Puerto Rico: Colonia yanqui en pleno siglo XXI

Cuando se habla de colonia, la mente del venezolano promedio suele trasladarse al período comprendido entre los siglos XVI y XIX, es decir, cuando el imperio español y su respectiva monarquía gobernaban “sus” territorios en Latinoamérica.

Probablemente sea por la educación formal, así como por lo poco que los medios de comunicación internacionales y corporativos hablan del tema, pues ciertamente hoy en día todavía existen colonias gobernadas por potencias e imperios, ¡en pleno siglo XXI!

Al hablar de colonia, en este caso se refiere al territorio dominado por una potencia extranjera, el cual se beneficia del usufructo que hace de éste al aprovecharse de sus recursos naturales, de la producción y del trabajo de la población local, así como de la posición geopolítica del territorio en cuestión.

El asunto es de tal magnitud que incluso dentro de la Organización de Naciones Unidas (ONU) existe un Comité Especial de Descolonización para resolver las disputas internas y las luchas por la independencia que existen dentro de estos territorios.

Uno de los enclaves colonizados que ha suscitado la atención recientemente es Puerto Rico, nación isleña en el noreste del Mar Caribe, primero por la liberación del independentista Óscar López Rivera, quien estuvo preso por 35 años (buena parte de ese tiempo en aislamiento) sin que las autoridades estadounidenses lograran probar los delitos que se le acusaron.

El nacionalista Óscar López Rivera (en el centro) fue encarcelado durante 35 años por el gobierno de EE.UU. por su decidida acción independentista.

Segundo, por el plebiscito (sin carácter vinculante) que se realizó el pasado 11 de junio sobre la relación política que debería tener la nación boricua con EEUU. Esta consulta ofrecía como opciones convertir la isla en el estado 51 de Estados Unidos, independizarse o mantener su actual estatus. Se trata del quinto referéndum que se realiza en la historia de la isla: 1967, 1993, 1998, 2012 y 2017.

Hoy en día, la isla es un “Estado Asociado Libre” de Estados Unidos, lo que le permite cierta “autonomía” y libertades democráticas, como la escogencia de su propio gobierno pero que no tiene competencia para tomar decisiones transcendentales y soberanas sobre política y economía local.

Este estatus también tiene como consecuencia que el Comité de Descolonización no considere a Puerto Rico como una colonia, aunque sí exhortó al gobierno yanqui, en un documento de junio de 2016, a acelerar el proceso para su libre determinación, ya que la considera como una nación por tener su propia identidad nacional.

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Recapitular para entender

Puerto Rico es uno de los cuatro territorios que Estados Unidos invadió a finales del siglo XIX con el fin de arrebatárselos a la débil corona española. Durante muchos años, EEUU trató de aniquilar la identidad nacional al imponer su cultura y modo de vida. Incluso el español dejó de ser la lengua oficial para ser sustituida por el inglés.

La caricatura muestra -en primera fila- a los territorios colonizados por EE.UU. siendo «educados» por el Tío Sam.

Luego, en 1952, pasó al actual status con lo cual el Congreso estadounidense es el órgano rector en cuanto a decisiones fundamentales en materia política y económica. Desde ese año, hasta 1970, la relación entre inversión extranjera y repatriación de capitales era normal,  ya que “la producción total de la riqueza estaba principalmente en manos de empresarios residentes, por lo que se producía cierto nivel de acumulación de capitales”, de acuerdo al artículo “Bloqueo económico de Puerto Rico”, del investigador boricua Jesús Dávila, publicado en Alainet.org (http://www.alainet.org/es/articulo/184221)

No obstante, “en las últimas tres décadas del siglo pasado eso cambió, con el apoderamiento creciente y directo de inversores de EEUU”. En otras palabras, empezó el cada vez mayor desangramiento de su economía, que hoy día vive niveles alarmantes y la crisis más aguda en su historia.

Las corporaciones y trasnacionales, en su mayoría estadounidenses, que se han instalado en Puerto Rico han reportado jugosas ganancias que no se quedan en la isla, sino que van a parar a las arcas de las empresas, lo que forma parte de una enorme fuga de capitales calculada en 35 mil millones de dólares anuales, cifra que abarca casi el 35% de su Producto Interno Bruto (PIB). He allí uno de sus principales problemas. A modo de comparación, la recaudación de impuestos por parte del gobierno local no llega a 10 mil millones de dólares anuales.

Por otro lado, la inversión interna de capital fijo se ha ido reduciendo desde 2006 y pasó de 11.900 millones de dólares en 2005 a 8.262 millones para 2016. A esto se suma los 72.000 millones de dólares en bonos de deuda pública, los 49.000 millones que debe pagar el gobierno en pensiones, la pobreza que arropa el 46% de su población y el desempleo que supera el 12%.

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¿Alguna salida?

Un sector político perteneciente al Partido Nuevo Progresista (PNP), que gobierna actualmente la isla, lanzó una consulta el pasado domingo 11 de junio para «exigir y reclamar a Estados Unidos el fin de la indigna relación colonial», aseguró el actual gobernador y líder del PNP, Ricardo Rosselló, quien defiende la opción de incorporarse a la Unión para gozar de los mismos derechos que los norteamericanos.

«Los puertorriqueños estamos enviando un mensaje fuerte y claro al mundo, reclamando la igualdad de derechos como ciudadanos americanos», afirmó Roselló en un mensaje televisado.

Puerto Rico siempre ha sido un enclave geoestratégico en el Mar Caribe para todos los imperios de turno.

Los resultados, aparte de que no son vinculantes, tampoco fueron contundentes. Pese a que en los resultados, el 97% de los votos favoreció la opción de incorporarse a EEUU, solo participó un 22% de los 2,2 millones de ciudadanos llamados a las urnas. Es decir, únicamente votaron 518 mil personas.

Por su lado, las dos organizaciones políticas de la oposición, el Partido Popular Democrático, que apoya el actual estatus con algunos retoques, así como el Partido Independentista Puertorriqueño, defensor de la separación, no participaron en la campaña ni llamaron al voto.

Lo cierto es que al Congreso estadounidense parece no importarle lo acontecido en la isla caribeña, puesto que no ha mostrado gesto alguno de cambiar la situación actual. Por un lado, a la mayoría republicana, conservadora y xenófoba, no le agrada la idea de incorporar un territorio inclinado hacia los demócratas, que además es plenamente latino y habla en su gran mayoría español. Por otro lado, se convertiría en el estado más pobre de EEUU, lo que supondría una “carga” fiscal para el gobierno federal.

Por otro lado, dejar que Puerto Rico se independice significaría perder un enclave geoestratégico en el Caribe, así como un territorio del que las corporaciones extraen jugosas ganancias, siguiendo el ejemplo que tantas otras empresas e imperios han hecho en Latinoamérica y en los países pobres del mundo.

JA

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