Colombia y Venezuela: 2.200 kms de fronteras imaginarias

Durante 200 años se ha tratado de imponer la idea de que a nuestros países los separa una línea vertical e inexpugnable, que diferencia a unos de otros.

Colombianos allá, venezolanos acá, y en el medio el poder político de la vieja godarria santaferina que traicionó los sueños de Bolívar y hoy incita su odio de clases no solo hacia el gobierno venezolano, sino hacia un pueblo que es el mismo, y trafica sus penas y glorias al precio contante y sonante de la hermandad.

La revolución bolivariana ha resistido hasta lo indecible para evitar la provocación del gobierno vecino, desde los días de Uribe hasta los dramáticos episodios de Iván Duque, quien ha resultado ser uno de los más conspicuos aliados de las fuerzas norteamericanas en su afán por demoler al gobierno bolivariano, incluso apostando a la guerra.

“Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la unión” dijo Bolívar como parte de la última proclama que el 10 de diciembre de 1830 dictó desde su lecho de moribundo, en presencia del humilde cura de un pueblo cercano a Santa Marta, Colombia, quien seguidamente le dispensó los santos sacramentos ante la inminencia de su ocaso vital.

Rodeado de sus más cercanos, el notario Catalino Noguera empezó a leer el documento pero no logró pasar de la mitad. Se le atascó la emoción en la garganta, y tuvo que continuar Manuel Recuero. Allí dicen que brotó la celebrada frase que quedó como epitafio: “¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.

Un asunto de castas

Abusando de la primera persona, vayamos a una genealogía personal para entender un asunto que bien podría señalarme de agente extranjero, un espía enviado desde las fauces de la “mismitica” Bogotá.

Mi abuelo Chacón, nacido en Cúcuta, me otorgaba dosis de felicidad de fin de semana en Catia al regalarme siempre un fuerte para las chucherías. En realidad era un colombiano malo, taxista, que en la década de los cincuenta fungió de soplón de la Seguridad Nacional.

Así lo contaba mi abuela María, una tachirense rigurosa que fue negociada por sus padres con algún hacendado del país vecino siendo niña, para saldar una deuda de estirpe. Desde entonces se columpió entre amores pactados y contrariados, rebasando las nacionalidades, en el confín más occidental de la patria, la frontera menos real y más imaginaria de que se tenga memoria desde que Ítalo Calvino escribió Las ciudades invisibles.

Por esa y otras razones, la mitad de mis tías son colombianas, la otra mitad no estoy seguro, mi mamá estuvo a punto de serlo, y mi padre, de paso, casi resultó del lado de allá también. Así que a mi heráldica familiar la coronan un cuarto de kilo de queso paisa y media arepa, reina pepeda, perfilada por el mordisco de la nostalgia.

Por si fuera poco, la madre de mis chamos es gocha de las de Trujillo, descendiente de esa aguerrida casta de timoto-cuicas que pare mujeres montaraces. A su abuela -fíjate las vueltas del anecdotario familiar- también la secuestró un cachaco para, eufemísticamente hablando, desposarla a orillas del Meta, lo que traduce que nuestros hijos, por heredad, deberían cantar de memoria La pollera colorá, sin confundir ni una coma.

Mi caso no es atípico. Cuando el presidente Maduro soltó alguna vez el dato de que seis millones de colombianos habitan entre nosotros, huyéndole a la violencia de la guerra y disfrutando de los frutos de la revolución, todo el mundo se miró el ombligo, porque a casi todos nos toca.

Made in Gran Colombia

En definitiva, colombianos somos todos. Tanto que de 1821 a 1831 fuimos La Gran Colombia, acompañados de Panamá, Ecuador, la Guayana Esequiba y otros territorios que luego pasaron a Brasil, Perú, Nicaragua y Honduras.

Ya en 1828, los intentos separatistas, las conspiraciones y los complots hicieron tambalear la unidad, lo que obligó a Bolívar a convocar la Convención de Ocaña para reformar la Constitución de Cúcuta que dio paso a la unión grancolombiana, nos cuenta el historiador Alexander Torres Iriarte.

Del lado colombiano estaban federalistas seguidores de Francisco de Paula Santander, que soñaban con que los departamentos tuvieran una marcada autonomía del gobierno central y así disminuir la autoridad de El Libertador.

Del lado de acá, estaba Páez conspirando a mansalva hasta que finalmente, en junio de 1830, desde Valencia y pese a haberse celebrado el Congreso Admirable para asegurar la unión, incitó a que un grupo de ciudadanos decidiera la separación de Venezuela del sueño integracionista.

El General José Antonio Páez lideró el movimiento separatista conocido como La Cosiata, el cual separó a Venezuela de la Gran Colombia.

Hay un antecedente inquietante, como relata el historiador cucuteño Gastón Bermúdez Vargas: “Por Cédula Real de 1793 cuando se creó el Real Consulado de Caracas; Pamplona, Cúcuta, Salazar y San Faustino fueron anexados a la Capitanía General de Venezuela; pero por Cédula Real de 1795 fue revocada dicha disposición, por lo cual, en 1810 según el principio del ‘Uti possidetis juris’ (lo que poseías poseeréis) correspondieron a la Nueva Granada. Por poco menos de 15 años hubieran sido venezolanos, y al contrario, la Provincia de Maracaibo, hubiera sido colombiana, si la petición de algunos comerciantes de Maracaibo de continuar bajo el dominio del Virreinato de Santa Fe, no hubiese sido desechada por el Rey y ratificada de Venezuela en 1786 por la Real Cédula que creó la Audiencia de Caracas”.

¿Y el alma, pa’ cuándo?

En lo que respecta al alma, somos lo mismo: la identidad cultural, la huella geográfica, la memoria ancestral, las necesidades, los asombros, los afectos.

Gabriel García Márquez, el más colombovenezolano de los escritores, brincó entre una y otra orilla muchas veces, intentando siempre pasarle de ladito a su odiada Bogotá, la ciudad lúgubre, olorosa a hollín, con llovizna permanente y hombres vestidos de negro, que fue, según sus propias palabras, la experiencia más amarga de su juventud, y cuyas élites aristocráticas le hicieron tragar su afrenta de apasionado costeño, tratándolo con el más absoluto desprecio.

Dijo, para referirse a la Caracas que amó y le abrumó durante varios períodos de estancia entre los años 50 y 60 como reportero: “Tal vez por eso, una de las hermosas frustraciones de mi vida es no haberme quedado a vivir para siempre en esa ciudad infernal. Me gusta su gente, a la cual me siento muy parecido, me gustan sus mujeres tiernas y bravas, y me gusta su locura sin límites y su sentido experimental de la vida. Pocas cosas me gustan tanto en este mundo como el color del Ávila al atardecer. Pero el prodigio mayor de Caracas es que en medio del hierro y el asfalto y los embotellamientos de tránsito que siguen siendo uno solo y siempre el mismo desde hace 20 años, la ciudad conserva todavía en su corazón la nostalgia del campo”.

De hecho, recibió el premio Nobel de Literatura, en 1982, trajeado con un liqui liqui blanco, no por venezolanista sino saludando al paisanaje de tierras calientes que ha hermanado siempre al pueblo colombo-venezolano y su sentir caribe.

El colombiano Gabriel García Márquez vistió con orgullo un liqui liqui venezolano cuando recibió el Nobel de Literatura

“Es la patria infinita” nos dice el poeta cartaginés (de la población de Cartago, en el Valle del Cauca) Víctor Bueno, quien también cruzó la frontera hace muchos años para inspirarse en nuestros idénticos paisajes.

Sugiere que, la colombianización de Venezuela opera igual que la venezolanización de Colombia, donde se calcula que ya habita más de un millón de los de acá, legales o no, con la triste diferencia de que el momento político ha generado brotes xenófobos inéditos y criminales allá.

Gochos por cariño

Si bien en el país siempre se le ha llamado al colombiano y al andino, en general, con el remoquete despectivo de “gocho”, más como gesto de simpatía entrañable que como desprecio, al “veneco” (venezolano fuera de las fronteras) se le endilgan síntomas de latrocinio, pillaje y viveza que solo sirven para generar tensiones y odios improbables, alimentados por las mismas élites interesadas desde la gran maquinaria imperial en que sigamos separados.

Lo señalaba el escritor William Ospina, otro colombiano imprescindible: “La mejor manera de admirar, de respetar y honrar a los Estados Unidos, es temerles, y no llamarse a engaños sobre ellos. Para ellos somos otro mundo: materias primas, selva elemental, inmigrantes, gobiernos que se sometan y firmen sin demasiadas condiciones los contratos. Y aquí nadie los ama tanto como los que se benefician de esos contratos. Muchos medios del continente han hecho un gran esfuerzo por convertir a los contradictores de Estados Unidos en los grandes equivocados. Lo han intentado con Cuba y más recientemente con Venezuela, hasta el punto de que sus elecciones victoriosas son elecciones siempre sospechosas”.

De allí que no sorprendiera demasiado el mensaje aquel: “Hace 200 años el apoyo de los padres fundadores de los Estados Unidos a nuestra independencia fue crucial, por lo que recibir hoy su visita nos llena de alegría y de honor, precisamente este año del Bicentenario, tan importante para nuestro país” que suscribió falazmente Iván Duque arrancando 2019, a favor de la presencia en sus tierras de Mike Pompeo, secretario de Estado de EEUU.

Hoy, cuando las tensiones políticas entre ambos países han alcanzado el máximo nivel de la historia reciente, vale recordar el oprobio atávico que dejó morir de mengua al Libertador y seccionó el sueño de la Gran Colombia.

Pero vale insistir, 200 años más tarde, que los límites geográficos entre tierras hermanas son más un asunto de la imaginación que de la gente real que se mueve entre los dos países con el corazón en la mano, demostrando que entre nosotros, las fronteras son de aire.

Marlon Zambrano/VTactual.com

Riesgo de xenofobia asoma en frontera colombo-venezolana

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