Ellas escribieron para sanar IV

Por Indira Carpio Olivo

Más allá de la discusión sobre si esto o aquello es literatura femenina (dizque literatura menor ¡bah!), y si ella es parte de la literatura universal, las mujeres manejamos códigos propios, un lenguaje diferenciador, y no por eso dejamos de formar y hacer parte de la historia de la palabra, historia que nos distancia de nuestra animalidad. Hemos establecido un camino, muchas veces paralelo a la oficialidad, necesariamente paralelo a la oficialidad. Nuestros libros son el reflejo de la historia de nuestros cuerpos, y aunque han sido diversos en sí mismos, las mujeres hemos escrito un único poema. Al decir de Virginia Woolf en Una habitación propia (1929), «los libros se continúan unos a otros, a pesar de nuestro hábito de juzgarlos separadamente. Y debo considerarla -a esa mujer desconocida- como descendiente de todas aquellas mujeres sobre cuya vida he echado una breve ojeada y ver cuáles de sus características y de las restricciones que le fueron impuestas ha heredado”. El “estilo” femenino ha sido señalado de “florido” cuando ha sido campo lleno de espinas. Es decir, no ha dejado de ser flor, pero en qué se convierte cuando aguijonea. No hay novela sin cuerpo, el cuerpo de la que escribe es su novela. Todos sus muertos le pertenecen, todos están constelados por lo que dijo y lo que no. Son rastros de sangre los dedos amarillentos, manchados, anémicos.
La primera mujer que escribió un texto poético del que se tenga constancia en Venezuela fue una monja, Sor María de los Ángeles, cuyo verdadero nombre era María Josefa de la Paz y Castillo. Su poema, Anhelo, es el único de una mujer venezolana en el siglo XVIII. Julio Calcaño lo recopilaba en El Parnaso Venezolano (1892). La religiosa nació en Baruta en 1765 y hay noticias de su vida en 1812 cuando escribiese El Terremoto. Después de ella, la correspondencia de las mujeres víctimas de las guerras por la independencia dan cuenta de la palabra escrita, pero el silencio en relación al pensamiento femenino es un síntoma de toda época. Anhelo tiene -al menos- 230 años y es el testimonio de que Sor María recurría a la poesía para expresar sus congojas (hablar-escribir es sanar):

Es mi gloria mi esperanza,
es mi vida mi tormento,
pues muero de lo que vivo
y vivo de lo que espero.
Espero gozar mi vida
en la muerte que padezco,
y en cada instante que vivo
un siglo forma de deseos.
Deseo morirme y, cuando
efecto juzgo mi afecto,
la muerte traidora huye
para dejarme muriendo.
Muriendo vivo y me aqueja
el dolor de no haber muerto,
que, ausente del bien que adoro,
ni salud ni vida quiero
Quiero en las aras del amor
sacrificar mis alientos,
y como el vital no rindo,
por rendirlo desfallezco.
Desfallezco, gimo, lloro,
y, triste como tórtola, peno,
siendo tristes mis arrullos
índices de mi tormento.
Tormento que me reduce
a llegar a tal extremo,
que, sin admitir alivio,
lágrimas son mi sustento.

Después de la monja, las mujeres hermanas, esposas, madres, escribieron poemas laudatorios de las gestas emancipadoras, reflejando el doble del tamaño del macho criollo en el espejo del que nos hablara Woolf en la obra antes citada. Poco a poco se introduciría el tema de género en el epistolario, en la novela y en la poesía, abandonando la prosa histórica y adentrándose de nuevo en el femenino excluido, discriminado, sumergido. Digamos que las pocas referencias literarias de las mujeres venezolanas que dejaron huella en la historia decimonónica son en sí sanadoras. Se dice que el anonimato encubrió la firma de las mujeres en muchas obras.
Pero llegado el siglo XX, tres mujeres irrumpen en la literatura: Enriqueta Arvelo Larriva, Teresa de la Parra y María Calcaño. Escriben “porque quieren”, al decir de Pantin y Torres en el Hilo de la voz (2003: 53), o porque como María Eugenia en Ifigenia, se fastidiaban.

ENRIQUETA ARVELO LARRIVA, escritora barinesa

Enriqueta, tienes que hacerte la interesante, porque las bonitas son tus hermanas”, dizque dijo la abuela Florinda a la poeta del piedemonte barinés, Enriqueta Arvelo Larriva. Y, se hizo la interesante. Podría decirse que fue la escritora que introdujo la modernidad en la poesía venezolana, rompiendo con la métrica y haciendo uso de otras formas del decir, ejerciendo el verso libre.
Arvelo Larriva fue criada para cuidar de su padre y también de su hermana. Cuando murieron ambos la contradicción se hizo de su voz: “Gracias a los que se fueron a buscar fuego para sus cigarrillos/ y me dejaron sola,/ enredada en los soles pequeños de una sombra olorosa”. Abandonada en el bosque que era el hermano, Alfredo Arvelo, considerado el representante más importante de la poesía nativista. Abandonada a los siete años por la madre muerta, abandonada por el padre, por la hermana, por el prometido, abandonada por ella misma, en el llano apartada, Enriqueta se refugió en la palabra y aunque no publicó sino hasta alcanzar los 53 años, encontró su propia voz y dijo como dicen las bocas de agua:

Toda la mañana ha hablado el viento
una lengua extraordinaria.
He ido hoy en el viento.
Estremecí los árboles.
Hice pliegues en el río.
Alboroté la arena.
Entré por las más finas rendijas.
Y soné largamente en los alambres.
Antes —¿recuerdas?—
pasaba pálida por la orilla del viento. Y aplaudías.

Era Arvelo Larriva mujer, provinciana, opuesta al régimen gomecista, negada a una feminidad que se le niega, “un silencio hierático de una zona inhibida”, al decir de Márgara Russotto, en Bárbaras e ilustradas (1997: 41), una zona de “nubosidades”: “Me viví sin memoria y pensamiento. / Sin un gozo, ni un sueño, ni una pena. / ¿Fue en vano ese pararse de mi hélice? / (…) / ¿Seré mañana un árbol descubierto?”.
Juliana Boersner, en Modernidad y escritura femenina en Venezuela, descifra la superficie de Enriqueta. “Recuerdan de ella una voz ronca y una postura inclinada, casi jorobada, más cercana al anti-héroe de Notre Dame que a las sílfides princesas de los castillos nórdicos de Europa, imagen que alimenta la mitología de su fealdad desmentida por algunos de sus conocidos”.
Algunos críticos establecen paralelismos entre la venezolana y Emily Dickison, por el ascetismo al que se «sometieron», un aislamiento para poder establecer su obra poética.
¿Dónde estaba la madre de Enriqueta? ¿Dónde estaba ella como madre? Hizo en falta sus frutos, a través de sus poemas. ¿Dónde estaba el cuerpo que sostenía sus manos? “Amaba a mi madre, / más a veces ella era para mí / sólo una palidez nimbada. / Mi padre, no. / Mi padre fue siempre el hombre, verdadero, / fuerte, erguido, sin aureola”. Ante la ausencia de la madre, Enriqueta izó el gen patriarcal: “ensayar con calor las espuelas del hombre / y montar su caballo con el temor sujeto”. El aislamiento en Barinitas habían configurado en ella pobreza y ceguera (¿acaso lo mismo?) de su llano: “A veces tengo miedo…. / No de la tiniebla inmediata, / sino de que se apague mi faro lejano”.
Enriqueta Arvelo Larriva escribió para poder ser, para vivir.

TERESA DE LA PARRA, escritora franco-venezolana

Ana Teresa Parra Sanoja, conocida como Teresa de la Parra se zafó de la épica independentista y triunfal de la que había mamado, pudiendo escribir desde el yo femenino y para los feminismos (el de ella autoproclamado “moderado”), obras que inauguran un mirar desde el yo mujer, desde el nosotras.
En una de sus tres conferencias, intituladas Influencia de las mujeres en la formación del alma americana, de la Parra deja clara su visión sobre la mujer moderna:

“La crisis por las que atraviesan hoy las mujeres no se cura predicando la sumisión y la sumisión, como se hacía en los tiempos en que la vida mansa podía encerrarse toda dentro de las puertas de la casa. La vida actual, la del automóvil conducido por su dueña, la del micrófono junto a la cama, la de la prensa y la de los viajes no respeta puertas cerradas. Como el radio, que tan exactamente la simboliza, atraviesa las paredes, y quieras que no, se hace oír y se mezcla a la vida del hogar. Para que la mujer sea fuerte, sana y verdaderamente limpia de hipocresía, no se la debe sojuzgar frente a la nueva vida, al contrario, debe ser libre ante sí misma, consciente de los peligros y de las responsabilidades, útil a la sociedad aunque no sea madre de familia, e independiente pecuniariamente por su trabajo y su colaboración junto al hombre, ni dueño ni enemigo, ni candidato explotable sino compañero y amigo”.

Teresa veía a Venezuela en la decadencia, en el aburrimiento, a buena parte del país viviendo en la colonia, aun. Escribía porque se aburría como en la protagonista de Ifigenia, su primera novela. En las conferencias en Bogotá, dilucidó la causa por la que empuñó la pluma…

“debo decir que casi toda mi infancia fue colonial y que la necesidad de reaccionar contra ella en una edad en que todos somos revolucionarios, tanto por el espíritu de justicia como por espíritu de petulancia, fue la causa que me inspiró a escribir”.

La crítica literaria y escritora argentina Sylvia Molloy, después de estudiar la obra de Teresa de la Parra, asegura que la escritora fue homosexual y que en las novelas, los cuentos, y sus manifestaciones públicas hay señales que lo indican: “la amistad apasionada entre mujeres, la necesidad de exiliarse de una sociedad donde uno no cabe, la estulticia de la burguesía caraqueña, el sacrificio individual en nombre de un deber de clase, y siempre, por encima de todo, la insinuación de un secreto que nunca se revela”.
La escritora y profesora Gisela Kosak Rovero enumera las razones que hacían que Teresa de la Parra encarnara la modernidad en la Venezuela todavía provincial: “los riesgos de la libertad estética, el individualismo vanguardista de no parecerse a nadie, la fulgurante intuición de que las ensoñaciones del progreso tenían mucho de formalidad y fruslería, la voluntad de vivir su vida a su estilo sin hombre que la protegiese. No deja de ser una ironía que los restos mortales de tan peculiar mujer –aristocrática al estilo de Oscar Wilde, homosexual como él- reposen en el Panteón Nacional junto con Simón Bolívar y otras figuras del duro y varonil procerato venezolano”. La Teresa “luzardiana” en la Venezuela “bárbara”: civilización y barbarie, la dicotomía en la que nacía su obra y la de Gallegos.
Ana María Caula recuerda que la crítica define a de la Parra como reaccionaria, por haberse relacionado con el gobierno de Juan Vicente Gómez y ciertos conceptos en los que ubica a los personajes de su obra. Aun así, la necesidad de expresar su marginalidad como mujer y su disconformidad con la heteronormatividad, la colocan del lado de las minorías, atizando una paradoja de la que -todavía hoy- no ha podido salir.
Teresa escribía para describirse, para amar en claves, para armar en claves, a la intemperie de una sociedad que la negaba o la ensalzaba de acuerdo a la necesidad de poseer o no una mujer que escribiese, que pensase, que adelantara el tiempo como un reloj de cuerda sin resortes.

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