El Capitalismo en su laberinto: los negros nubarrones de la economía mundial

Por J.J. Diaz

El fantasma de una nueva recesión mundial atormenta las perspectivas de la élite global. Con el aumento de la rentabilidad de los bonos a corto plazo la llamada “curva de rendimiento” se ha invertido. Este indicador bursátil fue un precedente en las últimas 6 recesiones. La desconfianza de los inversores ahora es latente, al igual que los meses previos de la recesión del 2007-2008, se encienden las alarmas de los principales centros financieros y monetarios del mundo capitalista. El ambiente macroeconómico es tan pesimista como prudente: El FMI redujo las previsiones del crecimiento mundial de este año en un 3,2%. Mientras tanto prominentes economistas norteamericanos advierten de una posible recesión económica para los años 2020 o 2021. Sobre las ideas del “Fin de la historia” y “el triunfo definitivo del capitalismo” de la era postsoviética solo quedan polvos y ruinas. En este punto, como bien afirma Alan Woods, el problema no es predecir la crisis mundial, sino saber cuándo y en qué momento sucederá nuevamente.

La burguesía fue en sus orígenes esencialmente globalizadora. Hoy por hoy todos los estados y las economías del mundo se encuentran interconectadas e interrelacionadas. Estas conexiones globales reafirman que el capitalismo ha cumplido una de sus tareas históricas más importantes:  desarrollar el mercado mundial y enlazar al mundo en una formidable división internacional del trabajo. Debido a este significativo progreso lo que suceda en los principales centros industriales y financieros de nuestro planeta se sentirá con mayor intensidad en la periferia subdesarrollada.

La dinámica de una crisis en cualquiera de las potencias mundiales tendría impactos negativos en los 4 ejes cardinales del planeta, desatando la caja de Pandora. Los eslabones débiles están por doquier: Las guerras comerciales entre China y Estados Unidos, un Brexit duro contra la Unión Europea, el proteccionismo y las decisiones unilaterales, el endeudamiento masivo y la inflación pueden conducir a la humanidad a una gran depresión económica. El próximo período estará marcado por una agudización de los conflictos geopolíticos, situaciones revolucionarias y aumento de la lucha de clases. Estos episodios pondrán sobre la mesa el cuestionamiento de todo el orden mundial existente, desatando tendencias políticas hacia todas las direcciones.

El Laberinto sin salida de la élite global

Después de la crisis del 2007-2008 todos los intentos por corregir los desequilibrios macroeconómicos en el marco de la economía de mercado terminaron por crear nuevos desequilibrios en las esferas de la política mundial. Las tensiones geopolíticas, el rechazo a los recortes, el aumento de las desigualdades, el surgimiento de tendencias políticas extremas, el fundamentalismo y las guerras civiles fueron sembrándose por doquier. Esta situación combinada con las continuas emisiones de derivados financieros y endeudamiento masivo, la falta de inversiones en la economía real y la caída sostenida de la productividad aumentan los puntos vulnerables de todo el sistema.

Sobre la superficie todo parece marchar muy bien para la administración de Trump o por lo menos aprovechan muy bien los méritos de la administración anterior. La nación norteamericana registra una recuperación sostenida en los últimos cinco años; cosechando un record de 123 meses de buen desempeño.   Tan solo en el primer trimestre del 2019 el crecimiento interanual del PIB fue de 3,1%. En 107 meses consecutivos se han creado nuevos puestos de trabajo, alcanzando en agosto una tasa de desempleo del 3.7% de la población Económicamente activa.  Se Estima que desde el 2016 se han creado 23,7 millones de empleos.  Sin embargo, hay motivos más que suficientes para suponer que esta recuperación es de carácter coyuntural. En agosto el índice de PMI del sector manufacturero norteamericano se ubicó en 49,1 % suponiendo la primera contracción del sector desde el año 2016. Esto marca el fin de la expansión sostenida de este sector en los últimos 35 meses. Los ciclos de boom y recesión se encuentran delimitados por líneas muy delgadas.  Actualmente hay signos de desaceleración en China y Europa, mientras que las previsiones de beneficios se acortan con la imposición de nuevos aranceles y disputas comerciales.

Uno de los rasgos más característicos de los tiempos modernos, por muy contradictorio que sean, es el reforzamiento del proteccionismo económico en dos de los paladines fundamentales del liberalismo y la economía de mercado: Estados Unidos y Gran Bretaña. Desde el inicio de la era Trump, EEUU ha impuesto varios aranceles a la potente economía China. Hoy por hoy el comercio mundial depende mucho de China, pero a la vez este país asiático depende de sus exportaciones. Las caídas de la demanda de productos manufacturados  crearon una situación de sobreproducción que rebajaría su crecimiento a un 6,5% (Cabe destacar que el mínimo de crecimiento adecuado relacionado a su crecimiento poblacional es del 8%). Esto puede tener profunda implicación para la economía mundial. Las revueltas en Hong Kong, el tercer centro financiero de mayor importancia en el planeta, pintan mucho más turbio el panorama.

El proteccionismo y aislamiento de Trump no solo debe entenderse como un empecinamiento contra china. Cada cosa tiene una razón subyacente. Incluso los líderes europeos son vilipendiados una y otra vez por el actual huésped de la casa blanca. De esta menara los aranceles también son disparados contra la economía europea. EEUU impuso aranceles de hasta 10 y 25 % en el aluminio y acero europeo.  La empresa  AIRBUS, tan atacada por Trump a favor de las empresas aeronáuticas norteamericanas, sufrió una caída en la bolsa de París de un 3,35% luego que la OMC fallara en su contra por un litigio de subsidios ilegales entregados por Europa.  También se impuso un 20% de aranceles, por ahora congelados, para vehículos de fabricación europea. Trump es un continuador de la agresiva política imperialista norteamericana, pero sin máscaras ni sutilezas de apariencia democráticas: Le importa un comino las entidades multilaterales como la OTAN y la ONU, para él lo más importante es Make America Great Again”, a expensas del mundo entero. Es en este punto subyacente, de luchas inter-imperialistas por la hegemonía, donde se concentra la esencia de todo el asunto.  

Por su parte los tres principales estados de Europa; Alemania, Francia y Gran Bretaña, se encuentran en sus propios atolladeros. La principal economía del viejo mundo, Alemania, se enfrenta a una desaceleración económica con implicaciones profundas en el resto de Europa. Su PIB bajo en un 0,1% en el segundo trimestre del año. Sus dos partidos dominantes, la socialdemocracia y los democratacristianos enfrentan sus propias crisis internas. Por otro lado, Boris Johnson amenaza con un Brexit duro para finales de octubre, “caiga quien caiga”. Con hechos de este calibre el sueño unitario de la unión europea sobre bases liberales se desintegra día tras día, amenazando con volverse una amarga pesadilla.

El aumento de las sanciones americanas y la amenaza de un conflicto militar abierto con Irán es otro asunto candente en la situación global. Estados unidos acaba de movilizar tropas a Arabia Saudita en amenaza directa contra la república islámica de Irán. La intensificación de este conflicto podría provocar el cierre del Estrecho de Ormuz por parte de Irán. Casi el 20% del petróleo del mundo y el 35% del comercializado por mar pasa por este estratégico estrecho. De efectuarse el cierre provocaría un rápido aumento de los precios internacionales del petróleo, agravando la situación económica para occidente y aumentando los peligros de recesión. 

Por último, las situaciones en los índices bursátiles de Wall Street no pintan nada bien y refuerzas la idea de que la economía no marcha por buen camino. El miércoles 14 de agosto el Dow Jones , el principal índice bursátil de los estados unidos, cayó un 3% . De igual forma el S&P 500, el índice más importante del mercado estadounidense, cayó 2,9%. Junto a estos el Nasdaq también cayó por el orden del 3%. Por otro lado, el temor de los inversionistas ante las perspectivas económicas y la incertidumbre se revelan en la cotización y revaloración del oro. Dicha revalorización es un reflejo de la migración constante de grandes inversiones hacia un activo de refugio en un momento donde prevalece el miedo a las perdidas.

Las lecciones del 2008: Una crisis orgánica

Después de la II guerra Mundial se constituyó un orden mundial que florecía con buenas tasas de crecimiento económico. Esta etapa sería conocida como la edad de oro o los 30 años gloriosos de expansión. En gran medida tal recuperación fue posible gracias a la destrucción de fuerzas productivas que tuvo lugar durante la confrontación bélica. La reconstrucción de Europa y Japón contribuyó fuertemente al renacer del capitalismo. Pero alrededor de los años 70 las cosas comenzaron a cambiar tras continuas recesiones y estallidos bursátiles.

En 2007 lo sagrado empezaba a volverse profano. Con la explosión de la burbuja inmobiliaria de las hipotecas Subprime se inauguró un clima de pánico, restricciones interbancarias, insolvencia de pagos, sobreoferta inmobiliaria y desahucios. Ante estos hechos en los primeros meses del 2008, tal como ahora, corría el rumor de una inminente recesión en los Estados Unidos. Pero la principal institución monetaria de EEUU, la FED, lo negaba aduciendo la estabilidad de la economía Norteamérica. En occidente todo parecía florecer sin problemas. Las bajas tasas de interés mantenían la liquidez y el consumo. Hasta no hace mucho el negocio inmobiliario sostenía crecimiento vertiginoso. Sin embargo, toda esa expansión económica era una situación artificial, la cual fue empujada por el endeudamiento masivo y sin conexión con la producción real.

Era inevitable iniciar un ciclo recesivo a gran escala, que como ha de suceder dentro del capitalismo terminarían pagando la juventud, los ancianos y las clases trabajadoras. El 15 de septiembre del 2008 el cuarto banco de inversión más grande de EE.UU,  Lehman Brohter, cerraría su puerta tras declarase en quiebra. Las consecuencias fueron nefastas: despidos masivos (Solo en ese año 2,6 millones de personas terminaron desempleadas), familias perdían sus casas en ejecuciones hipotecarias, numerosos bancos quebrados, ahorristas en el desahucio, aseguradoras insolventes, Gobiernos salvando a los bancos privados inyectándoles dinero público. Muy pronto la onda expansiva de la recesión arribaría a las principales economías del mundo, demostrando los verdaderos colores de este sistema. Un temporal de protestas y conflictos sociales sería una de las tantas respuestas populares. De aquí emergen el movimiento de los indignados en España y el movimiento “ocupemos Wall Street” en américa del norte.

Ahora bien, ¿Son estos ciclos de auges y caídas accidentes producto de algún lamentable descuido? O por el contario ¿Asistimos a un declive crónico de un sistema que ya no da para más?  Son preguntas que debidamente respondidas pueden ayudaran a preparar el porvenir.  La tasa de beneficio es la fuerza motriz que mueve la producción económica dentro del sistema capitalista. Todas las inversiones son motivadas con la única finalidad de obtener la máxima rentabilidad. Bien se puede decir que sin ganancia no hay inversión. En la medida que los capitalistas, acuciados por la competencia, invierten en la mejora de su capital constante, es decir, en maquinarias, materias primas, medios de producción, aplicaciones para revolucionar la técnica, entre otros factores, aumentan la composición orgánica de capital, elevando la productividad y generando más riquezas. Sin embargo, por muy paradójico que suene, dentro de las relaciones de producción capitalistas junto al aumento de las riquezas también marchan el crecimiento de la desigualdad en los ingresos, limitándose el poder adquisitivo y la demanda efectiva. Todo esto a la larga deviene en una situación de sobreproducción y caída sostenida de la rentabilidad: De pronto hay demasiadas cosas que ofrecer, demasiados productos, como diría Marx  “demasiada civilización”, para un consumo y una demanda  extremadamente reducida.

Desde los años 70 las recetas neoliberales, la sobreexplotación de fuerza de trabajo, la dislocación de empresas, la obtención de nuevos mercados para exportar los excedentes productivos, son medidas para estimular la inversión de los súper ricos en épocas de crisis. Sin embargo, a mediano plazo resultan insuficientes para mejorar el consumo y la demanda de la población. Así comienza la financiarización de la época moderna. Los bancos centrales y las entidades bancarias privadas aplican endeudamientos masivos para eliminar el estancamiento y aumentar la demanda de bienes y servicios. Por medio de este apalancamiento se pone en marcha de forma artificiosa la economía. A Diferencia de la inversión productiva, el consumo generado por la deuda no eleva el potencial económico de la sociedad. Lo que realmente está sucediendo es que el capitalismo está incentivando el consumo por encima de sus límites para poder sobrevivir como sistema hegemónico. El crecimiento económico antes de 2007 demuestra el poder de la oligarquía financiera como motor de la economía. La obtención de beneficio dependía de la creación de una deuda masiva con una base muy débil sobre el valor real de la producción.  Esto puede aplazar el problema por unos años, pero tarde o temprano terminará reventando.

La productividad es la mayor expresión del desarrollo de las fuerzas productivas. Todo el potencial de la economía depende de su aumento. Sin embargo, desde el comienzo de la crisis la productividad ha entrado en descenso en los países más desarrollados. Desde el 2006 el crecimiento no ha sido superior al 1,5%. Muy a pesar de todos los estímulos fiscales, reducción de impuestos y políticas de recortes que sus representantes en los estados se encargan de ejecutar. Es claro que ni siquiera la propia élite empresarial cree en su propio sistema, buscando los beneficios ya no en la producción, inversión o en la productividad industrial, sino en el arte de hacer dinero a través del mismo dinero, es decir por medio de la especulación y la deuda propias del poder financiero.

Para los ideólogos del capitalismo y los intelectuales liberales la sociedad capitalista es el eslabón más alto alcanzado por el desarrollo civilizatorio del ser humano. Las crisis periódicas del sistema solo son producto de un accidente imprevisto y remediable en el marco de la propia economía de mercado.  Pero el marxismo parte de una visión totalmente contraria. El modo de producción capitalista, al igual que el esclavismo y el feudalismo, es un sistema transitorio, que desde comienzos del siglo XX ha dejado de cumplir su función histórica. En su seno se ha desarrollado un potencial productivo sin precedentes, que bajo nuevas relaciones de producción y formas de organización social podrían cambiar la suerte del mundo en un período de tiempo relativamente corto. Esa es la tarea que jóvenes y trabajadores del planeta tenemos entre nosotros; la de hacer avanzar la rueda de la historia y el progreso humano hacia el verdadero reino de la libertad, donde la necesidad y las fuerzas ciegas de la naturaleza sean dominadas definitivamente por la especie humana, solo entonces, el limite será las estrellas.

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