En busca del ocio perdido

La vida es algo que ocurre mientras uno está ocupado haciendo otras cosas.

John Lennon

Hay muchos motivos para preguntarse cuál es la mano que suelta la rueda de escape de este reloj desajustado que es hoy el mundo civilizado. Un mundo que sacraliza el tiempo del trabajo y banaliza el tiempo del hombre; que oculta un canibalismo moderno bajo el disfraz del progreso de los “pocos” sobre los hombros de los “muchos”.

Si nos detenemos a contemplar el día a día de cualquier ser que habita una de las grandes ciudades conglomeradas, vemos que la mayor parte de su tiempo-vida lo ocupa en: pensar en el trabajo, prepararse para ir al trabajo, cumplir con la jornada de trabajo y en volver a sus hogares para dormir escasas horas y repetir al día siguiente la misma rutina.

Un ejemplo claro de esta absurda realidad la visualizamos en las llamadas, paradójicamente, “ciudades dormitorio”, que son más bien ciudades sonámbulas, que nutren a las grandes capitales de hombres y mujeres que duermen escasas horas en ellas y deben levantarse de cuatro a cinco de la mañana para prepararse a ser molidos por el tránsito y el horario. Esta tortura diaria del Sísifo moderno, incluye a los niños y niñas que acuden a rastras a la procesión pre y post laboral de sus padres, que no tienen más remedio que dejarlos en el claustro de la guardería o preescolar cercano al sitio de labor.

El sistema programa al ser humano desde temprana edad y hace del trabajo una religión que raya en el fanatismo a conveniencia
El sistema programa al ser humano desde temprana edad y hace del trabajo una religión que raya en el fanatismo a conveniencia

Antes de la salida del sol las estaciones de metro vomitan esclavos de un sistema cruel configurado desde los grandes centros financieros del mundo, desde donde se construye toda una ideología que difunde esta rara sensación de libertad, bienestar y vida. Ante lo que cabe preguntarse ¿se trabaja para vivir o se vive para trabajar?

El aparataje ideológico capitalista ocupa gran parte del tiempo del individuo; la televisión, internet y las llamadas redes sociales, la telefonía celular, la prensa, la cultura del mall, el bombardeo visual de propaganda y consumo latente en las ciudades roen el tiempo del ser humano. Sin profundizar en las religiones que venden paraísos al que más trabaje, al que menos se queje y al que, por supuesto, más abone a su parcelita de cielo.

Hace algunos años el pensador venezolano Ludovico Silva en un ensayo titulado “Filosofía del tiempo libre” señalaba que «La noción de tiempo libre dentro de la sociedad actual es en apariencia sencilla de explicar: es el tiempo de no trabajo». Y advierte de la impresionante falacia que este tiempo libre ( de no trabajo) supone, ya que éste, tal y como se plantea en  «…las relaciones actuales de trabajo no es un verdadero tiempo libre, porque en realidad no es un tiempo para el desarrollo pleno del individuo». Ludovico señala que este tiempo libre es «…el tiempo de producción de la plusvalía ideológica». Y es tan productivo para el capitalismo como las horas en la fábrica, porque en su supuesto descanso  el individuo es condicionado ideológicamente en el “…tiempo de la radio, la televisión, los diarios, el cine, las revistas y, si tan solo se va de paseo, el tiempo de los anuncios luminosos, las tiendas las mercancías: Homo Homini Mercator”. El hombre mercader del hombre.

En la religión del trabajo los medios de ideologización masivos juegan un papel decisivo
En la religión del trabajo los medios de ideologización masivos juegan un papel decisivo

Es el tiempo para los imposibles, el tiempo donde imperan los anhelos lejanos, donde se  nos subestima, se nos hipnotiza, se nos idiotiza y se nos convence de que todos podemos ser ricos y poderosos, tener una casa, un carro, un perro y un jardín,  mientras dejemos el lomo pegado a la fábrica o el trasero la oficina mientras hacemos loas al sistema. Es el tiempo en que nos quitamos los zapatos en nuestros hogares y encendemos el televisor para ver el último modelo descapotable o la mansión —con rubia incluida—, que no conseguiremos ni que trabajemos cien años seguidos sin  “malgastar” un centavo.

Pero ante este supuesto tiempo libre o tiempo de no trabajo, se antepone el tan vilipendiado y satanizado “ocio”, que aunque, la Real Academia Española define como: Diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio; en la cotidianidad se percibe como algo negativo cuando se trata de ocioso, al vago, al sin oficio, el flojo, el que no hace nada.

Aunque paradójicamente, los grandes avances de la humanidad en la ciencia, el arte y el pensamiento, fueron en alguna época realizados por seres que se pasaban buena parte de su vida contemplando, en sus ratos de “ocio”, el universo y la naturaleza que los circundaba, para dominarlos en pro del bienestar del hombre.

Los escasos momentos de ocio verdadero están dados en cuentagotas
Los escasos momentos de ocio verdadero están dados en cuentagotas

En su escrito Elogio de la ociosidad, Bertrand Russell afirma: “Creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo completamente distinto de lo que siempre se ha predicado”. Y agrega que: “La moral del trabajo es la moral de los esclavos, y el mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.” Y añade: “Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas al día, alcanzaría para todos y no habría paro -dando por supuesta cierta muy moderada cantidad de organización sensata-. Esta idea escandaliza a los ricos porque están convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto tiempo libre.”

Alguien más radical aún en este sentir, Paul Lafargue, dice que “…es necesario que se imponga no trabajar más que tres horas diarias y que se contente con no hacer nada y parrandear durante el resto del día”. Algunos pensarán “ni tan calvo ni con dos pelucas”, pero como dice Eduardo Galeano  “¿parece normal que el hombre trabaje como hormiga en las cumbres del desarrollo?” Consideramos que no; puesto que existen condiciones de sobra, si se impone la sensatez,  para  que el hombre tenga la verdadera libertad de hacer de su tiempo una fiesta, un paraíso acá en la tierra, en un mundo que avance a un verdadero desarrollo pleno del individuo, donde impere el goce de sus facultades y sus instintos, en un verdadero buen vivir, a plenitud, en donde hasta el trabajo genere placer y no castigo.

CMD

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