Los hipócritas de Hipócrates

Y en la guerra entre la vida y la muerte, ¿A favor de quién están los médicos venezolanos?

Fue en 2003, cuando el presidente Hugo Chávez creó la Misión Barrio Adentro, un programa social orientado a atender a la población más necesitada en materia de salud. Esa gente en los barrios, sectores rurales y caseríos a los que no era rentable atender, porque no generaban ninguna ganancia, más que el cumplimiento del juramento hipocrático.

Son médicos cubanos, habitando y conviviendo allí, justo en el corazón del pueblo, atendiendo sus necesidades en materia de salud. Pero tal vez, ni el mismo Chávez imaginaba la transformación del monstruo capitalista que habita en la medicina venezolana en los tiempos actuales.

Lo que sigue a continuación, es una crónica de dos semanas que bien resumen lo que ocurre en Venezuela, objeto de una feroz guerra multimodal, en la que el tema de la salud juega un rol determinante.

Crónica de una crónica ambición

Hacía tiempo que ninguno de mis hijos se enfermaba al punto de necesitar atención médica. Jesús, el más pequeño de los tres, comenzó con lo que parecía una gripe estacional, causada tal vez por los 15 grados de temperatura que, para Caracas, es una ola de frío.

Dos días después, ante la persistencia de tos y fiebre, decidimos llevarlo a la Clínica La Arboleda. La pregunta de rigor del personal médico, al ingresar con un niño con 39.5 grados de fiebre, y una tos asfixiante, no es ¿qué tiene el niño?, sino ¿Cuál es su seguro y cuánto cubre?, acto seguido, no comienzan a atender al potencial paciente (¿o debería decir cliente, víctima?), lo que sigue es pasar por admisión, a ver si es verdad que usted tiene seguro y que aguanta el monto de la emergencia. Después de la espera, sí y solo sí, es verídica la información del seguro (después de al menos media hora y hasta más tiempo de espera), proceden a bajarle la fiebre. Tras un simple examen de sangre, sin realizar otro estudio, ni siquiera uno de Rayos X, concluyen que se trata de un proceso viral.

Dos días después y tras conseguir el tratamiento a duras penas, porque no se consiguen ni siquiera los antipiréticos en las farmacias, la fiebre se ha vuelto más agresiva, también la tos, el niño no come, solo pide agua, por lo que decidimos salir de nuevo al calvario de buscar atención médica.

Primera estación: el diagnóstico. Ante la incompetencia e indolencia mostrada en el centro de salud antes mencionado, decidimos comenzar la jornada en el Centro de Diagnóstico Integral Doctor Salvador Allende, parte de la Misión Barrio Adentro fundada por Chávez.

En menos de una hora, el diagnóstico ya estaba listo: Jesús tiene una neumonía muy avanzada. Ese centro no tiene hospitalización pediátrica, por lo que el médico cubano recomienda asistir pronto a un hospital o clínica donde puedan hospitalizar de emergencia al niño que requiere atención médica inmediata, “no se vaya a su casa, a ese niño hay que atenderlo ya”, advierte.

Segunda estación: el calvario. Montados en el carro (por fortuna tenemos carro o la travesía hubiera sido aún más complicada) comienza la discusión de a dónde ir, la Policlínica Metropolitana era la opción más cercana, yo la deseché, porque cinco años antes, frente a la mutilación de una parte del dedo medio de mi hija mayor, nos dimos cuenta de que nos estaban cobrando semanal una importante suma de dinero que no era necesaria por unas supuestas curas. Fuimos a un traumatólogo público, le haló el hilo de sutura y nos dijo que no era necesario que siguiéramos con esas curas, que solo nos estaban quitando dinero.

El padre del niño propone ir al Instituto Diagnóstico, yo opino que no deberíamos ir a ese centro, de los más elitescos, porque al ver que veníamos con exámenes realizados en el CDI, nos iban a rechazar y tenía miedo de que (por razones políticas, como ha pasado con dirigentes del chavismo) haya alguna represalia. Nos fuimos a la Clínica de la Guardia Nacional en El Paraíso, pero varios familiares nos llaman y advierten que, por lo general, los diagnósticos en ese lugar son errados; a un tío con paludismo, le habían diagnosticado dengue y estuvo grave por no recibir el tratamiento adecuado.

Definitivamente decidimos irnos al Instituto Diagnóstico. De entrada, nos recibe la pediatra de emergencia y pregunta qué seguro tenemos, luego de la respuesta, requiere saber la razón de estar ahí. Frente a la respuesta, quiere saber de dónde sacamos ese diagnóstico y mostramos las placas acabadas de hacer al niño, “venimos del CDI de Chuao”. No pudo ocultar la cara de desprecio, hizo a un lado los estudios y dijo: no me interesa ver esto, mejor veamos al niño, lo evalúa. Acto seguido pregunta desde cuándo está en esas condiciones y le hacemos un resumen, que pasa por reiterar que en la clínica La Arboleda se conformaron con un análisis de sangre para decir que su padecimiento era solo un proceso viral. Critica brevemente a sus colegas y accede finalmente a ver la radiografía, con lo que concluye que, efectivamente el niño tiene una neumonía muy fuerte, pero que no lo pueden recibir, pues ahí no tienen neumonólogo.

En el Hospital de Clínicas Caracas, alrededor de las 7 de la noche, no nos dejaron siquiera hablar “no trabajamos con ese seguro”, punto. Nos fuimos al hospital de niños J.M De Los Ríos, recientemente rehabilitado. La emergencia está colapsada, de nuevo una doctora “este niño necesita hospitalización urgente, pero no hay aquí donde tenerlo, tenemos 18 niños con neumonía, no cabe uno más”, le dan remedio para la fiebre, que ya llegaba a 39.6 grados y nos vamos, de nuevo a La Arboleda.

Preguntan otra vez por el seguro y nos mandan a “Admisión”, la joven funcionaria advierte “ese seguro lo aceptamos aquí, pero solo cubre 6 millones y para una hospitalización, se requieren por lo menos 25 millones. Recurro a otro seguro que por fortuna tenemos hace un mes y que es ilimitado, pero llega la pediatra y afirma que aún si el seguro funcionara, no tendrían equipos para atender al bebé. (Al día siguiente, atendieron la neumonía de la madre de una compañera de trabajo)

De inmediato nos comunicamos con el corredor de seguros (si, del seguro ilimitado), quien recomienda la Clínica Vista Alegre donde llegamos alrededor de las 10:30 pm. A pesar de haber llenado todos los formularios y de ser aprobado el ingreso por la aseguradora, el pediatra de guardia, el doctor Pereira, insiste en la pregunta cada cierto tiempo: ¿Desde cuándo tiene fiebre el niño? ¿la tos es seca o húmeda? ¿están seguros que ya tienen clave de admisión? Luego sigue otra ronda, ¿dónde le hicieron estas placas? ¿qué medicamentos le han dado? ¿ya aprobó el ingreso el seguro?.

Finalmente nos ingresan a emergencia, alrededor de las dos de la madrugada nos pasan a una habitación, a las 10 am no habían traído desayuno y llega el doctor, al vernos, se sorprende: “ahhh, si le aprobaron el seguro”.

El calvario aún no termina, la recuperación de mi niño es larga, y la lista de peticiones también “aquí no hay solucet para ponerle los medicamentos, debe comprarlo”, “necesitamos un cd para grabar los rayos X y aquí no hay”, “debe comprar un termómetro”.

Entretanto, el doctor Pereira anuncia que esta tarde vendrá un neumonólogo porque la clínica no tiene, el profesional viene del Instituto Diagnóstico, sí, el mismo donde no nos dieron ingreso porque no había neumonólogo.

Mientras atravesamos el calvario, leo en las noticias que fue capturada y desarticulada una banda delictiva conformada por médicos y enfermeros que sustraían insumos médicos de clínicas y hospitales para revenderlos. El negocio de la muerte parece ser la apuesta de quienes juran, en nombre de Hipócrates, defender la vida.

JS

Artículos relacionados