InicioDestacadaEmpujarnos al odio: Estrategia de la derecha venezolana

Empujarnos al odio: Estrategia de la derecha venezolana

Desde comienzos del mes de abril, el ala más extremista de la dirigencia de la derecha retomó el camino violento en las calles de Venezuela. El resultado hasta el momento es desolador: hay más de 40 fallecidos, los heridos superan el medio millar, decenas de miles de millones de bolívares se han perdido en daños a infraestructura, al menos hasta mediados de abril, cuando el presidente de la República, Nicolás Maduro, ofreció un balance al respecto.

Pero esta nueva oleada de ataques ha traído consigo algo mucho peor, y aunque en principio está solapado en el discurso de ocultamiento de sus dirigentes, ya comienza a poblar el mensaje de los sectores más extremos del antichavismo “de la gente”: el fascismo se está agrupando en las mentes de algunas personas y comienza a operar psicológicamente en otras.

Durante estas últimas semanas no han sido pocas las amenazas, las persecuciones y hasta los linchamientos mediáticos a los que se ha sometido a los militantes de la Revolución Bolivariana. Ya no sólo a las cabezas, a su liderazgo más visible y sus familiares (a los que siguen persiguiendo dentro y fuera del país), sino a su pueblo, a sus luchadores diarios, a sus trabajadores.

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En redes, chats y otras vías virtuales abundan llamados como “él (o ella) es Pedro Pérez, periodista de (el canal del Estado) Venezolana de Televisión (VTV), se encarga de denunciar a los muchachos (terroristas), vamos a perseguirlo, denunciemos esta cuenta”, o incluso se han hecho públicos datos personales, familiares y de sus viviendas, de militantes revolucionarios o servidores de instituciones públicas como la estatal Petróleos de Venezuela o el Ministerio Público.

Los resultados saltan a la vista: contra Ricardo González, periodista del programa Zurda Konducta, transmitido por VTV, hubo un atentado mientras manejaba su carro por la autopista en Caracas. Otro vehículo lo embistió haciéndole perder el control, aunque salió ileso.

Este 12 de mayo, en la zona nororiental del estado Mérida, específicamente en Pueblo Llano, un grupo incendió la vivienda del artesano local Román Rodríguez, por una razón muy puntual: el cultor es chavista confeso y su vivienda tenía una talla con la figura del líder del proceso bolivariano, Hugo Chávez.

A esto se puede sumar el asedio a la sede diplomática venezolana en Madrid, España, donde el Comité de Víctimas de las Guarimbas y el Golpe Continuado contaba su verdad a unas cien personas; o el intento de impedir una actividad de solidaridad con la Revolución organizada en la Universidad de Panamá.

También el mensaje de odio se ha pretendido imponer en las casas de estudio, como evidencia un hecho ocurrido este martes 16 de mayo en la sede de Guayana de la Universidad Católica Andrés Bello: un profesor, en medio de una clase, aseguró que no importaba si morían cien mil personas, con tal de salir del presidente Nicolás Maduro.

La denuncia la realizó una de sus estudiantes a través de la red social Twitter, en la cuenta @sofy_angel_: “Me acabo de salir de una clase porque el profesor dijo ‘si se tienen que morir 100mil personas, que se mueran’. Qué asco el fascismo”.

El odio ya sembrado en algunos les ha hecho relativizar la muerte: cae un civil “protestando” (entre comillas porque más de una decena de las víctimas no participaba en las manifestaciones al momento de su muerte), y las redes estallan con mensajes de aliento y “esperanza”, con promesas de que la vida perdida no será en vano.

Muere un funcionario de seguridad y pasa alguna de estas tres cosas: algunos celebran, otros simplemente menosprecian a quien perdió la vida, sin considerar a quiénes deja detrás (padres, hermanos, hijos, parejas, etc.). La muerte de un “chavista” no es “tan grave” y por eso sucede la última (y peor) situación: un militante revolucionario muerto se convierte igualmente en “víctima de la represión de la dictadura de Maduro”.

Objetivo Siria

Ya en Estados Unidos lo tienen claro: el objetivo de la promoción de la violencia entre venezolanos es generar una confrontación armada a lo interno en la cual puedan intervenir, como ya han hecho recientemente en Siria, cuyo presidente, Bashar al-Asad, tampoco es del agrado del alto mando estadounidense.

Algo de eso dejó entrever este miércoles 17 de mayo la embajadora de la nación norteamericana ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Nikki Haley, al asegurar que «Venezuela podría seguir el camino de países como Siria o Corea del Norte», con la cual también tiene una relación enemistosa Washington.

Al Venezuela no poseer ningún tipo de postura belicista-y mucho menos en la carrera nuclear, como Corea-, la opción está en desatar los demonios internos, que el conflicto hable por sí solo y abra las compuertas de los portaaviones de EE.UU. y la OTAN.

Mientras en el territorio nacional se promueve el enfrentamiento entre bandos, puertas afuera se construye el relato previa a toda invasión reciente: irrespeto a los derechos humanos, cercenamiento de las libertades y, cómo no, el terrorismo: aunque no reconocen ese talante de manera oficial, sus acciones los preceden: asedio, ataques y hasta incendios a escuelas, maternidades, centros asistenciales o guarniciones policiales y militares.

Hay que sumar a ello una foto tomada recientemente, en la cual un grupo de encapuchados posa al fondo mientras en primer plano se ve a un “ejecutor” que se dispone a “degollar” a un oficial de la Policía Nacional Bolivariana, al mejor estilo de Daesh en Oriente Medio. Paradójicamente, en uno de los escudos de los “manifestantes”, se puede leer claramente: “No más muerte”.

También podemos recordar el episodio en el cual el alcalde del municipio El Hatillo (Miranda), David Smolansky, acusó indirectamente al Presidente de la República de usar armas químicas contra el pueblo venezolano, pocos días después del atentado ocurrido en Siria y por el cual las fuerzas estadounidenses atacaron una base militar del ejército sirio.

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Prácticamente a diario muere algún venezolano que posteriormente es enarbolado como bandera de la “resistencia (que es la que realmente está a la ofensiva, cabe acotar)”, y aunque las intenciones han ganado en sangre, la batalla por la subjetividad se sigue librando a cada segundo.

¿El desenlace? Hay dos posibles escenarios, totalmente antagónicos entre sí: o se sostiene la paz, que se ha logrado mantener hasta el momento a pulso, tensión y sangre –siempre del pueblo-; o se impone el odio, se desata una guerra, y ellos triunfan: ellos, la dirigencia, sus promotores imperiales, no su gente. Esa, en cualquier caso, saldría tan derrotada como la chavista: la muerte no ve en colores.

JI

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