Algunos poderosos prefieren las sombras

El Club Bilderberg celebró del 7 al 10 de junio su reunión anual y debatieron 12 temas, entre ellos el populismo en Europa, el desafío de la desigualdad, el futuro del trabajo, la inteligencia artificial, el libre comercio y otros temas de política internacional actual como los liderazgos de Rusia y Estados Unidos.

El foro se realizó en Turín, Italia, y como en las anteriores ocasiones también reinó el secretismo y solo se supo que se reunieron en un centro de congresos y que los huéspedes se alojaron en el cercano Hotel Lingotto bajo importantes medidas de seguridad.

El gran nivel de sigilo acerca del grupo nutre la imagen de un gobierno mundial “en la sombra” que, en realidad, es un claro ejemplo de cómo una élite transnacional y cosmopolita dicta a puerta cerrada la agenda de los medios de comunicación y la política.

Entre los 131 participantes (la mayoría de ellos con identidad protegida) asistieron los primeros ministros de Holanda, Bélgica, Serbia y Estonia, así como el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg o el exsecretario de Estado estadounidense Henry Kissinger, así como el secretario de Estado vaticano, Pietro Parolín.

Fundado en 1954 por el estadounidense David Rockefeller, el club Bilderberg funciona según las reglas establecidas por el multimillonario: dos tercios de sus miembros están representados por la Unión Europea, y el resto, por América del Norte.

Las decisiones del club no se someten a votación, ni se publican declaraciones oficiales: cada año se sabe, al menos en términos generales, sobre lo que hablaron, pero no cómo lo hablaron, ni quién dijo qué.


La iniciativa fue claramente parte del esfuerzo atlantista contra la URSS durante la Guerra Fría. Sin embargo, después del colapso de la Unión Soviética, el club continuó existiendo, centrándose ahora en promover las ideas del mercado libre y de la “gobernanza global”.

ER

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