La Carta Internacional de Derechos Humanos, que agrupa a un conjunto de documentos y tratados que engloban la estructura jurídica internacional para la defensa de los Derechos Humanos, establece entre otras cosas, que nadie estará sometido a esclavitud; servidumbre; torturas; penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes, y que la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas. Se trata pues de un texto que encarna una idea noble pero que en la realidad dista mucho de cumplirse. Para los 258 millones de migrantes dispersos por el mundo se trata en muchas ocasiones de una promesa imposible, de un sueño que se transforma en pesadilla y que no siempre tiene un final feliz.
A principios de junio de este año, por ejemplo, saltó a la palestra pública lo que ocurría en las zonas productoras de fresas en Huelva, España, en donde alrededor de 400 mujeres que trabajaban como “temporeras” o recolectoras, fueron prácticamente secuestradas para enviarlas antes de tiempo a sus zonas de origen, en Marruecos, con el fin de evitar de que un grupo de ellas, concretaran denuncias en contra de sus patronos y capataces.
No es la primera vez que surgen acusaciones sobre este caso: desde hace años son numerosas las historias sobre maltratos a las trabajadoras, que van desde la explotación laboral hasta el acoso y abuso sexual. Al tratarse de extranjeras, muchas prefieren callar y dejar pasar las agresiones, para obtener trabajo al año siguiente. Pese a que las historias existían y se habían realizado denuncias, apenas es ahora que las instituciones competentes se dignan a actuar e investigar los hechos.

Un caso repetido por millones
Pero este caso no es único. Situaciones similares y peores ocurren en muchos otros sectores de la economía, sobre todo en la construcción, la manufactura y la textil. Tampoco se remite únicamente a ciertos espacios geográficos; la explotación laboral de migrantes ocurre en gran parte del mundo, especialmente en los grandes centros industriales del globo ubicados en Asia, Europa y Estados Unidos.
De forma continua, aparecen informaciones en la prensa mundial sobre escándalos de grandes marcas que han empleado mano de obra forzada o centros de trabajo con mano de obra ridículamente barata, como recientemente ocurrió con H&M y 3M. Esta situación afecta aproximadamente a 24,9 millones de migrantes, de los cuales 23% (5,7 millones) son migrantes internacionales en condiciones ilegales y clandestinas, de acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
Por otro lado, la OIM ha registrado la muerte de más de 20 mil migrantes y refugiados desde 2014, en su intento por llegar a un lugar seguro y digno. La zona más peligrosa para los migrantes es la región del Mediterráneo, donde más de 15 mil decesos se han generado desde la fecha indicada. Como si se tratase de un fantasma al acecho, la frase “Miles de personas invadirán Europa desde Libia” enunciada por Muammar Gadafi como una profecía a pocos meses antes de su asesinato a manos de mercenarios se viene materializando desde hace varios años.
En este país magrebí, son docenas los centros de reclusión de migrantes que operan realmente como mercados de esclavos, donde incluso se subastan a los migrantes retenidos allí. “Libia está lleno de crueldad, historias de secuestro, violencia sexual y abuso de migrantes y refugiados”, ha denunciado Amnistía Internacional durante varios años. Este es uno de los principales legados de Estados Unidos y sus aliados en su invasión disfrazada de “liberación” para remover el “obstáculo” que representaba Gadafi a sus intereses económicos y geopolíticos.

Un negocio redondo
Contrario a lo que esgrimen los grupos y partidos nacionalistas y xenófobos de la ultraderecha, la migración es uno de los motores de la economía mundial y representan grandes beneficios, sobre todo para los países donde deciden radicarse los inmigrantes.
“La contribución de los migrantes, incluidos los irregulares, se plasma en el pago de impuestos y la inyección de cerca del 85% de sus ingresos en las economías de las sociedades que los acogen. El 15% restante se envía a las comunidades de origen en forma de remesas. Se estima que en 2017 se transfirieron mundialmente remesas por un valor estimado en 596.000 millones de dólares, de los cuales 450.000 dólares tuvieron como destino países en desarrollo”, señala la OIM en una publicación, en la que agrega que las remesas en conjunto, representan una suma tres veces superior al total de la asistencia oficial para el desarrollo.
La agencia explica, que los migrantes suelen estar en una edad más favorable para el trabajo que la población general, y aceptan trabajos que la mano de obra local no desea, lo cual es aprovechado por las empresas para generar mayores ganancias y mayor plusvalía. Pese a que existe una condena moral y leyes internacionales que castigan estas prácticas, difícilmente se erradicará esta situación, ya que existen demasiados intereses en juego, tanto para las empresas como para los gobiernos de turno alrededor del mundo, que se traducen en sabotaje o desinterés hacia los esfuerzos internacionales por hacer de éste, un mundo mejor.

JA

