La construcción de un dios del fútbol: Diego Armando Maradona

Nada enseña más sobre el deporte, que una cancha enlodada, una pelota rota, unos zapatos que lastiman más de lo que protegen. Sí, entrenar con buenos equipos y en condiciones ideales ayuda a desarrollar jugadores más técnicos, mejor preparados físicamente y hasta mentalmente.

Pero nadie enseña cómo usar el corazón. Y mucho menos cómo amalgamarlo con el dominio de un balón, con la potencia de una pierna zurda golpeando en busca de un gol que te dé el campeonato. Eso que no se aprende, que es instintivo y lo más humano del deporte, es precisamente lo que hace a un dios deportivo.

Hay sus claras excepciones. En el baloncesto se me ocurren dos ejemplos recientes: los Splash Brothers que han guiado a los Golden State Warriors durante un lustro de victorias. Klay Thompson y Stephen Curry, ambos hijos de exjugadores de la NBA, criados entre los lujos que se pueden permitir los deportistas exitosos, tienen tanto corazón invertido en el juego como cualquier jugador de la canchita del barrio. Pero ellos no son la regla.

La regla son los Maradona (no es que haya muchos que podamos comparar con él, ojo). Esos a los que la suerte no los tocó desde que daban sus primeros pasos, pero parecieran estar destinados a lograrlo. Si es que se cree en el destino.

Del potrero a la revancha de un país

Cuando pateaba sus primeros balones en un potrero, en la década de los ’60, Diego no podría imaginarse que la rabia de todo un país encontraría cierto alivio momentáneo por cortesía de sus pies y una pelota.

Pero así fue. Maradona ya era una superestrella del fútbol mundial, había pasado del FC Barcelona del fútbol español al Napoli de Italia, cuando se jugó el mundial de 1986 en México.

Apenas 4 años habían pasado de la guerra entre Inglaterra y Argentina que había costado la vida de cientos de argentinos. Las Islas Malvinas estaban igualmente bajo control inglés, por lo que la derrota era de sangre y de honor.

Un honor que Maradona defendió en la cancha cuando su arte se reflejó en una clara victoria contra la selección de Inglaterra en Cuartos de Final. Con un par de humillaciones, el mejor gol de la historia y el nacimiento de la «mano de dios» de por medio. Todo en un mismo partido.


Para ver el partido completo, lo cual es altamente recomendable, aquí hay una opción.

No en balde se recuerda más este partido que el mismo campeonato obtenidos por los argentinos (Maradona) al frente pocos días después contra Alemania.

«Me cortaron las piernas»

Su despedida de los Mundiales de fútbol no pudo ser más agria. Venían de ganar a Grecia y Nigeria para arrancar la Copa del Mundo de Estados Unidos 1994 cuando una prueba de dopaje «aleatoria» lo condenaría a despedirse antes de tiempo.

La prueba, practicada tras el final del partido ante Nigeria, dio positivo. La respuesta de las autoridades fue una suspensión de 15 meses, aunque la imagen del Diego fue una pérdida mucho mayor. «Me cortaron las piernas», llegó a decir Maradona para resumir en una frase el agravio al que fue sometido por un error.

Muchos lo trataron casi como un criminal, aunque el suceso tuviera una explicación. Más allá de la posición que se decida tener sobre el argumento de Maradona (tomó un medicamento que contenía agentes prohibidos por una equivocación de su médico), lo cierto es que en realidad no era para tanto.

Apenas 5 años más tarde, la recién fundada Agencia Mundial Anti-Dopaje (Wada, por sus siglas en inglés) estudiaría el caso, con una conclusión sorpresiva: la cantidad de las sustancias prohibidas encontradas en su prueba no era suficiente como para considerarlo un acto de dopaje. Un poco tarde, ¿no?

Juan Ibarra

Artículos relacionados