La violencia detrás del Miss Mundo y el Miss Universo

Los certámenes de belleza tal y como nos los han vendido parecen inocentes competencias entre esbeltos cuerpos que desfilan preciosamente vestidos o desvestidos. Y los hemos naturalizado a tal punto que no sorprende que el rango etario de estos eventos sea cada vez menor, pues nuestra cultura nos inculca que todas las niñas quieren ser misses. Pero además de las pícaras maldades que pueden haber entre las candidatas ¿qué se esconde tras las bambalinas de estos magnos eventos?

El brillo que destellan los concursos de belleza termina por encandilar a los espectadores, quienes enceguecidos parecen no darse cuenta de que asisten a una exhibición de cuerpos para medirlos y calificarlos según un canon inalcanzable de belleza: la cosificación de la mujer por excelencia. Cada uno de los rasgos que deben hacer únicos a cada individuo, son contrastados a través de métodos que instrumentalizan la belleza. Los rostros son maquillados, los senos abultados y la cintura empequeñecida, las piernas estiradas y hasta el intelecto es calificado; y gana la que más se acerque a un paradigma de belleza construido con unos fines específicos.

La doctora en ciencias sociales y especialista en estudios de la mujer, Esther Pineda en entrevista exclusiva para VT; puntualiza que los concursos y la mediatización que estos han alcanzado, nos imponen un estereotipo de belleza que se ha fijado en el imaginario colectivo y «han convertido y perpetuado la idea de la mujer como objeto de consumo y disfrute masculino, y por tanto, modificable, descartable y sustituible. Son ellos quienes definen el canon, pero también quienes lo cambian. Cambios que no son casuales, y que están determinados por la industria cosmética, de la cirugía estética, de la moda, entre otras«.

Calzan perfectamente en el tacón de la «violencia estética«; término utilizado para definir la imposición de estereotipos de belleza que además discrimina a quienes no lo poseen así como a quienes lo rechazan. Se trata de una violencia que alcanza también a las espectadoras que inconscientemente terminan en una carrera por alcanzar esos estándares de femineidad.

Pero, ¿qué tanto daño puede hacer asistir a estas multitudinarias exhibiciones de beldad? Pineda enumera al menos cuatro consecuencias de carácter físico y psicológico:

La alteración del estado emocional: depresión, ansiedad, culpa, vergüenza y aislamiento social de las participantes.

El desarrollo natural del cuerpo se ve detenido por la realización de cirugías invasivas a temprana edad.

Trastornos dismórficos corporales y trastornos alimenticios como la bulimia y la anorexia.

La realización de cirugías estéticas infructuosas puede degenerar en deformidades, asimetrías, perforaciones, desfiguración, mutilaciones, infecciones, así como muertes durante o posterior de la realización de procedimientos estéticos.

 

La estudiosa agrega que la naturalidad con la que vemos tal exposición de denigración, «legitima en niñas y mujeres la idea de que su valor depende exclusivamente de como lucen, de cuanto se acerquen o no al canon«.

Así las cosas, lo que parece un inocente espectáculo al que muchas familias contemplan convirtiéndose en jueces y apostadores (como si de una carrera de caballas se tratase) es básicamente la legitimación de una violencia socialmente aceptada tras la cual existe un modelo de negocio cuya mercancía básica es el cuerpo de la mujer.

KPO

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