Gastronauta 127: EL ASOMBRO

Por Indira Carpio Olivo

Estaba ahí cuando a mi hija más pequeña le entró miedo. Apagaron las luces del Taller de realización del Teresa Carreño, y debajo de un cenital que crecía milimétricamente, estaba el mago. Payaso calvo, de piel blanca “abetunada” y boca chorreante, roja. Sonreía, bailaba. Como la luz, la música también crecía. Eran angustiantes sonrisa y baile. Vestía de frac negro y lazo rojo al cuello, zapatos de punta. Apenas decía palabra. Al clarear el escenario, se convertía en un guiñol con trucos torpes y entrecortadas onomatopeyas, en Chippola, un mago al que todo acto le salía mal. Una pasaba del terror a la risa simple. El asistente, Tuti un amargado y barbudo, vestía ridículo como visten -literalmente- las asistentes de los magos los vicepresidentes de esa nación en que se convierte el teatro, vestía: medias de malla, corset y pantaletas. Las tablas casi limpias, disponían de poca utilería: la caja de la que salió Tuti, los podios sobre los cuales se subían los leones del mago, el globo, la gallina flaca, otro sombrero de copa, una flecha, un arma, un colchón, un cojín, un hula hula, una trompeta, una pistola, los bailarines de la Fundación Compañía Nacional de Danza (FCND), las tretas fallidas. El asombro (*), que así se llama la obra, no trata más tema que la manipulación. Dar cuenta sobre tiempo y espacio, manipulables (¡cuánto hemos perdido, irremediablemente!). Que para que un mago manipule, debe haber un sujeto obediente. Habla de los manipuladores, pero sobre todo de los manipulados, adormecidos, dóciles detrás del flautista, convocados al poder de un encantador en medio del escenario, adultos en estado de simulación. ¿Qué poder soportan nuestras manos? No hay poder en el ser humano ordinario más allá de ser una excepción en la paja, y no hay poder en la aguja que no aglomere la paja. Los payasos pueden ser terribles, porque nos hacen reírnos aun en la desgracia, encontrar chiste en la desgracia. Y, eso en estos momentos nos salva y nos condena. Sabemos reír incluso al borde de los albañales.
Cuando la sala reía a rabiar, a Manuelita le daba miedo. A mí también.
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El asombro (*), que así se llama la obra, no trata más tema que la manipulación. Dar cuenta sobre tiempo y espacio, manipulables (¡cuánto hemos perdido, irremediablemente!).
El asombro (*), que así se llama la obra, no trata más tema que la manipulación. Dar cuenta sobre tiempo y espacio, manipulables (¡cuánto hemos perdido, irremediablemente!).

Tan limpia como el escenario fue la interpretación que hiciera Armando Díaz, de Chippola. El bailarín recibe al mago de las manos de “Yayo” Castillo, su creador y principal intérprete. Chippola, bien podría haber delineado al payaso, último personaje de Alfredo, en el falso documental español Noviembre. La puesta en escena del resto del elenco de la FCND es exigente. Sudamos a su lado.
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(*) El Asombro, obra del teatro físico, fue escrita por Diego López y Luis Armando “Yayo” Castillo, y dirigida por éste último para Rajatabla Danza, en 1995. En el año 2003 fue montada por Lapuesta, y recientemente representada por la Fundación Compañía Nacional de Danza.

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