Ellas escribieron para sanar (II parte)

Ellas escribieron para sanar (II parte)

Por Indira Carpio Olivo

El sonido es la danza del aire entre las cuerdas que sostienen el cuello. El oído es social. No hay sonido sin oído. Pero qué quiere escuchar el oído. A quién. Cómo se abre paso la palabra y también lo cierra, el lenguaje. Jacques Lacan decía que el lenguaje no existe, sino los lenguajes, que habría que “deshacer con la palabra lo hecho por la palabra”.
Hay mujeres que han sido y son palabra. Se componen y también se desfiguran en el decir. A propósito. Una para sanar, otra simplemente para desincorporarse de sí, hasta finalmente callar.
Según Nietzsche “el poeta es el gran terapeuta […] el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar”.
Pero, ¿es la poesía la llaga, o el pus en la llaga? «en el centro de la ausencia / mi sombra es el centro / del centro del poema», lo explica Pizarnik.
Lo que sigue son dos mujeres que escribieron para poder seguir con vida:

Bonnett, con su hijo Daniel.

PIEDAD BONNET, poeta y escritora colombiana

Cuando Piedad Bonnet era chica se le prohibía hablar. Provenía de una familia conservadora. Fue así como decidió que el sonido lo convertiría. Y escribió. Escribió sobre todo, para decir de ella. Incluso cuando Daniel decidió dejarse.
Escribió sobre el suicidio de su hijo Daniel en el libro “Lo que no tiene nombre”. En sus propias palabras “no estaba escribiendo un desahogo curativo, aunque sabía la función terapéutica de lo que estaba escribiendo”. Su psicólogo le explicó que el proceso que experimentaba era muy sanador, pero Piedad no lo hacía para sanar, sino como una necesidad. “Algunas personas necesitamos de las palabras para descansar”, se explicó en la presentación de su obra.
“La palabra tiene la capacidad de distanciar. Sabía que me estaba sanado un poco, porque uno no se sana del todo, pero (también) que estaba escribiendo para otros, lo cual a su manera es sanador, porque en el hecho de compartir hay una cosa salvadora. Creo que esa es la función de los que hacemos literatura (…) Estoy menos triste (después de escribir el libro) que si hubiera sofocado mi dolor”.

Lo que no tiene nombre (fragmento):
Instalada como estoy en la reflexión, siento de pronto, sin embargo, que Daniel se me escapa, que lo he perdido, que de momento no me duele. Me asusto, siento culpa. ¿Es que acaso he empezado a olvidarlo? ¿Es que ingresa ya al pasado, que empieza a desdibujarse? Entonces cierro los ojos y lo convoco con desesperación, lo hago nacer entre la bruma de la memoria, lo hago realidad de carne y hueso. Ahí está, recostado contra la puerta, mirándome, sonriente, y compruebo otra vez cuánto se parecía a mí; y toco su mejilla con el dorso de mi mano, y le acaricio el pelo, y le agarro la mano, sintiendo su calor. El dolor abre otra vez su chorro y las imágenes se multiplican y mi hijo vuelve a estar vivo, y lo veo subir la pequeña cuesta que conduce a la casa, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, serio, adusto, como enojado consigo mismo y con el mundo, como si le pesaran inmensamente el cuerpo y el futuro.

Pizarnik

ALEJANDRA PIZARNIK, poeta argentina

Alejandra Pizarnik dijo que “escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos”. Era la misma mujer que según Octavio Paz era capaz de “escribir con su cuerpo el cuerpo del poema”. No sabía mentir y se entregó a la poesía, incluso con su muerte.
Alejandra creció en el seno de una familia judía en el puerto de Avellaneda, Argentina. Hablaba varios idiomas, tenía cierto acento al pronunciar el castellano y tartamudeaba. “Voy a ocultarme en el lenguaje”. Sufría por las marcas que dejaba el acné en su rostro, la imposibilidad de respirar por sus reiteradas crisis asmáticas, y de una tendencia a subir de peso que la movió a consumir drogas, a convertirse en una adicta.
La escritura la redimensionó, la anudó y la mantuvo con vida hasta los 36 años cuando se suicida: Palabra por palabra / tuve que aprender / las imágenes / del último otro lado.
De Alejandra habló ella. Los demás la repetimos en un infructuoso intento de ser con ella. Pero para ser Flora Alejandra Pizarnik Bromiker habría que fallar en eso de la respiración, trastabillar, morir tantas veces la muerte llame y descansar finalmente del regodeo de la muerte, a gusto: “No quiero ir nada más que hasta el fondo”.
Alejandra no fue menos que su elección, no fue únicamente su elección. Antes fue una gran poeta:

En esta noche, en este mundo
A Martha Isabel Moia

en esta noche en este mundo
las palabras del sueño de la infancia de la muerte
nunca es eso lo que uno quiere decir
la lengua nata castra
la lengua es un órgano de conocimiento
del fracaso de todo poema
castrado por su propia lengua
que es el órgano de la re-creación
del re-conocimiento
pero no el de la resurrección
de algo a modo de negación
de mi horizonte de maldoror con su perro
y nada es promesa
entre lo decible
que equivale a mentir
(todo lo que se puede decir es mentira)
el resto es silencio
sólo que el silencio no existe
no
palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?
en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve
¿de dónde viene esta conspiración de invisbilidades?
ninguna palabra es visible
sombras
recintos viscosos donde se oculta
la piedra de la locura
corredores negros
los he corrido todos
¡oh quédate un poco más entre nosotros!
mi persona está herida
mi primera persona del singular
escribo como quien con un cuchillo alzado en la oscuridad
escribo como estoy diciendo
la sinceridad absoluta continuaría siendo
lo imposible
¡oh quédate un poco más entre nosotros!
los deterioros de las palabras
deshabitando el palacio del lenguaje
el conocimiento entre las piernas
¿qué hiciste del don del sexo?
oh mis muertos
me los comí me atraganté
no puedo más de no poder
palabras embozadas
todo se desliza
hacia la negra licuefacción
y el perro del maldoror
en esta noche en este mundo
donde todo es posible
salvo
el poema
hablo
sabiendo que no se trata de eso
siempre no se trata de eso
oh ayúdame a escribir el poema más prescindible
el que no sirva ni para
ser inservible
ayúdame a escribir palabras
en esta noche en este mundo.

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