No es el fin de la historia: el fracaso del Liberalismo

Por J.J. Diaz

“Quien siembra miseria, cosecha cólera”

Como esperábamos la Asamblea General de la ONU transcurrió entre los discursos aburridos e ineficaces de siempre. Los mismos problemas son puestos sobre la mesa, sin una clara resolución en el horizonte. Todo esto ante la mirada impotente de los principales líderes mundiales. Sin embargo, en medio de estas peroratas vacías y la ausencia de importantes mandatarios, se puede extraer un elemento de crucial importancia: La amarga agonía del liberalismo

Donald y Melania Trump a su salida de la 74 Asamblea General de la ONU

La frase de Trump: “El Futuro no le pertenece a los globalistas, pertenece a los patriotas”, dentro   del mayor recinto de la multilateralidad moderna, representa una clara señal de la bancarrota de la élite global y del sistema instaurado después de la II Guerra Mundial. La clase dominante no puede ocultar ahora sus fisuras y falta de consensos para controlar el mundo. Hace 27 años los liberales de todo cuño se embriagaron con el derrumbe de la Unión Soviética, prometiendo un futuro refulgente de prosperidad y paz. Hasta Francis Fukuyama llegó a proclamar “El fin de la historia y el último hombre».

Pero en una entrevista publicada por New Statesman, el 17 de octubre del 2018, Fukuyama, ha tenido la penosa obligación de rectificar su prematura y temeraria afirmación. Ese mundo tan promisorio donde la libertad de mercado y su inherente capacidad para autorregularse, la libre competencia, la expansión de capital y la desregulación del sector financiero serían las bases para alcanzar la prosperidad general y una mayor equidad; demostró su total bancarrota. La pesadilla que sufren millones de personas mal pagadas en el centro del mundo, inmigrantes, desempleados, ancianos, y las víctimas de las guerras en Siria, Yemen e Irak así lo demuestra.

Sebastian Piñera recibiendo un ejemplar de la obra «El fin de la historia y el ultimo hombre» de las manos de Francis Fukuyama

La desigualdad en los ingresos alcanza niveles obscenos en todo el mundo. Por ejemplo, el índice Gini en EEUU pasó del 0,482 registrado en 2017 al 0,485 durante el año 2018. Esto significa, según la oficina nacional de censos, que la distancia entre ricos y pobres ha crecido a sus niveles más altos en 50 años de registro. Todo esto muy a pesar de que EEUU pasa por su período de mayor expansión económica.  De igual manera la brecha de desigualdad social en los países del G7 se han agravado desde la crisis del 2008. Cabe destacar que estamos hablando de aquello que llaman “El primer mundo” de economías industrializadas y fuertes. ¿Cómo sera la situación del mundo subdesarrollado?

La intervención imperialista contra el mundo árabe, en nombre de la democracia y los derechos humanos, no instauró más que la destrucción y la barbarie del fundamentalismo islámico, que en forma de actos terroristas sacude a la propia Europa. Las guerras proxis aniquilan a miles de inocentes en Siria, Yemen, Sudan del sur y Libia, provocando la mayor ola de migración vista en el mediterráneo. Todo esto mientras que occidente se lava las manos entre lágrimas de cocodrilos y políticas anti migratorias. El proteccionismo económico, las disputas comerciales, la restricción contra la democracia, la violación de los derechos humanos, las recesiones y las crisis, el desempleo, las protestas, entre otros, son signos manifiestos de las sociedades liberales de hoy.

los chalecos amarrilos son un escollo para los planes de austeridad de la élite francesa

El liberalismo, despojado de todos sus adornos y ropajes, no es más que una ideología basada en los intereses de un sector de la burguesía mundial. El monopolio de los medios de comunicación, la moral, la religión, las artes, las universidades y escuelas, difunden esta ideología como una verdad absoluta que representa «el mejor de los mundos posibles». Sin embargo, con el escenario de fondo descrito anteriormente, la realidad choca fuertemente con los postulados del liberalismo. Creándose un sentimiento de cuestionamiento generalizado.

El fracaso histórico del liberalismo

Muy seguros de sus afirmaciones y con la arrogancia de clase que tanto los caracteriza, los liberales promueven que si se respeta la propiedad privada (de los medios de producción), las libertades individuales, se permite que el capital y los mercados se abran libremente, el sistema capitalista sería la base para una sociedad más equitativa. Esto para no decir “justa” ya que los liberales más extremos, al estilo de Hayek o Friedman, consideran la “justica social” una abominable falacia. Los liberales venden sus principios como presunciones universales para el total de la sociedad. Simplificando un poco las cosas: La libertad no es más que la libertad de empresa, la libertad del dejar hacer.

La economía clásica, desarrolla por Adam Smith y David Ricardo, pretendía elaborar las bases que ayudaran a conocer el funcionamiento del sistema capitalista desde un punto de vista sistemático. Esta escuela, postuló por primera vez la autorregulación del mercado gracias a la “mano invisible”.  También reconocía la existencia de las clases sociales, sin brindarle mayor importancia.  Carlos Marx en el Capital critica a la escuela clásica, demostrando la tendencia del capitalismo hacia las crisis, develando cual es el verdadero fundamento de las riquezas para los capitalistas; La plusvalía, aquel trabajo no pagado al trabajador en el proceso de producción de mercancías. Justo en ese punto se encuentra la limitación de la escuela clásica: En tanto representantes de la clase burguesa nunca dejaron expuesta el origen de la explotación capitalista.

Más tarde, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, la economía clásica sufriría un cambio extremo en manos de la escuela Austriaca y de la utilidad marginal. En dicha escuela se contrapone el subjetivismo contra la teoría del valor y la lucha de clases es sustituida por la metafísica de los “agentes económicos”, representada por los individuos aislados. De esta manera, abstraído el hombre de su medio social y de sus estructuras, los liberales colocan “el egoísmo” como una característica natural y propia de todas las épocas de la civilización humana y no como una peculiaridad propia de un sistema social determinado, en este caso, el capitalismo.

Entre mitos y realidades.

La expansión de la libertad de comercio no es más que un mito supersticioso de los liberales. El estado y sus fuerzas armadas fueron un instrumento de acero para conquistar mercados y colonias. Las materias primas y los mercados de África, América y Asia, capitales fundamentales para la revolución industrial, fueron obtenidos gracias a la intervención estatal centralizada. Como bien explica Marx en la acumulación originaria de capital, el mercado laboral fue la obra del despojo y expropiación de los medios de trabajo de los campesinos y trabajadores, de esta manera estos infortunados no tuvieron más nada que vender que su fuerza de trabajo.

El Gran mito de los liberales de hoy, tan parecido al segundo advenimiento de Jesús sobre la tierra, es la vieja afirmación de que el mercado es un mundo donde millones de individuos libres compiten entre sí, sometidos por la acción reguladora de la mano invisible. Esta situación a la larga generaría el bienestar y la prosperidad para todos. Sin embargo, como ya vimos al principio de este artículo, “el libre mercado” nunca condujo al bienestar general, mientras que la “libre competencia” ha sido pulverizada por el surgimiento de los grandes monopolios y oligopolios, quienes en la realidad controlan el mercado mundial. Este es precisamente uno de los signos distintivos de nuestra época: la concentración de la producción y de capital en cada vez menos manos. Solo un puñado de multinacionales, con ingresos mucho más altos que los PIB de una gran variedad de países, controlan todos los sectores claves de la producción en el mundo: el tecnológico (Amazon, Apple, microsoft…) el automotriz (Ford, Toyota,renault…) el farmacéutico (Bayer, Pfizer, Roche…) el financiero (El Banco Aleman, Citigroup, Bank of America, JP Morgan Chase…) entre otros.

Las Diez compañías alimentarias mas poderosas del Planeta

El dogma liberal niega la explotación, la violencia y el carácter histórico de su propio sistema. Entre mitos y medias verdades se pretende justificar que estados salgan en la defensa de los privilegios de las élites empresariales. Cuando un gobierno intenta regular los precios de los productos en el mercado los liberales lo acusan de de intervencionista, pero cuando el estado utiliza las fuerzas armadas para reprimir las protestas contra los recortes o por mejores salarios, se le llama “imposición del orden”.

Para el sentido común, promovido por los liberales, los mal pagados, los desempleados, jubilados, víctimas de la guerra, personas sin vivienda, los enfermos, entre otros muchos, deben resignarse ante su destino y dejar que los gobiernos de las grandes corporaciones resuelvan los problemas que actualmente enfrenta la humanidad. Pero con la ruptura del equilibrio político suscitado después de la crisis del 2008, la consciencia de la población chocará fuertemente con la realidad, despojándose de viejas certidumbres y cuestionando todo el orden exístete. De allí el porqué de la demagogia antiglobalizadora y nacionalistas de Trump y su repercusión en la población Americana, de allí el escepticismo del pueblo británico contra la unión europea, de allí el giro febril del péndulo de la historia en América Latina. Nadie puede negar que el mundo de hoy es un mundo lejano a la prosperidad y a la paz tan prometida por los liberales y el supuesto fin de la historia. La verdad verdadera y de lo único que podemos tener certidumbre es que un nuevo período está por escribirse.

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