La caída del muro de Berlín: la otra cara de esta historia

Por: J.J Diaz

La generación de los 90 crecimos bajo la idea de que el derrumbe del muro de Berlín y el posterior colapso de la Unión Soviética (URSS) significaban la muerte del comunismo y la superioridad del capitalismo. La ocasión no podía desaprovecharse para que los grandes medios de difusión, el púlpito eclesiástico, las aulas escolares y hasta universitarias se sirvieran de las doctrinas liberales para enseñarnos que el progreso social solo se puede garantizar bajo los principios del libre mercado…el fin de la historia había llegado.  Así la propaganda se volvió realidad, el dogma se convirtió en verdad y la ideología burguesa se afianzó como la expresión más acabada del “Sentido Común”.  Sobre los escombros del muro de Berlín las élites globales han montado una montaña de mentiras y difamaciones contra el comunismo y todo aquello que cuestione su autoridad.

30 años después del colapso soviético, de los cánticos oníricos de los liberales sobre un futuro de prosperidad y progreso ya no queda nada. Las desigualdades económicas han polarizado al planeta en dos grandes bandos. La dictadura de los grandes monopolios comerciales y financieros impusieron a las masas el terror de la guerra, la precariedad laboral, el desempleo, la violencia estatal, el desamparo sanitario y la restricción educativa. El ascenso del crimen organizado, el fundamentalismo religioso, el extremismo fascista y la ola de inmigrantes son efectos colaterales del mismo problema: la falta de inversiones, la contracción del mercado mundial, la sobreproducción y las apetencias imperialistas.



La caída del Muro de Berlín paso a la historia como un sinónimo del colapso del «socialismo real». Después de 30 años de aquellos trascendentales sucesos, hemos presenciado a escala mundial una ofensiva ideológica contra las ideas del marxismo.

¿Existía el socialismo en la República Democrática de Alemania?

Es un lugar común suponer que la URSS y Europa del este eran las naciones donde se había constituido el “socialismo real”. La propaganda oficial del estalinismo legitimó esas opiniones. Sin embargo, los regímenes totalitarios y burocráticos que se instauraron en esos países no tenían nada en común con la democracia obrera o el internacionalismo proletario defendido por Marx y Lenin. La revolución de octubre fue llevada a cabo en un país atrasado, aislado y sitiado por el imperialismo. Muerto Lenin emergió una feroz dictadura burocrática que en poco tiempo se convirtió en una fuente de derroche, corrupción y chapucería. La dirección política de la revolución fue usurpada por una burocracia que liquidó las viejas tradiciones bolcheviques mediante los infames “procesos de Moscú”. Así la contrarrevolución emergía del propio seno de la sociedad soviética para alzar una caricatura de comunismo.

La URSS fue el fruto de una auténtica revolución obrera en noviembre de 1917. Pero a diferencia de ella La República Democrática Alemana (RDA) y los otros estados que conformarían la “cortina de Hierro” (Polonia, Hungría, Checoslovaquia y Rumania) fueron levantados como regímenes totalitarios bajo el control de Moscú. Contraria a los principios internacionalistas, la burocracia soviética tenía la necesidad de proteger sus privilegios con una sólida barrera en sus fronteras occidentales. Este mezquino interés es lo que subyace en la teoría autárquica del “Socialismo en un solo país” formulada por Stalin en el otoño de 1925. La imposición de estos regímenes fue posible gracias a la conferencia de Yalta celebrada por los vencedores de la II Guerra Mundial. Fue allí donde se negoció el nuevo reparto del mundo. Bajo la égida de Moscú la RDA se levantó en 1949 como un estado a imagen y semejanza del estalinismo soviético; de partido único y armado con un aparato represor de policías, militares e informantes. De estas condiciones políticas era imposible que surgiera el socialismo, mucho menos el “fruto maduro” del comunismo.


Con el ascenso de Stalin el partido comunista paso a las manos de advenedizos y burócratas ajenos a las tradiciones de octubre. El socialismo no es compatible con el dominio de una élite burocrática privilegiada, que inevitablemente irá acompañado corrupción, despilfarro, mala gestión y nepotismo.

Los crímenes de las castas burocráticas del este, en especial de la nomenclatura soviética, le sirvieron como anillo al dedo al imperialismo americano para etiquetarlas de “comunistas”, afilando el arsenal propagandístico que perdura hasta nuestros días. Sin embargo, se oculta que la URSS basaba su producción en una economía planificada y nacionalizada que dio grandes frutos. Las URSS pasó de ser un país semifeudal a una potencia industrial, científica y tecnológica en un período muy corto, con la capacidad incluso de mandar al hombre al espacio. La RDA también logró un importante desarrollo industrial, con pleno empleo, acceso universal a la educación y a la salud. Cabe acotar que las mujeres gozaban de una posición mucho más igualitaria que en occidente.  La URSS y sus satélites demostraron, no en la discusión ideológica, sino en los hechos concretos que se pueden desarrollar la sociedad con métodos muy diferentes a la economía de mercado y sin necesidad de la propiedad privada de los medios de producción.


El programa espacial soviético era la envidia del mundo. Muchos elogian este indiscutible mérito de la ciencia e ingeniería soviética , pero son pocos los que se detienen a pensar como esos resultados fueron posibles en un país cuya economía era una de las más atrasadas al inaugurarse el siglo XX. 

En la URSS la economía planifica y nacionalizada, un logro de la revolución que la burocracia no liquidó, se desarrolló por un tiempo bajo la dirección de hierro del estalinismo, pero en la medida que la economía se complejizaba y surgían nuevas ramas industriales, así como la riqueza creada aumentaba, el rígido control burocrático se volvió fuente de grandes problemas, desviaciones, chapucería y corrupción.  Según Ted Grand “Entre el 30% y el 50% de la riqueza producida por los obreros soviéticos se despilfarraba debido a la mala gestión, el robo y la corrupción”. Debido a esto para los años 70 la economía soviética comenzaría a contraerse desatando los mil demonios. Así, la burocracia incapaz de acometer una política que superara la tasa de productividad de los estados unidos, entre otros indicadores, se convirtió en un freno absoluto para el desarrollo de las fuerzas productivas Soviéticas. Se demostró que sin democracia obrera la economía planificada estaba condenada al fracaso.

La lucha por la Democracia

No se puede entender los procesos desatados en La RDA sin analizar lo que sucedía en la URRSS, pues ambos procesos se encuentran íntimamente ligados. En un contexto donde la economía dejaba de crecer, aumentaba la escasez y la represión estatal emergió la figura reformista de Mijail Gorbachov. Sus célebres tesis reformistas se concentraban en la Perestroika (Reestructuración) y la Glasnost (Apertura). Gorbachov buscaba llevar acabo ciertas liberaciones que golpearan a los sectores más corruptos de la burocracia, pero manteniendo a salvo el conjunto del sistema. Sin embargo, los alcances de las modificaciones introducidas fueron tales que desataron las presiones que andaban soterradas por años bajo el yugo estalinista.


Un factor clave de las insurrecciones en Europa del este fue la crisis en Rusia.
Gorbachov entendía las reformas como inevitables para preservar el régimen en su conjunto. Sin embargo, la situación empeoro aún más con Gorbachov

El mantenimiento de la seguridad interna de los países satélites y la robusta inversión en materia armamentista se convirtieron en una fuerte carga sobre la economía soviética. El tratado de Varsovia, nacido originalmente para defender los satélites contra el intervencionismo de la OTAN, también fue activado para reprimir y aplacar con tropas soviéticas las protestas democráticas de la RDA (1953), Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968). Esto ya no podría ser posible. Bajo la excusa de la “autodeterminación” Gorbachov no intervino en los procesos populares que se desencadenaron en Polonia a principio de los años 80 y que luego se expandieron por el resto de los países bajo influencia soviética.

Las protestas en la base de la RDA, uno de los países más industrializados de Europa del este (Que sin el Plan Marshall logró recuperar su economía), no tenían como objetivo principal la reunificación alemana o la restauración capitalista. Lo que en verdad exigían era una mayor democracia, participación en la gestión pública e igualdad. La persecución de la Stasi (la policía secreta) y el enriquecimiento obsceno y los privilegios de la burocracia gubernamental espoleaban aun más el malestar. Es precisamente por ello es que se levanta el muro de Berlín en 1961, para detener la hemorragia de personas que emigraban a occidente. En poco tiempo la presión de las masas fue tan fuerte que todo el régimen de la RDA terminó colapsando el 9 de noviembre de 1989, abriéndose de par en par las fronteras que dividían a las dos Alemanias. Ningún aparato estatal, por más robusto que sea, es invulnerable a las leyes de la historia.


El canciller de la Republica Federal Alemana (RFA), Helmut Kohl, era un representante duro del imperialismo. Utilizó el soborno para convencer a la Alemania Oriental de la unificación inmediata. Pero lo que no le dijo a la población de la RDA fue que la unificación no significaría tener los niveles de vida de la RFA.

La restauración capitalista

Con la salida de Egon Krenz en la RDA reinaba un espíritu de euforia colectiva. Aquel sólido monolito burocrático que esperaba perpetuarse había sido destruido. El poder estaba en las calles, pero ninguna organización que representara los intereses de la clase trabajadora estaba preparada para tomar el poder. Lo correcto hubiese sido desplazar a la dirección burocrática por una democracia popular basada en consejos obreros, manteniendo la economía nacionalizada y planificada. Pero en ausencia de esto la que sucedió fue la reunificación alemana dirigida por Helmut Kohl. Las conquistas obreras fueron liquidadas progresivamente, mientras que la denominada “Treuhandanstalt” inició un rápido proceso de privatizaciones. Sin saberlo los alemanes de la extinta RDA le entregaban su alma al diablo

Con la reunificación llegó el desempleo masivo y la brecha de las desigualdades se acrecentó. Para inicios de los 90 la gran mayoría estuvo peor que antes. EL PIB de la otrora RDA sufrió un desplome sostenido. Gran parte de la base industrial alemana fue comprada por multinacionales extranjeras competidoras que luego la cerraban para evitar molestos contrincantes. Según varias encuestas más del 70% de los alemanes orientales se consideran ciudadanos de segunda clase dentro de su propio país. El sistema de salud y los alquileres subvencionados comenzaron a ser extrañados, a dicha añoranza se le llamó “ostalgie”. Desde 1990 aproximadamente 1.4 millones de alemanes emigraron al oeste buscando mejores condiciones de vida. Al final todas las promesas del liberalismo económico cayeron en saco roto. Las más pobres pagaron un precio muy alto por no contar con una dirección política independiente que enfrentara a la degeneración burocrática pero protegiendo las conquista alcanzadas en materia económica.


La reunificación precipitó el colapso del PIB de la RDA con caídas del 15,6 por ciento en 1990 y un 22,7 por ciento en 1991. 30 años después de la unificación los niveles de vida en Alemania Oriental están por detrás de occidente. los salarios son significativamente inferiores mientras que millones de empleos se lanzaron por la borda.

La historia no ha terminado.

Lo que fracasó en la URSS y Europa del este fue el totalitarismo estalinista y la teoría del socialismo en un solo país. Hay que distinguir la mentira de la realidad, contrastar lo genuinamente bolchevique con la deformación estalinista, diferenciar la dirección burocrática de los sendos frutos que arrojo la economía planificada. Solo así se pasa del simplista comentario a un análisis más complejo del problema. Todo esto con el objetivo de sacar las lecciones más importantes de esta experiencia. El intento sostenido de enterrar estos episodios y proclamar una y otra vez la muerte del marxismo evidencia el desesperado intento de la clase dominante por ocultar la verdad a las nuevas generaciones.

Chile, Haiti , Ecuador, el Líbano, Hong Kong, Indonesia, Francia entre otras naciones del mundo son protagonistas de poderosas protestas sociales, muchas de ellas con carácter insurreccionales o situaciones revolucionarias.

Aunque la élite global continúe difamando a la revolución de octubre y ocultando todo lo que tuvo de bueno, la verdad es que el laberinto del capitalismo es más que evidente. Los miedos a una recesión mundial mucho más fuerte que la del 2008 mantiene en vilo a la burguesía. La enorme desigualdad que existe en el planeta levanta miles de muros más. La lucha de clases en América Latina y la inestabilidad en Europa son solo abrebocas de lo que está por venir. Los viejos debates surgen nuevamente a la superficie porque los viejos problemas continúan sin resolverse. Lejos de solucionar los problemas de las masas el capitalismo los ha acrecentado. No cabe duda que la experiencia soviética fue un aborto histórico que debemos estudiar fríamente y sin prejuicios para sacar las mejores conclusiones para el mañana.

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