Chile: la profanación del “milagro económico”

J.J Diaz

Chile es la gran paradoja del neoliberalismo latinoamericano. Sus tasas de crecimiento y signos de modernización contrastan con un mar de deudas sociales y desigualdades económicas. La frustración acumulada en varias generaciones y la desconfianza contra la élite política del país pone en cuestión al supuesto “milagro chileno”. Los abusos de empresarios, banqueros y gobernantes amontonaron bajo la superficie un profundo malestar social, que ahora emerge desde lo más hondo. El aumento del pasaje del metro en 30 pesos aprobado por Piñera (alcanzado un máximo de 830 pesos la hora “pico”, 1,17$) solo fue el detonante del temporal. Esto explica el sentido antisistema de una de las principales consignas de la insurrección: “No es por 30 pesos, es por 30 añEl Volcán chileno ha despertado. Miles de jóvenes y trabajadores han salido a las calles cansados de tarifazos, endeudamiento y salarios precarizados. Tomaron el camino de la insurrección popular para enfrentar los continuos ajustes de la clase dominante chilena. Mineros, astilleros y estudiantes se abrazan en la primera fila de combate. La clase media, esa criatura “pujante” tan enarbolada como un logro del neoliberalismo, ya no resiste más con endeudarse solo para sobrevivir. Aunque la chispa de la insurrección fue la ciudad de Santiago rápidamente las llamas se extendieron a las ciudades de Valparaíso, Concepción, Coquimbo, la Serena y Rancagua. Hoy lo que inició como una protesta contra la subida del pasaje del subterráneo, se convirtió en una insurrección que amenaza la supervivencia de todo el sistema heredado de la dictadura pinochetista.

Origen del neoliberalismo

Con el aplastamiento sangriento de la unidad popular dirigida por Salvador Allende se erigió por 17 años la feroz dictadura de Augusto Pinochet. La burguesía y terratenientes chilenos recurrieron al bonapartismo para escarmentar al movimiento obrero y preservar sus privilegios de clase. A finales de los 80 el impopular Pinochet se convirtió en una figura de incertidumbre para las inversiones americanas en Chile. Por ello la salida del dictador y la “transición a la democracia” fueron válvulas de escape ante la lenta pero segura recuperación del movimiento obrero. Pero la constitución pinochetista se mantuvo intacta, salvo algunas reformas menores que permitieron “el teatro democrático”. En lo económico todo el régimen de corte neoliberal se mantuvo. Cuando Piñera declara la guerra lo hizo en defensa de ese orden. La brutal represión estatal, el estado de emergencia y el toque de queda son, en última instancia, un esfuerzo para salvaguardar la totalidad del régimen.


Explotación y desigualdad en datos: desde 1998 la productividad del trabajo creció cerca de un 90 %, pero los salarios reales solo un 20 % generando para los empresarios un 70 % de ganancia. 1 millón de asalariados no tiene contrato de trabajo y el 80 % percibe sueldos inferiores a $420.000.

Aunque los Chicago Boys ya se habían instalado en la sociedad chilena antes del golpe de 1973, Milton Friedman viajaría para asesorar en materia económica a Pinochet. Sus principales recomendaciones fueron; Las “terapias de shock”, disminución al mínimo de la intervención estatal y el fortalecimiento del control de la economía por parte de los sectores mercantilistas. Más de 500 empresas estatizadas fueron devueltas a sus antiguos propietarios. Se aprobó el despido de funcionarios públicos y una reducción del 20% de los gastos estatales. Solo en 1975 el costo de la vida subía a 340%. La economía abrió sus puertas de par en par a la inversión extranjera; Los aranceles aduaneros fueron abolidos y los mercados gozaron de una absoluta libertad. Así la clase obrera chilena fue sometida a una doble explotación: la de los ricos criollos por un lado y la de los grandes monopolios norteamericanos por el otro. Con el tiempo la diferencia entre ricos y pobres se incrementó. De esta manera el crecimiento económico operado en Chile desde los años 90 no proviene de un “milagro chileno”, sino de la exacerbación de la  explotación de la fuerza de trabajo.

Privatizaciones, alto costo de la vida, desigualdad y corrupción.

El análisis de las condiciones de vida de la gran mayoría de los chilenos no es positivo.  La mitad de los trabajadores ganan un poco más del salario mínimo. El sistema de Administración de Fondo de Pensiones (AFP) es percibido como un negocio millonario de los privados en el mercado de capitales y la bolsa, mientras que el 80% de los chilenos perciben pensiones por debajo del salario mínimo. El sistema de salud de tipo mixto es un ejemplo de la gran desigualdad: solo el 20% de la población puede pagar por atención de mejor calidad, mientras que el otro 80% está obligada a atenderse en el sistema público de salud. “Sube todo y no se justifica (…) Sube la luz, el agua, las pensiones (…) hay un descontento tremendo” esta es una de las tantas declaraciones que circulan por las redes sociales.

El sistema de trasporte público, según un reciente estudio de la Universidad Diego Portales, es el noveno más caro de un total de 56 países tomando como referencia el ingreso medio de los habitantes. Las fuentes de agua están totalmente privatizadas. La educación pública es otro de los tantos temas por resolverse. Por otra parte, las evasiones de impuestos de las grandes compañías, los escándalos de corrupción de políticos y militares y la colusión de los monopolios con el objeto de cartelizar los precios son factores que alimentan la indignación de la sociedad chilena.


En 2008 el caso de colusión de las 3 cadenas de farmacias mas grandes del país impacto a la opinión publica. Farmacias Ahumada, salcobrand y Cruz Verde acordaron alzas concertadas en los precios de no menos de 222 medicamentos.

Los alcances de la Insurrección y la huelga general.

Los alcances de la protesta pueden medirse con las palabras filtradas de la Primera Dama,Cecilia Morel: “Estamos absolutamente sobrepasados…es como una invasión extranjera, alienígena, no sé cómo se dice, y no tenemos las herramientas para combatirlas…”. La desmoralización en la élite chilena es evidente. Los astilleros paralizaron el 90% de los puertos del país y se mantienen movilizados. Los mineros pararon la mina privada más grande del mundo: la Escondida. Por su parte los estudiantes se mantienen en primera fila de combate, sin miedo, desconociendo una y otra vez el toque de queda, esa rémora criminal de los tiempos pinochetistas. Piñera no tuvo más opciones que echar para atrás el aumento del pasaje del metro y el martes 22 a entregar otras concesiones superficiales para salvar el sistema en su totalidad. Sin embrego, las acciones de calle continúan.

A pesar de la brutal represión a la que son objeto, los manifestantes han demostrado una gran valentía y capacidad de organización. La mayoría de la información no se la debemos a los grandes medios de difusión, quienes convenientemente centran su atención en actos de vandalismo aislados. Es gracias a la organización popular y a las redes sociales que sabemos cuál es la magnitud de la represión estatal.


Alrededor de 100.000 personas salieron a protestar este miércoles en la Plaza Italia de Santiago. Otras decenas de miles en ciudades como Concepción, La serena, Valparaíso,
y Curicó. Las calles de las principales ciudades continúan militarizadas y bajo toque de queda

Con la convocatoria a una huelga general el destino de Chile se podrá estar jugando en las próximas 48 horas. Ante la presión de las movilizaciones callejeras las dirigencias de la CONFECH, Unión portuaria de Chile, la CUT, No+AFP, entre otras organizaciones han convocado a una huelga general para los días miércoles 23 y jueves 24, donde se espera continuar las jornadas de movilizaciones y actos públicos. Las demandas de la huelga son: la derogación del estado de emergencia, retiro de los proyectos de ley que afectan al pueblo chileno, la convocatoria de una asamblea constituyente que abra paso a un nuevo modelo de desarrollo, la renuncia de Piñera, entre algunas otras.

Sin embargo, con estas demandas las direcciones sindicales y estudiantiles que pretender asumir la conducción de las protestas parecen demostrar sus propios límites. Creemos que a estas alturas ya no se trata de negociar con el gobierno represor algunas concesiones dentro de los límites de la institucionalidad pinochetista.

La verdadera salida debe consistir en el desmantelamiento del régimen, lo que pasa por la derogación de la constitución de 1980 y la convocatoria de una asamblea nacional constituyente formada por delegados democráticamente electos, dispuestos a trasformar a la sociedad chilena desde su raíz: nacionalizando el cobre y las palancas fundamentales de la economía, expulsado al imperialismo, nacionalizando las pensiones, fortaleciendo las organizaciones obreras, etc. Advertimos que de mantenerse el viejo orden muy difícilmente se logrará algún cambio significativo.


El movimiento «No+AFP». califica a estos fondos de pensiones (creados por las reformas de Pinochet) como bancos encubiertos de los empresarios, los cuales aprovechan los fondos previsionales para expandir sus inversiones y concentrar aún más el capital en menos manos

La crisis orgánica del capitalismo y la ola de protestas en América Latina. l

En 2006 y 2010 chile ya había vivido importantes ciclos de protestas lideradas esencialmente por el movimiento estudiantil. la crisis del 2008 resintió a todas las economías de América Latina. Hoy la recuperación es bastante débil y en lo más alto de la economía mundial se acumulan negros nubarrones de nuevas y profundas recesiones. El capitalismo como sistema está agonizando y nada, ni nadie puede salvarlo, por lo que no dudamos de nuevos conflictos sociales.

La ola de protestas en América Latina no son una causalidad, responde a leyes históricas concretas. las masas latinoamericanas buscan una salida de la crisis estructural que persiste en la región. Por ahora no es el fantasma del socialismo o el comunismo lo que está asustando a las élites criollas, sino la agudización de la lucha de clases, ese motor que dinamiza la historia de la humanidad. Ecuador, Panamá, Argentina, Colombia, Chile, ninguno de estos pueblos es indiferente ante la bancarrota del capitalismo en sus propios países, que, con todo y sus peculiaridades nacionales, forman parte de la economía mundial.

Según la CEPAL el 1% más rico de Chile se quedó con el 26,5% de la riqueza en 2017, mientras que el 50% de las familias pobres accedió solo al 2,1% de la riqueza producidas.

Hay quienes confunden el intento de golpe de estado en Venezuela durante el primer trimestre de 2019 con las insurrecciones populares que hoy sacuden a la América Latina. Estos sujetos creando una vulgar identificación entre ambos sucesos pretenden justificar las guarimbas y las aventuras golpistas de Guaidó y compañía. Sea por mala fe o ingenuidad pasan por alto el carácter espontáneo de los estallidos sociales, causados por el malestar acumulado debajo de la superficie social.  Lo ocurrido en Chile y Ecuador es muy diferente al plan orquestado desde EEUU para derrocar al goberno venezolano. En estos casos “El fin” de cada uno de estos movimientos justifica en líneas de clase sus acciones y por ende el posicionamiento de nuestros lectores.

Las palabras de Allende resultaron proféticas, hoy se están abriendo nuevamente las grandes alamedas por donde pasará el hombre libre. Esas “alamedas” se abren en toda América Latina. Solo convirtiendo las insurrecciones populares en revoluciones socialistas las clases pobres, los obreros y campesinos de América podrán triunfar, tomar el poder e interrumpir el secular subdesarrollo al que estuvieron sometidas por años, planificando la producción económica de la sociedad en dirección a sus verdaderas necesidades materiales. Con cada nuevo éxito logrado en los campos de la técnica, la productividad y la cultura se estará materializando el tan postergado sueño de unidad latinoamericana. Así la américa de Bolívar, El Che, Martí, Allende, Chávez y otros gigantes, se  convertirá en un importante foco de esperanza para el resto del mundo.

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