InicioCULTURA Y ENTRETENIMIENTODel peligro de escuchar vallenato

Del peligro de escuchar vallenato

Desde hace algunos unos años hasta acá, hemos estado asistiendo a una nueva oleada de xenofobia hacia el pueblo colombiano y en especial hacia los inmigrantes de ese país hermano que tras huir de los conflictos históricos se vieron en la necesidad de dejar su tierra y sembrar su sentimiento en esta, la patria de Bolívar. Esta discriminación es histórica y siempre tuvo el trasfondo político de la división entre nuestros pueblos latinoamericanos y en especial los de la Gran Colombia.

Durante el mes de noviembre en una conferencia en una universidad del país, un “intelectual” venezolano, historiador, de paso, casi llegó a comparar el peligro del desplazamiento de los paramilitares a nuestro territorio tras los acuerdos de paz en Colombia, con el vallenato. Para él resultaba gravísimo, no sólo que en Maracaibo se escuchara este ritmo marginal a diestra y siniestra, sino que ya había llegado a Caracas.

Quizá este “intelectual” pasó buena parte de su juventud imitando a un charro mexicano, oyendo las rancheras que copaban las rocolas y los bares de nuestro continente, y quizá también escuche tangos, para parecerse a Borges, pero sin escribir ni leer tanto como Borges.

Esta marginalización la alertó José Roberto Duque en su ensayo Vivir en frontera, cuando decía que: “Para el caraqueño o valenciano preocupado por este asunto titulado ‘Defender a Venezuela, luchar contra el riesgo de la colombianización’, escuchar vallenato es peligroso para nuestra cultura, pero los ritmos más difundidos en esas ciudades también vienen de afuera y se llaman salsa, merengue, rock y todas las variantes de música techno con sello norteamericano. Escuchar vallenato es peligroso, pero el replicar del joropo sirve para informar que se acabó la fiesta: la hora del Alma Llanera, en el lenguaje de los bailadores, es la hora de despedirse porque el dueño de la casa o el local quiere ir a dormir. Que se sepa, nadie ha reflexionado acerca de si esa peculiaridad constituye una afrenta a lo venezolano, muy probablemente porque está claro que no lo es… pero escuchar vallenato nos parece muy, muy peligroso”.

Lo que Duque señala como la “Fobia al acordeón” es también la fobia a lo colombiano, y son expresiones que han ido permeando el sentir de muchos venezolanos más por xenofobia que por miedo a la transculturación. En dado caso el vallenato no es el enemigo, y lo colombiano mucho menos. El peligro está más en el uso que los grandes medios de comunicación y la industria del espectáculo hacen con cualquier ritmo que les convenga para pervertirlo, estandarizarlo y vendérnoslo enlatado.

El vallenato, el verdadero, nace a fines del siglo XIX, y con apenas tres instrumentos: el acordeón europeo, la caja africana y la guacharaca indígena, se fue abriendo paso por el suelo colombiano y ha recorrido buena parte del continente. Contagioso como la salsa y el merengue, que a pesar de que se escuchan y se bailan en toda fiesta que se respete, no han diezmado un milímetro de nuestro suelo patrio, el vallenato representa la riqueza musical de la diversa Patria Grande.

El vallenato cuenta con leyendas, como Pancho Rada, donde se funde la belleza y la sencillez
El vallenato cuenta con leyendas, como Pancho Rada, donde se funde la belleza y la sencillez

El nobel colombiano Gabriel García Márquez llegó a advertir sobre la repercusión que este género tendría para su país y más allá de sus fronteras; él definió al vallenatero, ese trovador que por mucho tiempo usó alpargata y sombrero: “Exactamente como el verdadero poeta. Exactamente como los juglares de la mejor estirpe medieval”. Y es que García Márquez siempre amó el vallenato: “…desde que escuché a los primeros acordeoneros de Francisco el Hombre –confiesa en sus memorias¬–, en las fiestas del 20 de julio en Aracataca me empeñé en que mi abuelo me comprara un acordeón, pero mi abuela se nos atravesó con la mojiganga de siempre de que el acordeón era un instrumento de guatacucos”. Y más adelante dice: “En mis tiempos de Aracataca había soñado con la buena vida de ir cantando de feria en feria, con acordeón y buena voz, que siempre me pareció la manera más antigua y feliz de contar un cuento. Si mi madre había renunciado al piano para tener hijos, y mi padre había colgado el violín para poder mantenernos, era apenas justo que el mayor de ellos sentara el buen precedente de morirse de hambre por la música”.

Gabriel García Márquez junto a su entrañable amigo el compositor Rafael Escalona
Gabriel García Márquez junto a su entrañable amigo el compositor Rafael Escalona

Es que el vallenato tiene toda una cosmogonía en su entorno, un mundo de mitos, de duelos, de temas oscuros y de leyendas como la del hombre que venció al diablo tocando acordeón, lo cual lo hace más cautivante aún. Desde los años 50 se hacían festivales importantes de vallenato en casi todos los pueblos de la costa colombiana, organizado por la propia gente, sin la intervención del Estado. Hoy es uno de los un géneros que están en plena efervescencia dentro y fuera de Colombia. Para mal de muchos seguirá estando cada vez más presente.

Los gustos musicales no se perpetúan por decreto, en eso se parecen mucho a las palabras dentro de la lengua: algunas se quedan para siempre en el habla de la gente y otras simplemente se desaparecen.

¿Políticas de Estado para que se escuche un ritmo en particular? Ningún país en América Latina ni en el mal llamado tercer mundo ha invertido tanto como Venezuela en el Sistema de Orquestas Sinfónicas y en Maracaibo jamás las camioneticas pondrán a Mozart ni al camarada Ludwig van.

Después de todo, el único peligro del vallenato es que te bailen las piernas solitas al escucharlo y no tengas pareja cerca.

CMD

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