El rap del coronavirus: quédate en casa, quédate en ca…

Apostemos: ¿A que usted no sabía que su hijo tiene solo 20 piezas dentales? ¿A que no recuerda que esa que pasa a su lado en pantaletas tiene nombre y apellido y no es solo “la señora”, madre de sus hijos? ¿Ni distingue que la mancha en la pared de la cocina no es la aparición del rostro de Cristo sino una filtración que brotó cuando se partió la canilla del fregadero, hace 2 años y medio?

Que levante la mano el que luego de quince días de confinamiento, no se esté llevando las manos a la cabeza y rezando dos padres nuestros y tres avemarías, pidiéndole a las fuerzas del más allá que alguien invente velozmente la vacuna contra el coronavirus.

Y no es que uno no quiera a su familia y no estime la arbitrariedad doméstica de eso que llaman hogar, es que la vida nos había acostumbrado a que ese peligroso territorio era un trance pasajero, un instante de fines de semana y de ocasiones especiales como un reposo médico.

En ninguna de las pesadillas apocalípticas a que nos tiene acostumbrados Hollywood, recrearon jamás la estampa menos taquillera pero más común en millones de casas de todo el mundo en este instante: cinco personas (papá, mamá y los tres muchachos) deslizándose gelatinosos entre las cuatro paredes del encierro, machacando tareas rutinarias y reencontrándose, sin querer, en la mirada expectante.

Qué distancia social ni qué nada

Vayamos a las estadísticas: los psicólogos afirman que la mayoría de los divorcios se producen al regreso de las vacaciones escolares. Hay un momento, durante esos dos meses de arrejuntamiento obligatorio (y eso que no se trata de reclusión absoluta), que las costuras de la pareja se desbaratan y es cuando estallan las grandes verdades: “mi mamá me lo decía”, “yo sabía que eras el peor”, “la verdad es que no sé cómo me enamoré de ti”.

Ahora que la pandemia ocasionada por el elevadísimo nivel de propagación del Covid-19 ha calado en el 98% de los países del mundo, exigiéndonos mantener distancia social para quebrar la cadena de contagio, parece inevitable mantenerse juntos en casa. Cuidando en extremo las medidas de higiene, incursionando en todas las tareas posibles del ámbito laboral, escolar, deportivo, de ocio y entretenimiento, y manejando con mucha “inteligencia” las relaciones interpersonales para evitar el desmadre.

Nuevamente recurramos a las mediciones: al que menos le han llegado insumos a su teléfono inteligente, ha recibido por lo menos 2 millones de videos de rutinas de ejercicios bajo techo de familias absolutamente desconocidas; 328.234 recetas de torta de auyama con pasitas; 745.589 poses de yoga familiar para andar por casa; la canción “Venezuela” desafinada en familia 10 millones de veces; 1.534.244 chistes buenos y de mal gusto repetidos uno y otra vez. Son los embates del encierro.

Eso sí, el estado venezolano ideó rápidamente una estrategia que permitió salvar por lo menos el año escolar. Se trata del programa televisivo Cada familia una escuela que transmiten VTV y otros medios del sistema público, a fin de que el niño y la niña adquieran los rudimentos básicos para su formación.

Lo otro es que, siendo como somos, el venezolano y la venezolana no han dejado de interceptar orientaciones entre los pasillos de la urbanización, en los escondrijos de las escaleras del edificio, a través del eco sordo de las paredes del apartamento con mascarilla y todo. Más bien, hemos “afinado” las tácticas de contrainteligencia vecinal y nos mantenemos informados y al día, sobre todo de rumores infundados que nos dedicamos a difundir alegremente, haciendo fiesta frente a los grandes vacíos de comunicación gracias al aislamiento y la sobresaturación de las redes sociales.

¡Quítamelo de encima que le zampo!

Si bien los sociólogos establecen que los humanos somos por naturaleza gregarios, es decir, nos gusta andar en manadas como las hormigas tejedoras, hay quien afirma que eso pasa solo cuando hemos decidido conscientemente trabajar por objetivos comunes. Es decir, somos sociales por conveniencia, o tal vez por temor, para protegernos de nuestros depredadores naturales. Pero por otro lado, apreciamos nuestra individualidad creativa y emocional, la autorrealización. Dicho por Aristóteles: no somos “ni bestias ni dioses”.

En ese sentido, han surgido al calor del hogar disposiciones marciales para evitar la locura del roce, antes de que nos alcance un gran desgano y la obstinación de las mismas ideas, como a los personajes del cuento Los buques suicidantes de Horacio Quiroga, donde la inercia y el hastío volvían locos a los tripulantes de una embarcación a la deriva que acababan lanzándose por la borda.

Algunas familias, agotadas de la improvisación y la anarquía, establecieron agendas estrictas, con largas listas de tareas y horarios: 8:00 am: desayuno; 10:00 sintonizar VTV para las clases; 11:45 separar a los niños que ya se están golpeando; 2:00 pm comenzar las tareas; 4:00 ejercicios, yoga, rapel en la cocina, trail running en la sala, o lo que salga; 4:55 separar a mamá y papá que ya están que se guindan por las greñas; de 6:00 a 6:30 buscar a papá y a mamá en las esquinas de la casa pues nadie sabe dónde coño se metieron; 7:00 película en familia; 8:45 separar a los niños que otra vez se están matando a coñazos; 11:00 a dormir todo el mundo.

Es hora, parece ser el sino de los tiempos, de redescubrir por qué un día nos enamoramos de esa mujer o ese hombre y cuál fue el atributo que hizo clic en nuestros corazones; por qué decidimos “levantar casa al revés de como vengo caminando” como escribió bellamente Orlando Araujo en Compañero de viaje, y para qué decidimos traer muchachitos a un mundo cada vez más convulso y agotado. Mientras encontramos las respuestas, a lo mejor levantan la cuarentena.

Marlon Zambrano/VTactual.com

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