#VTanálisis Ser negro es estar siempre en riesgo de discriminación

Negros, amarillos, rojos, manchados, las mixturas son peligrosas para el orden de un país que se autoproclama el más incluyente y democrático del mundo: Estados Unidos, donde el rechazo a las diferencias se resuelve con el exterminio.

Eso fue lo que sufrió el afronorteamericano George Floyd. Un policía blanco de Minneapolis, Derek Chauvin, lo detuvo por una transacción sospechosa con un billete de 20 dólares supuestamente falso, y para humillarlo, ya que todos los videos demuestran que no opuso resistencia, le clavó la rodilla izquierda sobre su cuello fornido contra el piso durante ocho minutos y 46 segundos. Más nunca respiró.

Habría pasado como otro caso más, bajo la mesa, de no ser porque varios ciudadanos valientes, jóvenes millennials y una mujer enfurecida que pasaba cerca, desenfundaron sus teléfonos celulares y grabaron la dantesca escena, asombrados por su alto nivel de impunidad, mientras Floyd suplicaba que lo dejaran respirar.

La reacción popular fue inmediata por un hecho singular: en Estados Unidos, un video, mil imágenes, no son suficiente evidencia. Para recordarlo está la grabación en la que cuatro oficiales blancos del Departamento de Policía de Los Ángeles apalearon hasta el hartazgo al joven afro Rodney King en 1991, mientras desde una ventana, George Holliday registraba la escena con su videocámara. Los policías, detenidos luego de que la grabación se difundió a través de un noticiero de televisión, fueron absueltos tras el juicio.

La golpiza al afronorteamericano Rodney King en 1991, fue la evidencia más descarada de la injusticia racial en EE.UU.

En Norteamérica se respira con desfachatez opresiva, los aires del supremacismo que enarbola abiertamente el presidente Donald Trump no solo contra los negros, sino también contra los latinos, los chinos, los árabes, y los migrantes en general.

No es un hecho aislado ni anecdótico: es la expresión palpable de una política de Estado que se ha decantado por los principios fundadores de la América profunda, por y para los americanos, ocultando los alcances del mestizaje.

Como señala Emilia González Avalos, activista por los derechos de los inmigrantes y negros, mexicana e inmigrante en EE.UU. entrevistada por el portal AlbaTV: “Si bien no será una guerra civil con frentes públicos en las calles, se está levantando una serie de ataques supremacistas nacionalistas que no pensamos que van a parar con el apaciguamiento de las calles o con la consolidación de las demandas de la comunidad negra. Se está detonando una nueva era de terror supremacista que actuará cobardemente bajo las sombras y la legalidad de la cuarta enmienda y el cobijo político de la administración trumpista”.

Bajo el lema “I can’t breathe” (no puedo respirar) Norteamérica ha registrado las mayores protestas antirracistas de las últimas décadas, involucrando a varios estados de la unión y generando millonarias pérdidas materiales por algunos brotes violentos que han intentado empañar los dignos reclamos de la población afroamericana, harta de sufrir siglos de leyes discriminatorias, maltratos, inequidad, postergación.

La frase “I can’t breathe” (“no puedo respirar”) se ha convierto en una consigna mundial

El racismo invertido

Las protestas se han extendido por el mundo, donde los países han expuesto públicamente al racista que llevan por dentro. Altamente politizados y dados a la discusión de todos los temas, en Venezuela no hemos dejado escapar el debate y en muchos foros se está visibilizando el racismo y el endorracismo como un problema latente.

Si bien la Revolución Bolivariana y sus políticas incluyentes nos han permitido avanzar en materia legislativa e institucional, al punto de decretar en 2011 la Ley Orgánica Contra la Discriminación Racial y crear el Incodir (Instituto Nacional contra la Discriminación Racial) que depende del Ministerio de Relaciones Interiores, Justicia y Paz, el asunto del racismo está gravemente inscrito en el ADN de nuestros espacios de socialización.

¿Cómo es nuestro racismo? le preguntamos a la activista afrovenezolana Meyby Ugueto-Ponce, investigadora y licenciada en Psicología Social de la Universidad Central de Venezuela:

«El racismo en Venezuela es fundamentalmente velado e institucionalizado; enmascarado y confundido con clasismo e ideologías políticas-partidistas; pero igualmente violento por su fuerza desmoralizante y devastadora de las subjetividades individuales y de comunidades enteras, dada la cotidianidad y siempre jocosa expresión. Los derechos a la educación, salud, alimentación y servicios han sido paulatinamente ganados por la lucha de estas poblaciones, pues la incorporación a la nación de estos ciudadanos ha sido limitada».

Expresiones como “¡negro tenías que ser!”; “yo no me caso con negro porque daño la raza”; “tú no eres tan negra porque tienes el pelo liso y los rasgos finos”, son algunas de las puestas en escena de un mal profundo.

“La fuerza de la ideología del mestizaje —sigue— y la falsa idea de ‘democracia racial’ nos impide verlo. En Venezuela el racismo omite y silencia la especificidad cultural, la irrespeta, lo cual es una forma de aniquilamiento”.

Meyby Ugueto reconoce un racismo velado e institucionalizado en Venezuela

Insiste en que, a pesar de que en Venezuela no se perciben algunas prácticas de aniquilamiento físico como producto del racismo, “sí podemos encontrarlas en nuestra historia. La derogada Ley de Vagos y Maleantes, como resabio de la legislación colonial, es un ejemplo de la operatividad de la ideología racista institucionalizada, la cual sigue permeada por ejemplo en nuestros cuerpos policiales. El asesinato de Orlando Figuera, quemado vivo, no puede ser más elocuente de otra forma de aniquilamiento, esta vez, de la mano del odio de otros compatriotas”.

Meyby, Ph.D en Antropología, egresada del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (2018), ha ejercido su carrera desde la intervención psicosocial, la investigación, la docencia y la danza.

Insiste en que intentar reducir la discusión sobre el racismo en nuestro país, “por ejemplo, a la prohibición de acceso a discotecas del este de Caracas por parte de usuarios afro, es superficial”.

Lo considera una expresión de “racismo invertido”, a tenor de centrar la atención en los discursos que banalizan las inequidades estructurales basadas en la “‘raza” de aquellos que se sienten discriminados.

“Es seguir el juego reaccionario de quienes no aceptan la ampliación y diversificación de la representatividad de la venezolanidad” finaliza.

Marlon Zambrsano/VTActual.com

«Entre el insulto y el Ave María»: medios de comunicación y protestas sociales

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