Le dio su merecido, dejándole el rostro desfigurado

Un titular ilustra claramente la morbosidad que produce la violencia explícita. Es una condición natural, no así la violencia como muchos estudios médico-forenses dicen en los últimos cien años, justificando al sistema de aberraciones humanas donde vivimos. El centro-occidentalismo no solo justifica la violencia sino que la acuña con idioteces como si se tratara de una oda futurista que despersonaliza por ende el hecho social del amor, la fraternidad, lo comunitario y la cohesión.

 

Una relación entre seres que se aman debe ser sana. Es su condición para que perdure, para que sea disfrutable y para que convenga, pues las relaciones humanas se dan por conveniencia, por empatía y por suma; aun cuando estos conceptos parezcan decir dependencia,  interés y ventajismo. En las relaciones sanas de amor, cordialidad y fraternidad nadie merece o amerita, pues se tienen para acrecentar no solo los sentimientos, gustos y necesidades sino que se espera la mejora notable de las metas y los resultados condicionados a los logros.

 

Todo el escandalo alrededor del pornográfico video de – por cierto, y en lo personal, mal llamado – “violencia de género” viene no solo del terror que despiden de manera activa y pasiva sus protagonistas sino de la terrible y enfermiza capacidad que tienen los medios digitales de reiterar la miseria humana sin contemplar juicio ni valor. Es por ello que se banaliza el maltrato y se observa cual espectador en “coso romano” a dos gladiadores que le sirven al capitalismo, dando como resultado un caso más donde no nos moviliza a denunciar, a separarnos de quienes abusan de nosotros, a demostrar que la especie humana ha evolucionado entonces.

 

La religión inculpa, la justicia social condena, los medios extorsionan, los políticos se aprovechan y seguimos creyendo que la violencia es inherente al humano y no al régimen cultural que avalamos. Gobiernos que queman sus responsabilidades en leyes y códigos que no sensibilizan al hecho social. Sociedad enferma por tener la razón desde los pequeños y egoístas montículos de segregación, fanatismo y discriminación produciendo divisiones que estipulen heroicidad.

 

No hay relaciones sanas sobre la base de una sociedad absolutamente moralizada, donde la competitividad es necesaria y donde los parangones de estética y poder sean estipulados por dogmas mediáticos.  Somos corresponsables.

 

El titular de esta reflexión seguirá acá pegado mientras no comprendamos que las relaciones de amor son naturales, prósperas y dinámicas, y que la violencia no tiene género.

 

FC

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