#VTentrevista Pelosi vs Trump: Venezuela en el medio de la batalla final

Solo hay una cosa en común entre el presidente norteamericano, Donald Trump, y la vocera del Partido Demócrata en la Cámara de Representantes del Congreso  – y tercera en la escala del poder político de ese país – Nancy Pelosi: le tienen hambre a Venezuela. La coincidencia se observó el martes en la noche durante el discurso del Estado de la Unión del gobernante, cuando ambos aplaudieron vehementemente al dirigente opositor venezolano Juan Guaidó, que saludó desde la gradería con una reverencia, mientras el hemiciclo abarrotado de demócratas y republicanos le rendía una ovación.

Trump lo presentó como estandarte de sus gestiones para arrinconar al gobierno del presidente Nicolás Maduro, a quien amenazó nuevamente con expulsarlo a la fuerza de la primera magistratura, mientras Pelosi a sus espaldas asentía.

Fue el único gesto de coexistencia: lo demás no representó sino un escenario propicio para que lo simbólico se impusiera a lo verbal, y el mundo observara el desplante machista de Trump que no quiso aceptar la mano extendida de la parlamentaria, a lo que ésta respondió en venganza con un gesto calculado al término del discurso, rompiendo la copia en papel del informe de gestión que el mandatario había entregado formalmente a la jerarca de la cámara baja al iniciar sus palabras.

Trump dejó a Pelosi con la mano extendida

Por un asunto de edades -ella 79, él 73- es posible que estemos presenciando los últimos escarceos de una vieja rencilla que tiene varios hitos y un único desenlace, cuando en noviembre próximo se decida si es un demócrata o un republicano el nuevo emperador de la primera potencia del mundo.

La «venganza» de Pelosi por el desplante de Trump fue romper el informe presentado por éste.

Loca y rabioso

Pelosi, como buena representante del establishment, es rica, blanca y católica, madre de cinco hijos, la mujer electa de mayor rango en la historia de los Estados Unidos. Trabajó duro para ello. Durante más de 30 años ha transitado los pasillos del poder desde que fue electa congresista por primera vez en 1987, hasta que en enero del año pasado se convirtió por segunda vez  – la primera fue de 2007 a 2011 – en Presidenta de la Cámara de Representantes.

Entre sus lances políticos, se enumeran su oposición a la reforma del sistema de Seguridad Social propuesto por George W. Bush durante su segundo mandato. En contraste, fue una de las que se opuso desde la Cámara de Representantes a que se le abriera un proceso de juicio político por el escabroso asunto de las armas de destrucción masiva.

Se le reconocen también su militancia contra la Guerra de Irak, sus batallas en favor de la comunidad LGBTI y del matrimonio entre personas del mismo sexo, y su lucha por la aprobación del programa de salud pública promovido por el presidente Obama.

En Trump consiguió un enemigo contumaz y no le ha temblado el pulso para encararlo. Más allá del impeachment que le abrió en octubre pasado, Pelosi se ha opuesto al mandatario en casi todos los terrenos: desde el cierre de la Administración Federal hasta las acciones militares en Irán.

En una acalorada batalla campal de dimes y diretes, lo más bonito que le ha endosado Trump es el apelativo de “loca”, y ella, como política curtida que no se amilana ante la patanería, ha dudado de su virilidad y le ha pedido que controle sus “rabietas”.

Venezuela en el vórtice

En este escenario de grieta y polarización política, Venezuela tiene un sitial de honor. Las posturas de Trump contra el país suramericano son harto conocidas, cada vez más encendidas y virulentas, avanzando hasta el bloqueo económico y sanciones financieras con un duro impacto sobre la población civil. Coincide, aunque cueste creerlo, con Pelosi, quien en octubre pasado insistió desde Miami en la necesidad de que el Senado apruebe la enmienda que concedería el Estatus de Protección Temporal para los migrantes venezolanos.

 

Esto no debe extrañarnos, advierte el analista internacional Sergio Rodríguez, pues se trata del mismo objetivo: ganar apoyo económico de los millonarios venezolanos en la Florida y sumar votos latinos (sobre todo cubanos) de cara a las próximas elecciones presidenciales, además de mantener más o menos una línea de acción que difícilmente pueda cambiar si varía el color político de quienes controlan al país más rico del mundo.

“En ese marco hay que entender que hay diferencias en algunos casos profundas, sobre todo en cuanto a la política social e impositiva, entre los partidos Demócrata y Republicano, pero en la política exterior ellos coinciden plenamente”.

Rodríguez resalta una diferenciación importante: una cosa es hablar del establishment, y otra es hablar de Trump, que es un outsider y por tanto no tiene las refinaciones propias de la política ni tampoco hace cálculos, sino que piensa en términos empresariales.

“Aquí no hay que esperar, si hay un cambio de gobierno en Estados Unidos sea cual sea, una variación en su política hacia Venezuela. Hubo que esperar 60 años a que llegara un presidente un poco más inteligente como Obama, para darse cuenta de que la política hacia Cuba había sido completamente errónea. Uno tiene que entender que el ADN de ese país es imperial, y eso no tiene que ver con partidos ni líderes. Podría cambiar un poco si llegara Bernie Sanders a la presidencia, pero eso no va a ocurrir”.

Sin embargo, se detiene Rodríguez, cualquier cosa puede pasar si se siguen incrementando las tensiones en el Medio Oriente, tomando en cuenta que en Venezuela hay aún mucho petróleo y empresas norteamericanas. Esa sí que es una razón de peso para los intereses del norte.

Marlon Zambrano/VTactual.com

#VTanálisis Un impeachment para eternizar la impunidad

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