Experimentos, tipo Stranger Things, han hecho que CIA supere la ficción

La última semana de octubre de este año, el gigante del streaming Netflix sacó a la luz pública la tan esperada segunda temporada de Stranger Things: un thriller ambientado en los 80 y protagonizado por una pandilla de preadolescentes que se enfrentan fuerzas oscuras. Pero tras los aterradores monstruos con los que luchan, se encuentra un espeluznante experimento de la CIA.

Como ya sabrán los seguidores de la historia, la trama gira en torno a un grupo de chicos que están tras la pista de uno de sus amigos que desaparece misteriosamente justo cuando una chica aparece en la ciudad. La niña llega a la historia para ayudar a rescatar al desaparecido, pero todo se comienza a volver  inquietante cuando descubren que ella tiene poderes telequinéticos. Pero ¿qué oculta la historia de esta niña?

El nombre del personaje es El (diminutivo de Eleven) por el número once que la chica lleva tatuado en una de sus muñecas. A medida que se desarrolla el argumento, los directores van develando el origen de esta perturbada jovencita. Resulta que Eleven estuvo toda su vida encerrada en un laboratorio y aislada de cualquier contacto humano empático, más allá del que tenía con el líder de la investigación que la forzaba a someterse a duras pruebas que rayaban en la tortura.

Dichas pruebas son comparadas con las que se realizaban en el programa MK Ultra que llevó adelanta la CIA entre los años 1950 y 1953 cuando pasó a ser un proyecto que operaba de manera ilegal y que realizaba experimentos en ciudadanos estadounidenses y canadienses.  Las pruebas estaban  destinadas a identificar y desarrollar nuevos procedimientos y sustancias para usarlos en interrogatorios y torturas, con el fin de debilitar al individuo y forzarlo a confesar a partir de técnicas de control mental.

Algunos métodos utilizados  para alterar las funciones cerebrales incluyeron drogas como el LSD, hipnosis, privación sensorial, aislamiento y hasta abusos sexuales. En el programa participaron universidades y hospitales de todo EEUU junto a empresas médicas y farmacéuticas.

En el marco de la paranoia comunista de la Guerra Fría, la CIA gastó decenas de millones de dólares en este proyecto que se realizaba en conjunto con el cuerpo químico de operaciones especiales del ejército; así lo reveló un conjunto de documentos desclasificados en 1977 tras a una investigación emprendida por el senado.

Gracias al testimonio de cientos de enfermos, prostitutas y prisioneros que participaron contra su voluntad es este programa, hoy se sabe que el gobierno norteamericano autorizó esta macabra iniciativa que hoy inspira historias de terror.

KP

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