaderías cerca, calculas. Hay gel antibacterial y tapabocas, o «barbijos», ese nombre espantoso que le endosan en el sur. Hay suficiente compromiso con el distanciamiento social.

«Metro y medio es lo que nos falta para un abrazo», meditas antes de salir de casa. Metro y medio de un beso, del roce, del tropiezo, de la mirada que inquiere.

«Ey, no es que vas a besar a nadie, solo vas a comprar pan» te reprendes. El pan que sacan a las 10:00 y se termina a las 10:02. El pan que alguien, delante de tí en la fila, compra con espíritu pandémico, como para alimentar Manhatan o Haití, y se deshace en las manos de los necesitados que también tienen hijos para regurgitar.

«La curva está plana, quédate en casa» te llega un mensaje por WhatsApp. Hay países donde ni pan ni agua, mientras los pobres caen por el hambre que resulta más letal que el covid-19, insiste tu espíritu herido.

En Estados Unidos los están apurando para que expongan pronto su pellejo a la maquila. En Europa no saben qué razón imponer para echarlos de nuevo a la calle a alimentar las industrias de fabricar excesos para el consumo. En Nuestraamérica profunda los dejan dormir el sueño eterno, sin siquiera proteger sus cuerpos del escarnio en plena vía pública.

Aquí nos llaman por teléfono, nos pasan un mensaje, o nos van a buscar directamente a casa, si es que somos sospechosos de contagio. De ser afirmativo te hacen el test de despistaje rápido cuyos resultados, siete minutos exactos después, te dicta la voz guapachosa de una morena de Cienfuegos, que te habla como cantándote un bolero: «negativo asere, que bolá».

Me enfundo unos guantes de látex, me ciño la mascarilla y lentes oscuros para que el virus no sepa que estoy mirando, y remato con una cachucha ensalmada de Los Tiburones de La Guaira, hasta adquirir el aspecto sospechoso de un Robocop desclasado. Agrego, además, un librito de Cortázar por si mi tiempo en la cola se prolonga demasiado.

«Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento» expuso en Medio pan y un libro el indómito García Lorca, antes de caer abatido por las terribles balas de la guerra, que es otra clase de pandemia.

Me convence, pero pienso: «bueno, sí, el libro, medio pan. Pero ¿y mis chamos cuando pidan el condumio?». Me arriesgo, ungido por el santo niño del jabón azul, y salgo de cacería sobre esa explanada salvaje de afuera, donde después del mediodía te barren con hipoclorito.

Me abro camino sobre lo que imagino son millones de animalitos microscópicos que me acechan y persiguen de aquí a la panadería, esperando un descuido para colarse por mis pulmones y truncarme la respiración hasta la asfixia.

Avanzo, dando brazadas entre esas burbujas coronadas de espigas, forcejeando con la nada, hasta llegar a destino muy despacio, como en cámara lenta, para lograr cuatro canillas flacas y enjutas por un ojo de la cara.

Con la misma intensidad me devuelvo caminando sobre el asfalto ardiente y solitario de los apocalípticos días que corren, sacudido por la brisa huracanada que ha avivado los incendios forestales, ha cincelado halos místicos alrededor del sol, y ha introducido en la noche una luna rosada y llena que nos ha sonreído, burlona, en medio de los calores infernales del claustro.

No conforme, la rutina de ingresar a la que creías tu casa, se materializa solo después de una meticulosa desinfección a fondo, vaporizador de cloro en la suela de los zapatos, despojo esencial de toda la indumentaria expuesta, casi hasta los interiores, y el baño urgente y rapaz con suficiente jabón frotado hasta que haga espuma.

A veces es tan simple el desenlace de las cosas. Tanto, que hasta cuesta creer que luego de jurar que nos estábamos jugando la continuación de la vida en la tierra, enfundados en la distopía de un Mad Max de pacotilla para comprar el pan en el fin del mundo tras luchar contra los zombis, la mamá de las criaturas ya había resuelto todos los dilemas de la evolución humana con unas panquecas de batata bañadas con sirop de papelón.

Y se atreven a reclamarte los niños, desde la beatitud de su mal aliento de recién levantados: «papi, es que teníamos hambreeeee».

 Marlon Zambrano/VTactual.com

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