Gastronauta 129: PANTANO

Por Indira Carpio Olivo

Nacieron en casa de mi abuela. Ella, parteó esa parte de su historia a la que he dado en llamar “a la vida no la vive nadie”. Eran tres. Dos niños, una niña. Los hijos eran de mi abuela, aunque los haya parido su nuera. Su nuera, una mujer de la “mala vida”. Como si siendo otra cosa, aquella mujer hubiese tenido buena vida. Era pobre, del color del pantano llanero. La recuerdo silenciosa, de cabellos cortos y caderas redondeadas. Irma, la nuera, creció en una casa de latas debajo del cielo de Barbacoas. El primero de los niños se parecía a ella, pero de piel clara. Nació con un incipiente bigote, en 1980. Los pelos le hacían peso sobre la palabra. Dos años después, llegó el segundo, una boca de arenas movedizas. La niña nacería inmediato cayeran los primeros mangos del 84. Con las aguas de mayo también se fue Irma a su pedazo de pantano seco, y entonces mi abuela guindó con los frutos del árbol ajeno. No pasó mucho tiempo para que las aguas se enturbiaran. El grande aprendió a matar pajaritos para comer, lo mismo que a monstruos detrás de las palmeras. Después de profesionalizarse en eso de arrancar almas, volvió a Barbacoas y se encontró con Irma. Puso sobre la mesa del bar una faja de billetes (todavía humeantes a sangre caliente) y le pagó por un servicio. En el cuarto, el más grande de sus hijos rompió el silencio. “¿No me reconoces?”, se soltó el cinto del pantalón. Irma incendió sus pupilas y quiso irse, pero esta vez el escapismo no funcionó. Al segundo lo arqueaba el hambre. Aprendió a mover las manos con la rapidez de un mago de buseta. Nadie lo quería, y él no quiso a nadie. La niña se hizo mujer en medio de cuatro hombres. Su padre, mi tío, en principio sólo la tomaba por las noches. Después no importaba la hora, ni el lugar. A ella le avergonzaba que lo hiciera delante nuestro. Nosotras corríamos, nos sosteníamos de los marcos de las puertas, gritábamos. Nadie nunca escuchó. A veces me despiertan las uñas que rasgan de la pared al acero. Cuando la policía hirió y dejó desangrar al primero, Irma sintió alivio. Ese día enterró los billetes con que le pagara su hijo. Mi abuela llora, incluso después de muerta. El segundo entró y salió de sus presidios. Sobrevivió con una bolsa al costado, una coleostomía de por vida. Hace siete meses obtuvo la libertad. A principios de octubre estuvo en el lugar equivocado, esta vez por última vez. En las redadas que hace el gobierno en los barrios pobres, cayó acribillado. Según el informe, portaba un arma. Se batiría contra la policía en plena profilaxis. Ya su padre, mi tío, había muerto en las manos de quien fuera su nuera. El bebé de mi prima todavía tomaba teta cuando la cogieron con las drogas que “muleaba” para el novio en la cárcel, a mitad de año. La semana pasada, al enterarse de la muerte de su segundo hermano, se tiró del segundo piso del Inof. Hoy cumple años el segundo, y todavía Irma no aparece. Yo quiero recordar cuando jugábamos bajo las palmas, frente a la casa de mi abuela y la vida entonces podía respirarse. Pero me cuesta sostener todo lo demás. La literatura puede resultar teatral, pero muchas veces hay más drama en la realidad que en la ficción y alguna ficción me queda como un traje prestado.
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La Organización Mundial de la Salud decretó el 19 de noviembre como el Día Internacional contra el Abuso infantil. Este flagelo se define como el maltrato y la desatención de la que son producto las niñas y los niños, e incluye abuso físico, psicológico, sexual, negligencia, explotación, abandono, poner en peligro su supervivencia, la exposición a la violencia, el hambre, cualquier circunstancia que menoscabe el desarrollo físico y emocional de la infancia. ¿Qué hombre puede salir de un niño violentado, qué mujer de una niña disminuida, qué humanidad? ¿Quién puede escapar de su niñez?

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