Malojillo y otras hierbas para frenar los achaques

El herbolario popular, visto como una herejía por sectores asociados a la poderosísima industria de la salud, se ha convertido en una opción económica y de rápido acceso para un grueso de la población que encuentra en sus facultades ancestrales, el remedio opcional frente a males de rancia tradición o de nuevo cuño, como el Covid-19.

No por casualidad, ni irresponsabilidad, el presidente Maduro recomendó en días pasados el estudio del médico naturista venezolano Sirio Quintero, que sugería como opción preventiva una receta de antibiótico natural sin demasiados misterios, que la sabiduría popular bautizó como “detox verde”.

Se trata de un menjurje de muy sencilla preparación, con ingredientes tan elementales como el malojillo y el sauco, jengibre, limón, miel y agua, servido como guarapito en pocillo.

Por razones conocidas, la prensa mundial no tardó en ridiculizar las sugerencias del mandatario nacional al catalogarlas de supercherías de un “chamán del tercer mundo”, siguiendo el ritmo de la campaña de la gran prensa tarifada gringa, que sostiene que el sistema de salud venezolano se encuentra desmantelado y las víctimas del coronavirus caen en nuestras calles como moscas, lo cual es estrepitosamente falso.

En una entrega anterior, explicábamos la recomendación pionera del tecnólogo popular Juan Bautista Díaz Rizo, “Juan Puya”, integrante del Ejército Productivo Obrero (EPO),  quien avanzaba un preparado con hojas y flores de trinitaria (bougainvillea), logrando un efecto parecido al Interferón, medicamento de origen cubano cuyo principio activo es aislado químicamente de esa planta, con capacidad de desintegrar la cápside o cobertura externa de cualquier virus respiratorio, y que ha sido usado ampliamente en el combate del coronavirus.

Cada noche en que comparece el Jefe de Estado para actualizar la cifra de contagiados por entidad, el aplacamiento de la curva estadística y los avances del apoyo chino, cubano y ruso que ha logrado erigir al nuestro como uno de los países del orbe más eficientes en el tratamiento de la pandemia, el mandatario cierra, golpe de 8 pm y bajo la supervisión de la Primera Combatiente,  con un chut de malojillo.

¿Cosas de brujos y hippies?

En un pasado más bien remoto, plantas y raíces eran utilizadas por nuestros indígenas como único recurso de sanación. La esclavitud que forzó la migración tortuosa de cientos de miles de seres humanos a nuestro territorio, amplió el espectro a partir de la sabiduría patrimonial de los pueblos africanos que reconfiguraron el mapa de nuestro paisaje mestizo.

Más recientemente, al crecer nuestra capacidad de consumo gracias a los recursos generados por la explotación petrolero, se desechó casi por completo nuestro interés en los insumos naturales, desplazados hacia el anecdotario de la abuela, para darle prioridad a las imposiciones de la oferta farmacéutica, asociada a la burguesía emergente necesitada de cura inmediata para sus males modernos.

En esos días beber un guarapo de malojillo, yantén y toronjil, o un “remedio” casero equis, era rebajarnos a la condición más primaria de la especie humana. El color verde nos deprimía.

Dejó de ser ofensivo e insultante cuando la crisis nos dio en la madre, y nos obligó a voltear, literalmente, hacia la raíz. En medio de la guerra económica volvimos a comprobar que el monte, además de alimentar, salva.

En palabras de Adriana Herrera, militante de iniciativas alimentarias alternativas como La Alpargata y la Feria Conuquera, debemos pensar en nuestras abuelas: “hacer memoria, conectarnos con la materia y ver con ojos nuevos. Deslastrarse de aquello de que lo más caro es lo mejor”.

¿Muy hippie? Quizás. Pero práctico y lógico en medio de la vorágine de precios imposibles y maniobras salvajes del comerciante (formal e informal) que alejan la alimentación y la salud cada vez más de nuestras maltrechas carteras.

La alquimia vegetal

Por ejemplo, cualquier hipertenso padece un calvario en la Venezuela de hoy. Ubicar, y adquirir, un medicamento para tratar este mal crónico tan arraigado en la población actual debido, entre otras causas, a los excesos del consumo de alimentos refinados, puede terminar en frustración, y en los días del coronavirus, ser un detonante mortal.

Sin embargo, un manojo de hojas de guanábana, el malojillo a cierta temperatura, la combinación de ajos y miel, tienen según los facultos, efectos tan poderosos como el Enalapril.

Berta Torres, con los poderes consagrados de la materia vegetal, sabe algo que uno no sabe: “hay que saber dosificar”. No es lo mismo ingerir una pastilla y dejarse llevar por los efluvios artificiales de la química y su ciencia -bajo la directriz de un doctor-, que prepararse un tecito con fe y esperar a ver qué pasa.

Regenta un puestico exuberante en la esquina de Colimodio, cerrado en estos días de cuarentena, cerca de la clínica Luis Razetti. Allí distribuye los montes más buscados, diagnostica males menores, orienta al enfermo sobre ciertas fórmulas magistrales para resolver dolencias, y asiste al hambriento con orientaciones básicas sobre la pira, que se puede preparar de 40 formas distintas, para saciar a cualquiera.

Berta tiene un acopio suficientemente extenso de testimonios de personas que con monte, han sanado todo tipo de dolencias, incluyendo el cáncer.

Aída Luqueño, cocinera por devoción y oficio, encargada de cocinar, investigar y enseñar desde el restaurante Naturlandia, en Los Dos Caminos, nos habla de los orígenes: “Desde tiempos prehispánicos, encontramos en nuestras culturas originarias una alimentación vegetariana. Ejemplos son la famosa y deliciosa arepa y el casabe. Cuando llega la ‘civilización’, es cuando entra de manera brutal la carne y otros alimentos como el trigo, que desplazan a nuestros suministros originarios, a los cuales también se les resta valor, hasta moral, y se sobrevalora a los alimentos europeos, hasta convertirlos en símbolo de status”.

Hábitos asesinos

Una de las trampas de la nostalgia, nos remite a los recuerdos culinarios más barrocos en una Venezuela parcialmente enceguecida por los espejismos: hay quien aún suspira por un trozo de pan rebosante de diablito con mantequilla derretida, remojado en varios zarpazos dentro de un vaso con coca cola chispeante.

Otros, sufren por la añoranza de un plato de espagueti con carne molida, bañado con tres tipos de queso, ralladura de cochino frito, varios chorros de mayonesa, triple salsa de tomate y un batidito “tres en uno” que siempre viene bien para subir las defensas.

Cómo se le iba a ocurrir a nadie, en aquella Venezuela de bonanza embriagante, que un monte molesto por silvestre (la pira) iba a tener mayor valor proteico que la leche y más nutrientes que la soya y el trigo, y que en medio de esta crisis puede alimentar tanto o más que la carne.

“Gran parte de la población ni siquiera la conoce, se perdió la conexión cultural que había con ella debido a la discriminación hacia nuestra cultura madre. Así sucede con las hierbas de uso medicinal, que debemos conocer para usar con responsabilidad, pero que son el principio activo de muchas medicinas químicas” nos puntualiza Aída, de origen mexicano, país cuya variedad gastronómica fue declarada en 2010 patrimonio inmaterial de la humanidad.

Angélica López, quien dirige su puesto “yerbatero” cerca de la estación del Metro de Bellas Artes pero que también reposa debido al confinamiento, nos habla de los poderes milenarios de la cúrcuma, sangría, orégano, fregosa, chaya, verbena, mapurite, yagrumo, suelda con suelda, eucalipto, alelí, verdolaga, cundiamor, romero, indio desnudo, guásimo y el jengibre. A todo mal le encuentra una receta natural.

Como José Pérez, desde los intersticios del mercado de Quinta Crespo, quien con propiedad de internista nos habla de las bondades de la sangría, el “pelo e’ negro”, cadillo pata e’ perro, cola e’ caballo, la penca y la tapara, con facultades milagrosas, como la mano de Dios.

Marlon Zambrano/VTactual.com

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