Televisión abierta: rémora de la vieja normalidad

¿Cuáles son las opciones? Es la pregunta básica que se formulan quienes deciden mantener con rigurosidad la recomendación más extendida en el mundo para frenar el contagio por Coronavirus, que es quedarse en casa.

A cuatro meses del decreto de emergencia que nos mandó a todos a encerrarnos entre las cuatro paredes del hogar, a menos que tuviéramos asuntos muy urgentes que atender en el exterior, la familia venezolana casi agota todas las posibilidades de distracción.

Los juegos de mesa ya no asombran; la lectura caducó y no se pueden reponer libros en físico mientras permanecen cerradas las bibliotecas y las librerías; el entretenimiento online migra desaforadamente hacia la superficialidad asfixiante del tipo TikTok o Instagram; la televisión por cable —desde la muerte de Directv y los fallos constantes e incrementos inconsultos de costos de las demás cableras— aíslan al usuario; y la oferta de televisión a la carta, con Netflix a la cabeza, se vuelve inalcanzable por costos y por velocidad de Internet.

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La llamada «época dorada» de la televisión venezolana encuentra en Renny Ottolina a uno de sus estandartes

Un huésped de la modernidad

En las sociedades contemporáneas, atravesadas por la modernidad, lo más lógico es desembocar en lo que algunos tratadistas llamaron “el huésped alienante”, que no es otro que la televisión, compañera silente y a veces estridente de cualquier hogar venezolano a donde llegue la electricidad.

Como se sabe, la televisión es un medio de comunicación que por años tuvo una enorme influencia dentro de Venezuela y el mundo.

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«Candelaria, ¿ya está colando?» una frase emblemática del racismo expresado en la televisión venezolana

Un medio de fácil acceso y penetración que encontró en el país una era “dorada” entre los años 60, 70 y 80, cuando se produjeron enlatados de relativa calidad, telenovelas con “atributos” de exportación, programas sabatinos de dudosa recordación (Sábado Sensacional), y shows humorísticos que entretenían entre chistes misóginos, racistas y denigrantes (Radio Rochela) que, sin embargo, calaron en el imaginario de un país que los tuvo por excelentes.

Fue, como sabemos, un mecanismo de alineación y entretenimiento barato que apuntaló la ideología del estado de bienestar ofrecido por el capitalismo para luego, con la venida de la Revolución Bolivariana, comprobáramos que se trataba de una estafa.

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Radio Rochela y su empeño por estandarizar la idea de la homosexualidad como una tara social

Instrumento de manipulación

Realmente, la televisión de señal abierta fue usada para la manipulación, sin encontrar un contrapeso con igual impacto del otro lado de la balanza. Los medios oficiales, como Venezolana de Televisión (VTV), fueron la cenicienta durante la Cuarta República, con escaso presupuesto, directivas corruptas y una programación inexistente como oferta de mediación del Estado, que se había entregado en cuerpo y alma a la privatización de la mayoría de sus recursos.

Esto cambió profundamente en la Quinta República, cuando los medios oficiales o aliados, llegaron para “ofrecer” una mayor diversidad, inclusión, amplitud, especificidad, cambiando significativamente la manera de “ver” la TV.

A la televisión, en general, la llegamos a considerar un miembro más de la familia, y la ubicamos en un sitio privilegiado de casa, para que cada quien tuviera la ilusión de escoger el mejor mecanismo (o el más económico) de entretenimiento.

Sus nombres propios resuenan en el inconsciente: RCTV y Venevisión, Televen, Globovisión, Canal I, Conciencia TV, Vepaco TV, Vale TV, Tves, Ávila TV, Meridiano, Telesur, Familia TV, Vive, AnTV, TLT, IVC, Pdvsa TV, entre otros.

Su crecimiento en variedad no implicó crecer en calidad

Una historia de sobresaltos

No es que algo cambió, es que todo mutó desde los antiguos días en que los medios de comunicación audiovisuales iniciaron sus primeras transmisiones durante el régimen perezjimenista, específicamente el 22 de noviembre de 1952, cuando el dictador inaugura la Televisora Nacional YVKATV canal 5, propiedad del Estado. Un año después, en julio de 1953 comienza sus señales Televisa YVLVTV canal 4, la primera estación privada de televisión en Venezuela, propiedad de Gonzalo Veloz Mancera.

Con la pandemia, una televisión políticamente polarizada exacerbó sus diferencias. Por un lado, una oferta privada autocensurada, acomodaticia y extraordinariamente mediocre que ofrece enlatados o franquicias de la más despreciable factura.

Por citar un ejemplo, el canal Televen ofrece en horario vespertino el espacio “Mi estilo, mi mundo”, una exención que se produce en otras geografías y que en el país encuentra una reedición que habla de cómo matizar el dolor humano a través del cambio de look, ponderando el hecho de que el sufrimiento y las contradicciones de la vida se pueden resolver a través de la actualización del vestidor, el maquillaje y la sonrisa sexy a flor de piel.

Otra perla, del lado privado (como se sabe, una caterva que apuesta por el descalabro de la Revolución Bolivariana) es la multiplicación de contenidos de cadenas internacionales abiertamente oposicionistas (caso Deutsche Welle DW), cuyos enlatados repiten en la mayoría de los canales de señal abierta, información falsa o tendenciosa sobre la realidad del país.

La voz oficial

Del lado oficial se reedita la insolvencia. Si bien se han hecho denodados esfuerzos por transformar la televisión en un instrumento de sano entretenimiento y educación, la buena voluntad se ve gravemente trastocada hasta producir esperpentos inexplicables que ni educan, ni entretienen y lo que es por y debería ser su condena: nadie ve, lo que asesina las vastas posibilidades de un recurso fundamental para formar al llamado “hombre nuevo”.

Algunas excepciones provienen de remotos ensayos, que hace varios años (ahora no, cuando la producción independiente es mínima) dieron con las claves de una televisión distinta: por ejemplo, la inmejorable “Rutas, sabor y tradición”, que nos llenó de gloriosas entregas sobre la idiosincrasia alimentaria del venezolano, o la extraordinaria 1,2,3 TV orientada a los más pequeños de la casa y que aún proyecta Vive Televisión.

El presidente Chávez, luego de vivir en carne propia los embates de una televisión estandarizada para la vulgaridad y la mezquindad, actuando más como sustento ideológico de la derecha y como instrumento político de oposición, reclamaba a comienzos de la década pasada la necesidad de impulsar una televisión que dignificara las luchas del pueblo.

Lo que el analista Rubén Aharonián explicaba tras el lamentable episodio del golpe de abril y el paro petrolero de 2002 en su idea de reasumir el poder: “Ese proyecto está apoyado por los medios de comunicación privados, especialmente la totalidad de las emisoras de televisión, con una frenética actividad extremista de respaldo a un plan terrorista ejecutado con mucho dinero. La campaña de los medios de difusión está tratando ahora de lograr una insurrección militar, una desobediencia de los mandos a su Comandante en Jefe con una arremetida salvaje de los cuatro grandes canales de televisión”.

¿La televisión que merecemos?

Hoy, la tendencia es que la señal y su oferta constituyen un maltrato a la dignidad y a la inteligencia, demostrando que a pesar de lo que se pretende imponer como verdad, la televisión venezolana ofrece una calidad de programación muy baja.

Ni siquiera se trata de establecer la infaltable discusión dicotómica al comparar la televisión pública con la privada: en términos generales, cualquier oferta es mediocre en la medida en que no hay producción, elaboración de contenidos dignificantes, continuidad, respeto por los horarios, acceso al conocimiento y a la distracción como dicta la norma más elemental.

Es una televisión que se conforma, según la más rápida comprobación empírica, con enlatados y refritos que no enaltecen valores. Por otro lado, con propaganda gobiernera sin matices ni la más mínima crítica.

La televisión venezolana en pandemia, es la expresión de ambos polos en el momento más crítico del consumo cultural de un mundo que se diluye por los albañales de la inmediatez y banalidad de las redes sociales.

Una opción, nada edificante, para un pueblo maniatado frente al vértigo de los tiempos que corren: con el encierro como mandato y el entretenimiento como carencia.

Marlon Zambrano/VTactual.com

 

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