Tecnología gratuita transforma comunidades en Europa

Ciencia. Ciudadanía. Contaminación. Derechos. Empoderamiento. Todas estas palabras están vinculadas a un proyecto desarrollado en tres ciudades europeas (Barcelona, Ámsterdam, Pristina) cuyo objetivo es lograr que las comunidades mejoren su calidad de vida al convertirse ellas mismas en las impulsoras de nuevas medidas que incidan en su entorno inmediato.

Quien haya visitado alguna ciudad grande, especialmente las realmente grandes, sabrá que uno de los principales problemas es la contaminación en todas sus variantes: del suelo, atmosférica, hídrica, lumínica, sonora. Son condiciones que afectan directamente a la vida misma.

No se le puede llamar vida a mantenerse encapsulado para estar aislado del ruido, de las enfermedades, del exceso de ruido o de luz. Por más cambios que se incorporen a la dieta, en la cotidianidad, llevando una vida saludable, el aire y el agua contaminada siempre generarán efectos adversos en la salud; es como tener músculos “perfectos” con los pulmones carbonizados y la piel metalizada.

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Las comunidades se reúnen para trabajar de manera coordinada, orgánica y horizontal.

 

¿Qué pueden hacer las comunidades?

Para algunos, la solución es irse lejos de la ciudad y sus problemas, pero esto no siempre es posible, a veces tampoco es deseable. Lo verdaderamente ideal es poder elegir o transformar las condiciones del lugar donde deseas y puedes vivir; allí es donde entra en juego el empoderamiento de las comunidades.

¿Cómo empoderarlas? Fácil, brindándoles las herramientas para recabar datos que sustenten sus demandas. De esto se trata Making Sense, un proyecto que busca distribuir tecnologías de código abierto (libres, sin patentes) para que las comunidades construyan sus propios sistemas de medición y sensores, reunir información y mejorar sus entornos. Los impulsores de este experimento social impartieron talleres para que los vecinos aprendieran a construir sus sensores, a recoger la información y a plantear los cambios que necesitaban, todo a través de un kit de herramientas gratuitas.

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Los vecinos aprenden a construir sus propios sensores para recabar información.

Las comunidades participantes de esas tres ciudades lograron impulsar transformaciones en sus entornos con consecuencias positivas para su salud. Un documental recoge todas estas experiencias y demuestra que cuando las personas se unen, se comunican, trabajan de manera orgánica y horizontal, los cambios propuestos son posibles.

Lo más interesante de esta iniciativa es que modifican las reglas del juego de la democracia representativa, que deja de ser eso para tomar forma la democracia protagónica, popular, ciudadana, donde no se debe esperar a que venga un gobierno o un funcionario a resolver los problemas de la comunidad. A veces, nunca llegan o mienten sobre los problemas; en algunas ocasiones por intereses particulares, empresariales; otras, sencillamente por negligencia.

 

Modelo revolucionario pero no único

Existe un paralelismo entre este proyecto y el espíritu de los consejos comunales en Venezuela; se trata de las comunidades empoderadas para transformar sus realidades, sus condiciones de vida. Salvando las diferencias y las distancias, ambas iniciativas se enfocan en generar una revolución social centrándose en lo que es realmente importante: el ser humano y su entorno.

¿Acaso existe algo más revolucionario que la ciudadanía decidiendo qué es lo mejor para ella, para las comunidades, para las futuras generaciones? Es difícil pensar en algo que lo supere. Tal vez, esta propuesta sea el inicio de un proceso que desemboque en las transformaciones que necesitan nuestras sociedades, demasiado “concentradas” en consumir, esperando a que los poderosos se bajen de sus cimas a resolver los problemas de las personas comunes. Ojalá sea pronto, antes de que este sistema económico acabe con nuestro planeta.

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La recopilación de datos sirve para colaborar con las autoridades o para confrontar los datos oficiales.

JA

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