#AnálisisConJota: Por un Feminismo de rosas rojas

La historia de la mujer es la historia de su opresión. Fueron tan heroínas de la revolución francesa como víctimas de la convención. El 8 de marzo de 1917 las mujeres trabajadoras, hartas de la guerra imperialista, el hambre y la miseria participaron activamente en la revolución rusa, la caída del zar y el ascenso de la primera revolución obrera triunfante del planeta. Solo un vil ignorante en procesos históricos o un oportunista malicioso puede desconocer el talante revolucionario de las mujeres.

El año 2020 fue recibido por el fantasma de la lucha de clases en todas partes. El movimiento feminista, de variados colores y formas, sobresalió como uno de sus principales protagonistas. La violencia machista y el encubrimiento estatal están en la mira de casi todas las corrientes. Desde Chile hasta Centroamérica, desde España a Turquía, diversas versiones de “un violador en tu camino” reconocen la culpabilidad del estado burgués, del capitalismo y su hermano bastardo: el patriarcado.

Según la CEPAL 3529 feminicidios se llevaron a cabo en América Latina y el Caribe durante 2018. Hasta el 9 de enero del 2020 se contabiliza uno por día en Venezuela. Por otro lado, la intensificación de la explotación después de la crisis del 2008, la precariedad laboral y la cada vez mayor “feminización” del trabajo imprime un carácter de clase a la nueva situación.

No todo feminismo es revolucionario o reaccionario por naturaleza. Hay matices. Debemos partir del hecho de que hay feminismos de feminismos, que, aunque ciertas demandas comunes y de corto plazo puedan unificar a las mujeres; otras demandas a largo plazo las obligará a marchar en direcciones diferentes, incluso opuestas. Esto no reside en diferencias ideológicas como cree el filisteo, pues en última instancia la batalla de las ideas es una manifestación de lo que subyace en el fondo: Las diferencias de clase y el dilema del millón:

¿Exigir una mayor cuota en la obtención de privilegios individuales dentro de la sociedad capitalista (Participación en parlamentos y juntas directivas, por ejemplo, sin mayor cambio en las estructuras económicas) o tomar el camino de la revolución social? Lo segundo implicaría cambios dirigidos a la verdadera raíz del problema: La opresión de una minoría de propietarios sobre la mayoría trabajadora.

El feminismo de corte liberal es una trampa. En el Capitalismo los privilegios y beneficios son obtenidos de manera individual por el trabajo no pagado. Cualquier reforma en materia de igualdad de género dentro de los márgenes de este sistema solo podría beneficiar a un reducido número de mujeres: No se ataca la desigualdad, ni mucho menos la explotación.

Las causas objetivas de la opresión de la mujer

Desde hace mucho “las disposiciones innatas” en el ser humano han sido descartadas por la ciencia. De tal manera que la violencia machista no es el resultado de alguna naturaleza opresora existente en el hombre, como es afirmado por algunas corrientes genetistas del feminismo. Son determinaciones sociales, condiciones históricas generales y económicas en particular lo que han forjado las cadenas de opresión de género: el patriarcado, la familia y su división del trabajo interna, así como la moral y la religión. Todas estas categorías son productos históricos (por lo tanto, superables) de cada etapa del desarrollo de la humanidad

Hay muchísimas teorías antropológicas sobre el origen del patriarcado.  Sin embargo, la formulada por Alexandra Kollontai es de singular importancia. Para ella no hay grandes diferencias físicas entre el hombre y la mujer de la sociedad primitiva, cumpliendo ambos las mismas funciones para subsistir. De hecho, en la sociedad agrícola temprana, a diferencia de las pastoriles, las mujeres llegaron a ocupar un puesto privilegiado.  Kollontai consideraba que el origen de la mujer oprimida se encuentra en su marginación del trabajo productivo social, desplazamiento generado por la división del trabajo y el surgimiento de la sociedad de clases.

La sociedad de clases fue posible por la existencia de un excedente productivo que permitió que una parte minoritaria de la comunidad viviera del trabajo de otros. Así nacería la desigualdad, los privilegios y los estados encargados de proteger la propiedad privada.

En la medida en que surgían nuevas ramas de la producción, como la alfarería o la metalurgia, el hombre ocupó los puestos claves del proceso productivo, confinando a la mujer a las obligaciones de la familia patriarcal. De esta manera el esposo mantenía a su familia con sus ingresos, mientras “su mujer”, completamente dependiente y sin voluntad, se ocupa de los quehaceres y la crianza de los hijos. Tal unión, cuya finalidad es la protección de la propiedad privada, cambiará de forma en cada modo de producción, siendo santificada por las tradiciones, la moralidad y la religión dominante. Una vez que el capitalismo convierte a la familia en una “unidad de consumo” y comienza el trabajo asalariado de la mujer se inicia la descomposición de la familia tradicional.

En la sociedad de clases la mujer es una proveedora de herederos. En la era de la propiedad privada el matrimonio y la familia se fundan en las siguientes consideraciones: 1. Materiales y financieras 2. Dependencia económica del sexo femenino 3. La necesidad de cuidar a la nueva generación. Ninguna de estas consideraciones son valores útiles para la economía nacional.

La igualdad social y los derechos políticos

Antes de la I guerra mundial en los principales países capitalistas de occidente, como E.E.U.U., Francia, Gran Bretaña y Alemania, el voto no era un derecho concebido para la mujer. Sin embargo, las duras condiciones del capitalismo a finales del siglo XIX empujó a que más mujeres buscaran vender su fuerza de trabajo, sean de oficinistas, maestras, trabajadoras domésticas u obreras.  Con el advenimiento de la gran guerra y el desplazamiento de hombres al frente de batalla, numerosas mujeres pasaron a ocupar los puestos de trabajo abandonados por sus compañeros, entre ellos la industria de la guerra.

La reintroducción en el proceso productivo social no solo era el primer paso hacia la independencia económica de la mujer, sino también el umbral de las movilizaciones que demandarían mayor participación en la política nacional. Tanto en Europa como América se escuchan las voces estridentes de Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo, Alexandra Kollontai, entre otras. Exigían el derecho al voto, la elección de mujeres para el parlamento y la lucha por el socialismo. Poco a poco el movimiento se iría radicalizando.

Fue en la II conferencia Internacional de mujeres socialistas (1910) donde Clara Zetkin propuso organizar un día internacional de la mujer trabajadora.  Al año siguiente, el 19 de marzo de 1911 fue el primer día internacional de la mujer trabajadora.

Los avances más formidables del siglo XX en materia de igualdad de género se impulsaron en la naciente república soviética; el primer país del mundo donde una mujer ocupó un alto cargo público, se simplificaría el divorcio civil, se despenalizaría el aborto (1920), se creará toda una legislación para proteger la maternidad, se penalizaría a los proxenetas, se difundirían las guarderías públicas y hasta enviarían al espacio a la primera mujer cosmonauta de la humanidad: Valentina Tereshkova (1963). Estamos hablando de un país donde la legalidad zarista permitía que el hombre agrediera a su mujer, en muchos casos los excesos de esta violencia terminaban en feminicidios impunes.

La caída de la URSS y la crisis orgánica del capitalismo han significado toda clase de retrocesos y ataques contra las mujeres de hoy. La desigualdad en los ingresos, la violencia machista, el conservadurismo religioso, la discriminación racial o la xenofobia, son duras lacras que continúa oprimiéndola con brutalidad. La lucha de la mujer por su emancipación retoma su vigencia y fuerza. Pero no será en las propuestas individuales del feminismo liberal donde encuentre la resolución definitiva a sus problemas

A pesar del espíritu profundamente conservador del Estalinismo, la economía planificada soviética logró conquistas sin precedentes en materia de igualdad de género, por ejemplo: Las embarazadas gozaban de 112 días de permisos remunerados por natalidad. En los años 70 ocuparon el 40% de los estudiantes a educación superior.  El número de mujeres con doctorados en ciencias alcanzó 5.600 millones en 1984. La Atención prescolar   pasó de 500.000 guarderías públicas en 1960 a 5.000.000 en 1971.

La mujer jamás se podrá liberar del yugo doméstico y laboral sin operar trasformaciones en las condiciones económicas y materiales que determinan su opresión. Esto no desacredita de ninguna manera las luchas reivindicativas. Cada nueva conquista es un paso importante para su emancipación: La aprobación del aborto, la igualdad de ingresos, el derecho a sindicalizarse y a ser escogidas para cargos públicos, la liberación y educación sexual, entre otros temas deben ser respaldadas al unísono por todos los movimientos populares del mundo.

La violencia nunca ha sido culpa de las mujeres, ni como vestían, ni donde andaban. Tampoco por ser negras, inmigrantes, indígenas, proletarias o campesinas. El problema se llama capitalismo y su naturaleza explotadora, donde la desigualdad es una condición básica. Este sistema jamás podrá ser derrotado si hombres y mujeres marchan por separado. Lo que encontrarán en sus caminos respectivos será dolor y sufrimiento. En cambio, sí golpean juntos tiene todo un mundo por conquistar, unas relaciones humanas mucho más diáfanas que construir, sin fríos cálculos materiales o financieros. Un mundo para desplegar hasta el infinito todas las capacidades potenciales del ser humano.

“Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres» Rosa Luxemburgo

JJDíaz/VTactual.com

La trampa del Hembrismo

 

 

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