El oro, la infinita maldición de la banalidad que persigue la Corona británica

Desde su origen hasta su destino, la explotación aurífera tiene una connotación oscura. La maldición del oro ha torcido el destino de la humanidad. Tanto es así que hoy día es el oro la causa de que Venezuela esté en la mira del pillaje inglés. Mientras, en el mundo la explotación de este metal deja huellas imborrables para la humanidad.

El Reino Unido no quiere devolverle al gobierno venezolano 31 toneladas en lingotes de oro que permanecen almacenados en las arcas del Banco de Inglaterra. No es un hecho aislado. Forma parte de la maldición. Es un macabro ardid geopolítico tramado desde el parapeto oposicionista del cabecilla de la derecha Juan Guaidó.

Signo de estupidez

Desde su génesis, el oro esconde una circunstancia misteriosa: es un metal alienígena que se posó sobre el planeta a partir de una lluvia cósmica. Llegó hace 200 millones de años, y comenzó a fascinar al hombre y a la mujer más de 4.000 años atrás. Fecha de cuando datan los más antiguos ornamentos extraídos por excavaciones arqueológicas.

La gran mayoría del oro de la Tierra ya fue extraído y no hay manera de reemplazarlo, pues ni siquiera es de este mundo. Quizás por ello y su extraña belleza indestructible ha sido tan apetecido a lo largo de la historia.

Su brillo enceguecedor, reciedumbre y maleabilidad lo volvieron esencial para el progreso civilizatorio de la humanidad. Se estableció como una propiedad de inmenso valor que sostiene los mercados de valores. Es ahora un referente universal para establecer precios y medir la estabilidad de las economías del mundo.

Este metal dorado es la demostración de la inmensa estupidez humana trasladada a la vanidad que estimula la maldición del capitalismo. Algunas de sus cualidades lo elevan a símbolo de estatus a través de la orfebrería. También, a bien especulativo en forma de lingotes o monedas reservadas en los bancos como cobertura frente a las tasas de interés, la inflación, la crisis económica y el dólar.

La vieja ambición británica

Pero no se trata solo de un fenómeno sideral o de un acontecimiento histórico. Desde tiempos remotos, el oro y la ambición que despierta han sumido a los pueblos en interminables conflictos.

Se le consideró terapéutico, siempre que los alimentos se ingirieran en envases de oro. También se le atribuyeron poderes curativos en la Europa de la Edad Media usándolo en pequeñas dosis pulverizadas para curar la Peste Negra.

La jerarquía eclesiástica en varias religiones, monarquías del mundo, la burguesía depredadora extendida en el tiempo con heráldicas de sangre, magnates del capitalismo, líderes políticos, lo han visto como el summum de sus aspiraciones de ascenso y supremacía. No han entendido de que trata la maldición del oro.

La historia del oro se traduce en un hecho cultural plagado de misticismo esotérico a partir de la alquimia. Además, es la causa de guerras de conquista y exterminio. Desde la insondable África hasta la saqueada América, pasando por el Medio Oriente, el oro es una de las razones de mayor peso para iniciar grandes cruzadas imperiales.  El Imperio Británico fue, por cierto, uno de los principales beneficiaros de semejante proceso de aniquilación sistemática.

El mismo oro de siempre

No conforme, la maldición del oro en el mundo en tiempos más recientes (mediados del siglo XIX) también trajo consigo nuevas formas de destrucción y de exclusión.

Las oleadas humanas, económicas y culturales que pasaban por las regiones del oro (el oeste norteamericano, la Amazonía, el sur de Venezuela, el cuerno africano, etc.) podían ser profundamente destructivas para los habitantes originarios y para otras comunidades locales, así como para el medioambiente de la región donde enterrara sus tentáculos.

Muchos de los entornos medioambientales del mundo se han visto transformados por la fiebre del oro en forma de excavaciones, montañas de desperdicios o reconfiguración de los ríos. Pero también ha sido pasto de las más terribles perversiones sociales como la trata de personas, esclavitud, pedofilia, enfermedades de transmisión sexual, etc.

Y siempre se ha tratado del mismo oro. Incluso, es posible que esos lingotes despojados al pueblo venezolano provengan del oro que utilizaron hace 1.300 años antes de nuestra era los orfebres que engalanaron los utensilios decorados del faraón Tutankamón. Puede que sea procedente del rescate con el que el soberano de los incas, Athahualpa, intentó liberarse de las manos de Francisco Pizarro. También es posible que provenga del que extirparon los españoles mientras diezmaban las tierras de Guaicaipuro en su huida hacia Los Teques; o de los tesoros que los esclavistas arrancaron de ese territorio real-imaginario llamado El Dorado. Quienes roban estos recursos ignoran la maldición que les persigue.

Según el World Gold Council (WGC), organismo que maneja indicadores a escala planetaria, en toda la historia de la humanidad se han extraído 186.700 toneladas de oro, las cuales deben estar aun en algún lugar de la Tierra de una forma u otra ya que el oro, como dijimos, es prácticamente único e irreductible.

En el ámbito mitológico, los tesoros ocultos son pasto de fascinación

La maldición del oro cuenta hechos concretos: existen suficientes testimonios, de carácter histórico, que hablan de la inútil adoración del oro por su altísimo valor de intercambio, sin que ello impida caer en la vorágine de una lucha de intereses donde siempre ha vencido el más sanguinario y audaz. Por lo general han perdido los pueblos.

Pero también es un maleficio de la ambición: los amantes del oro, ese metal cósmico que llegó a nosotros casi que con el Big Bang, tiene el malditismo en el vacío humano, cuyo destino sería otro, al menos más digno, si el brillo de la superficie no importara tanto.

Marlon Zambrano/VTactual.com

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