Marielle Franco, concejal izquierdista y activista de derechos humanos en Brasil, fue asesinada apenas tres días después de denunciar los excesos de la policía en las favelas y cuando se cumple un mes de la intervención del Ejército en la Seguridad Pública en Río de Janeiro.
El dolor y la rabia se tradujeron en multitudinarias protestas en varias ciudades del país. La noticia de su muerte provocó diversas reacciones de repudio y obligó al gobierno del presidente de facto, Michel Temer, a calificar el crimen como de “extrema cobardía” y prometer que no quedará impune.
Tras la indignación popular e internacional, Brasil debería dar una pronta respuesta a las demandas con una investigación rápida y concluyente. El vehículo donde se trasladaba Franco recibió nueve impactos de bala, tres le dieron en la cabeza y otros tantos alcanzaron al conductor.
Nacida y criada en Maré, el mayor complejo de favelas y uno de los más violentos de Río de Janeiro, fue un símbolo de la lucha de las mujeres negras brasileñas contra el racismo, el machismo y la violencia policial.
Marielle era socióloga y se convirtió en la quinta legisladora municipal más votada en las elecciones de 2016 de la mano del PSOL. Era relatora de una comisión municipal creada para informar sobre los posibles abusos cometidos por los militares durante la intervención militar en Río de Janeiro ordenada por el presidente Michel Temer.

